El amor cubre una multitud de pecados

El profundísimo amor de Jesús por sus elegidos hace que todo el sufrimiento terrenal sea nada, sí, menos que nada. Nunca ha existido un instante en la existencia del Dios trino en que el Hijo de Dios no estuviera comprometido a una relación amorosa con una humanidad redimida, una humanidad que sería rescatada del pecado indecible del deicidio. Él amó a sus elegidos, desde antes de la fundación del mundo, en el pacto eterno de redención. “En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo” (Efesios 1:4b-5a).

Él nos amó mientras estaba en el mundo y, habiéndonos amado “nos amó hasta el fin” (Juan 13:1). Él nos amó cuando dio su vida, derramando su sangre humana y real desde un cuerpo humano y real, magullado y perforado, mientras experimentaba un gran dolor en su alma humana. Él nos amó en su resurrección para que la vida eterna fuera el regalo seguro para los elegidos que estaban muertos en sus delitos y pecados, porque “por causa del gran amor con que nos amó” fuimos resucitados con Cristo (Efesios 2:4-6). Él nos ama hoy intercediendo por nosotros, sentado a la diestra del Padre, para que nada nos separe “del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:34-39). Este amor fue demostrado en poder imborrable porque fue mostrado en su máxima expresión cuando nosotros estábamos en nuestra peor condición. Cuando estábamos “sin fuerzas” y por ende desamparados, su amor obró una solución eficaz para dar vida a nuestros sentimientos muertos; cuando éramos impíos, el Dios-Hombre murió por nosotros mientras aún éramos pecadores; el justo murió, por los injustos; somos salvos de la ira porque Jesús tomó la ira que nos correspondía como sacrificio propiciatorio; mientras que éramos enemigos, fuimos reconciliados por su muerte; ÉL vive, mucho más seremos salvos por su vida (Romanos 5:6-10).

Ninguna relación humana puede agobiar a aquellos a quienes Jesús amó, porque nadie nos puede odiar u ofender más que lo que nosotros hemos odiado y ofendido a Cristo. Cuando recuerdo que Jesús me ama, me ha amado, y me amará -cuando recuerdo que Él me salvó del pecado, de la humillación, de la muerte, de la ira, y del infierno- toda oposición, ofensa, odio, o intriga humana contra mí es menos que nada. “Y yo os digo, amigos míos: no temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no tienen nada más que puedan hacer. Pero yo os mostraré a quien debéis temer: temed al que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno; sí, os digo: a éste, ¡temed!” (Lucas 12:4-5). Si Dios me ha perdonado, justificado, a través de Cristo y presente e infinitamente intercede por mí, entonces ninguno me puede mirar y decir, “Tú no estás perdonado, tú no estás justificado, aún hay algo en contra de ti.” Ni Satanás, el acusador de los santos, ni siquiera los santos pueden decir eso. Cada uno de nosotros debemos resistir el vivir bajo la sombra del pasado, alimentando el resentimiento que obstruye nuestro entendimiento de la bienaventuranza en la gracia del perdón.

Solamente cuando consideramos cuán infinitamente más grotescos son nuestros pecados contra Dios que cualquier pecado que cometemos contra nuestro prójimo (Fíjense en la confesión de David, “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmos 51:4)) es cuando podemos sentir la profundidad de la súplica “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.” Encontramos las repercusiones de esa idea a través de las palabras y los argumentos de las escrituras como íntimamente conectados con nuestro sentido de perdón personal: “Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4:32); Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis; nunca paguéis a nadie mal por mal…Amados, nunca os venguéis vosotros mismos (Romanos 12: 14, 17a, 19a).

Desde la perspectiva de la Biblia, parece ser que cualquier persona o grupo de personas que acusen a otro grupo de personas de pecados que ellos no han cometido, y quizás no tienen la habilidad ni siquiera de conocer, y los tienen como rehenes a una penitencia que ellos no deben, proviene de un intento de explicar comportamientos y condiciones fuera de la fealdad humana común que los teólogos llaman Depravación Total. Estoy intrigado, y a veces perplejo, por la mareante oleada de nuevas perspectivas sobre lo que constituye el arrepentimiento y la reconciliación cristiana. Ahora que tenemos el “Trastorno de Esclavitud Postraumática” verificado como una condición legítima y dado el imprimátur cristiano por un psicólogo de la Sociedad Bíblica Americana (American Bible Society), probablemente nunca lleguemos a una lista sobre lo que es necesario para el arrepentimiento. Esta explicación del comportamiento humano está basada en el libro críticamente aclamado de Joy DeGruy, titulado, Post Traumatic Slave Syndrome: America’s Legacy of Enduring Injury and Healing. El mismo intenta explicar los agravios persistentes en algunas comunidades afroamericanas en términos de los efectos generacionales del trauma de la esclavitud y apunta tales supuestas particularidades como las luchas internas, el materialismo, la crianza deficiente, el celo, el colorismo, el derrotismo, la frustración y la furia. Para mí, esa lista no parece estar aislada a los descendientes de los ex esclavos sino a todos los individuos impíos de todos los descendientes de Adán y de todas las naciones que surgieron como resultado de la dispersión en Babel.

