Despojarse del peso de la mentira

Al igual que todos parecen valorar la paciencia, la bondad y el perdón, todos valoramos la sinceridad en teoría. Nadie dice: “La hipocresía es una gran cualidad de carácter” o “mi objetivo es ser lo más falso que sea posible” o “por favor, solo sé doble cara conmigo”. Pero como la paciencia, la bondad y el perdón, la sinceridad es mucho más fácil afirmar que practicar. 

Cada nuevo día nos confronta con numerosas tentaciones a ser falsos. De hecho, es probable que seamos más falsos de lo que creemos, ya que la falsedad es una práctica cultural dominante. Está entretejida en nuestros rituales de cortesía social. Saludo: “¡Hola! ¿Cómo te va?” Respuesta esperada: “¡Muy bien!” Las subculturas cristianas también tienen cortesías poco sinceras: “Siento mucho oír eso.  Estaré orando por ti”. 

Pero va mucho más profundo y serio que las cortesías superficiales.  La sociedad otorga un gran valor al éxito, la riqueza, el poder y la fama (o “popularidad” en los niveles más bajos).  El logro notable, o la apariencia de él, en una o más de estas categorías de valor se ganan la admiración social, que nuestro orgullo pecaminoso anhela.  Este poderoso anhelo comienza a dar forma a nuestros pensamientos y comportamientos a una edad temprana, y desarrollamos hábitos de falsedad que manipulan las percepciones de los demás sobre nuestros logros en estas categorías de valores para ganar admiración social.  Estos hábitos pueden llegar a estar tan arraigados que apenas somos conscientes de ellos o, a veces, incluso ciegos a ellos. 

Pero Dios no es ciego a ellos. Él sabe cómo ensombrecen su gloria, roban nuestra alegría y obstaculizan nuestro progreso en la santidad. Y desea que tengamos vidas de “amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera” (1 Tim. 1:5).  Así que Él quiere que nos despojemos del engorroso y envolvente peso del pecado de la falsedad para que podamos correr con paciencia nuestra carrera de la fe (Heb. 12:1). 

Sin cera 

La palabra sincero tiene una historia útil: 

La palabra inglesa sincere viene de dos palabras latinas:  sine (sin) y cera (cera).  En el mundo antiguo, los mercaderes deshonestos usarían cera para ocultar defectos, como grietas, en su cerámica para poder vender su mercancía a un precio más alto.  Los comerciantes de mayor reputación colgarían un letrero sobre su cerámica - sine cera (sin cera) – para informar a los clientes que su mercancía era genuina  (Aferrarse a Dios, 69–70). 

Así que “sincero” tiene su origen en la mercadotecnia.  Desde la existencia del comercio, mercaderes mentirosos han empleado mercadotecnia engañosa para ganar dinero. 

Y es fácil ver cómo esta idea se transfirió a la “marca personal”. Yo mismo soy un vaso de barro (2 Cor. 4:7).  Soy un vaso de barro que es bastante defectuoso.  Y mi naturaleza pecaminosa es un mercader mentiroso. No quiere que tú ni nadie más vea mis defectos.  Quiere ocultar los defectos detrás de una cera engañosa. Quiere venderte una mejor versión de mí que la real. 

Multiplícame por unos siete mil millones y tendrás un lío global de mercadotecnia engañosa.  La serpiente le dio a Eva el “tratamiento de cera” en el jardín (2 Cor. 11:3) y desde entonces hemos estado “encerando nuestros productos” los unos a los otros. 

Nada queda para ocultar 

Sin embargo, el evangelio es el final de nuestra necesidad percibida de engañar. Jesús vino a transformar a vendedores egoístas de nosotros mismos en amantes sinceros de los demás (1 Ped. 1:22).  Él vino para limpiarnos siendo vasos para deshonra y transformarnos en vasos para honra (2 Tim. 2:20-21). En la cruz, cuando Jesús se hizo pecado por nosotros (2 Cor. 5:21), se eliminó toda nuestra cera y se reveló nuestro pecado por lo que realmente es: muerte y destrucción.  Y luego Él quitó estos pecados (1 Jn. 3:5). 

Esto significa que los cristianos no tienen nada que les quede para ocultar. 

Tal vez tu corazón objete ante esta afirmación.  No quiere que se expongan sus feas grietas y defectos.  Quiere ser comprado con la moneda de la estima de los demás.  No quiere ser rechazado.  Quizás no te sientas seguro al ser visto por los ojos juzgadores de los demás. 

Entiendo.  Pero eso es el orgullo y el miedo hablando.  Lo que necesitas escuchar es a Dios hablando, y aquí está lo que dice: 

  • Todos tus pecados y defectos están “al descubierto y desnudos” ante mis ojos (Heb. 4:13), pero por causa de Jesús, ahora eres “santo, sin mancha e irreprensible” ante mí (Col. 1:22). 
  • Todos los que creen en mí no serán avergonzados (Rom. 10:11); y si yo estoy por ti, ¿quién estará contra ti (Rom. 8:31)? 
  • Por lo tanto, no vivas como los que quieren agradar a los hombres.  No obres para ser visto, sino como siervo de Cristo, haciendo de corazón mi voluntad (Ef. 6:57). 
  • No puedes amar a los demás y ser falso al mismo tiempo. Trata de vivir una vida de “amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera (1 Tim. 1:5). 
  • Solo la confusión y toda cosa mala resultarán de los celos y la ambición personal, pero la paz resultará de aquellos que son “amables, condescendientes, llenos de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía” (Stg. 3:17). 
  • Así que elimina la levadura de la auto-promoción que no solo infecta el pan de tu vida, sino también de otras personas que te rodean, y vive en la santidad sin levadura de sinceridad y de verdad (1 Cor. 5:68). 

Pon tu confianza en lo que Dios dice, no en lo que dice tu orgullo y tu miedo.  El orgullo y el miedo te encadenarán con pesas, pero las promesas de Dios, si se creen, te liberarán. 

Revela la gloria de Jesús y corre libre 

Tenemos otra razón aún más profunda para dejar de encerar nuestros vasos para impresionar a otros. 

Los vasos de nosotros mismos, sin importar lo pobre que sea nuestra autoevaluación, sin importar lo socialmente devaluados que tememos llegar a ser si se exponen nuestros defectos, no se tratan de nosotros.  No somos nuestros; pertenecemos a Cristo (1 Cor. 6:19-20).  La vida es Cristo y acerca de Cristo (Fil. 1:21; 2: 911). 

Y nadie más es más impresionante que Jesús.  Él es el que queremos que todos los demás vean.  La gloria de su gracia se ve más claramente a través de nuestros pecados por los cuales pagó y perdonó, y la gloria de su poder se ve más claramente en nuestras debilidades (2 Cor. 12:9-10).  Cuando enceramos nuestros vasos, estamos haciendo mucho más que ocultar nuestros defectos; estamos ocultando la gloria de Jesús. 

Así que determinémonos a vivir y amar sin cera.  No escuchemos nuestra naturaleza pecaminosa de mercader mercantil, sino que seamos tan reales y genuinos como sea posible para que la gloria de Jesús se vea más claramente en nosotros, los otros serán más amados por nosotros, y correremos con mayor libertad y paciencia.  Es un maravilloso incentivo triple del evangelio para despojarse del peso de la falsedad.