El aislamiento de estos problemas como las características peculiares de una comunidad parece no evitar el racismo, sino reforzarlo. Tales intentos de identificar y explicar comportamientos supuestamente más característicos de una comunidad que de otra implica algún defecto cultural o psicológicamente incrustado. Si determinamos nuestros problemas en términos de un determinismo psicológico aplicado por generaciones, para ser curado solamente a través de una empatía conciliadora y transformativa de parte de otros impíos, entonces hemos cometido dos errores bíblicos y hemos hecho que nuestro caso sea prácticamente inútil. Uno de estos errores es que hemos minimizado los efectos del pecado en todos nosotros y nos hemos convertido en un paquete de respuestas a una variedad de traumas personales que cada persona experimenta. Nuestro problema no es principalmente el agobio de un entorno (aunque deberíamos trabajar por entornos en los cuales los humanos puedan crecer), sino los efectos espiritualmente putrefactos del pecado. Segundo, hacemos que nuestra sanidad dependa de una respuesta humana proporcional a la profundidad de nuestra sensación de trauma. Ninguna cosa humana jamás puede remover la mancha del pecado, reconciliarnos con Dios, o reemplazar a Jesús como el único que puede “compadecerse de nuestras flaquezas…para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Hebreos 4:14-16). No tenemos el poder para sondear las profundidades del pecado humano o para sanar la transgresión que causa todas las demás transgresiones. Si la sanidad depende de eso, entonces no seremos sanados.

Las manifestaciones públicas de injusticia, reales e imaginadas, y de inmoralidad, ya sea consensual o predatoria, se presentan tanto ante el público general como la comunidad eclesiástica con regularidad. La perplejidad y la alarma justificada ante estas realidades lleva a algunos a insinuar que “predicar el evangelio en sí” no es suficiente para contrarrestar estos ataques a la dignidad humana. Habrá algunos que se identifican como cristianos, pero que no comparten la idea del perdón a través de la muerte sustitutiva de Cristo—justificación por su vida recta ahora y entronizado para siempre a la diestra del Padre—y ven como su principal ministerio cristiano el buscar resolución a las desigualdades terrenales. Otros pueden predicar la salvación, pero de tal manera minimizan los efectos reales del pecado que aún la salvación en si se convierte en un asunto de transacción humana, ignorando fatalmente la profundidad de la obra que debe ser hecha por el Espíritu Santo al llevarnos a un arrepentimiento profundo y sincero y a una fe amorosa en Cristo. Mientras que los cristianos deben trabajar como sal y luz en el mundo, y trabajar por pureza y santidad en sus iglesias, y los ministros no deben abandonar su llamado a “redarguir, reprender, exhortar,” y “reprender severamente” a la gente ociosa y maliciosa quienes “convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje,” y así rechazan al Señor Jesucristo (2 Timoteo 4:2; Tito 1:13; Judas 4), debemos afirmar que toda esta labor para justicia y rectitud surge del evangelio. Nosotros no minimizamos la prédica del evangelio frente a los males sociales desenfrenados; sino que lo maximizamos porque este anuncia el único remedio para el pecado que es la fuente de todos los males humanos y también el cargo innegable que se nos imputará en el día de la asignación al cielo, o al infierno.

Justicia, ley y evangelio

 

 

 

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Tom Nettles
Tom se ha desempeñado recientemente como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary. Anteriormente enseñó en la Trinity Evangelical Divinity School, donde fue profesor de Historia de la Iglesia y Presidente del Departamento de Historia de la Iglesia. Anteriormente, enseñó en el Southwestern Baptist Theological Seminary y Mid-America Baptist Theological Seminary. Junto con numerosos artículos de revistas y artículos académicos, el Dr. Nettles es el autor y editor de quince libros. Entre sus libros están Por Su Gracia y Por Su Gloria; Los bautistas y la Biblia, James Petigru Boyce: un estadista bautista del sur, y viviendo por la verdad revelada: la vida y la teología pastoral de Charles H. Spurgeon.