El encierro producto de la cuarentena ha traído consigo una explosión de la virtualidad y específicamente el uso de las redes sociales. Aquello que comenzamos señalando como el enemigo número uno de las disciplinas espirituales y la cuna del ocio, hoy es una realidad tan palpable que funciona como una extensión más de nuestras relaciones.

Los saludos, las risas, las reacciones y hasta las relaciones emocionales han encontrado un nuevo campo en el cual desarrollarse, con un lenguaje propio y distintas formas de interacción. La comunicación ya no es como la conocíamos hace 10 o 20 años, este es el mundo ahora.

Es a raíz de estos cambios que quiero reflexionar también sobre la manera en que las formas de pecado han mutado a ese nuevo escenario. Es posible que por mucho tiempo hemos estado viendo las redes sociales y la virtualidad como una línea paralela, una en la que podías ser tú y no comprometer las virtudes de tu otra realidad, la de carne y hueso. La verdad es que, esas líneas ya no son paralelas, o mas bien, nunca lo fueron porque no podemos hacer nada que no salga del corazón, el cual sigue siendo el mismo hasta en nuestros sueños e imaginaciones.

Tal vez haya alguien que esté dispuesto a discutir esto, pero ese no es el propósito de este escrito. Quiero más bien plantear como tesis, que las redes sociales han traído consigo nuevas formas en las que los pecados del corazón se manifiestan. Son los mismos pecados de antaño pero ahora en 2.0, una versión digital, más imperceptibles pero considerando que no hay maneras de hacer que algunos pecados sean menos importantes que otros, es necesario que sepamos cómo identificarlos y admitirlos para luego arrepentirnos de ellos.

Como nota al margen, quiero mencionar que algunos de los ejemplos puestos aquí surgen de mi experiencia, las mismas que he encontrado en común con hermanos muy honestos.  Adicional a eso, la lista a continuación no está en orden de importancia o frecuencia, es aleatoria pero si la he agrupado entre pecados personales y pecados hacia otros, el segundo grupo lo abordaremos en otro escrito.

La búsqueda de aprobación

No poder pasar un día sin postear en Facebook, un estado en WhatsApp, sin un trino o una Historia en Instagram es ya de por si un problema, pero revisar cada cinco minutos — por no exagerar— cuantos likes tienes o quienes han visto el estado o la historia es algo para atender con cuidado urgente.

En las redes sociales la aprobación no se manifiesta como en las relaciones cara a cara, es más ‘barata’, por así decirlo, aunque tiene sus rangos.

Por ejemplo, una persona manifiesta aprobación cara a cara con palabras de afirmación, una sonrisa acompañada de un gesto o hasta un detalle. En las redes sociales un emoji o una manita arriba puede ser suficiente y eso es lo que lo hace peligroso, porque los que están detrás saben como dosificar eso. Así un like no es lo mismo que un ‘me encanta’ y tampoco lo mismo que un comentario o un ‘compartir’.  Tú puedes llegar a sentirte frustrado porque lo que posteaste solo tiene ‘me gusta’ y ni un ‘me encanta’ y ya puedes ver a donde va el problema.

En el fondo, este mal del corazón no es más que definir tu identidad en base en lo que otros manifiestan como aceptable o no. Hay pecado allí. Cuando tratas con una persona cara a cara puedes ocultar que no te sientes tan mal por no tener su aprobación, pero en las redes sociales nadie te ve y eso crece en el corazón y crece tanto sin darte cuenta lo mucho que contamina el alma.

Te voy a contar algo personal, y perdón que me extienda en este punto, los otros serán más breves. Un día hice un post que pensé que era genial, era una frase a la que le di vueltas toda la noche, así que la publiqué a las ocho de la mañana en todas mis redes; pero a medio día no tenia mas de diez reacciones. Me enojé y dije, —debe ser que la publiqué muy temprano, este algoritmo de Facebook y Twitter es cada vez más horribe— ¿y sabes qué hice? ¡La borré y la volví a postear! Y fue en ese momento que dije: esto no está nada bien.

Nuestra identidad descansa en Jesús y en lo que él hizo y no somos más aceptables cuando estamos llenos de reacciones en un post o menos aceptados cuando muchos lo vieron y nadie reaccionó.

La autojusticia

El viejo pecado de los fariseos y los legalistas en general. Ese que no es muy fácil de disimular en persona pero que en las redes sociales florece como la maleza.

Las personas pueden construir una imagen muy piadosa, muy estudiosas o con una vida de oración intensa ¿y sabes por qué lo hacen? Porque saben que los que están al otro lado pueden llegar a creerlo.

Postear continuamente sobre la oración puede dar la sensación de que alguien ora mucho sin que así sea. Poner la foto de un libro cada día puede dar la sensación de que alguien es un lector voraz cuando nunca termina un libro. No me mal entiendan. Es posible que alguien lo haga y en realidad lo sea, lo cierto es que el corazón puede engañarnos y querer presentar eso como logros personales y quedarnos con el trofeo de esa justicia terrenal pero que no tiene mucho valor delante de Dios.

¿Puedes imaginarte a alguien que se toma una foto orando y la sube a sus redes? ¡Los hay! El Señor condenó esto cuando dijo que no debemos mostrar a los hombres nuestra justicia. (Mt 6:6).

Si, yo sé que nos auto justificamos con la idea de que tenemos todo bajo control, que solo estamos tratando de motivar a otros, pero a Dios no lo podemos engañar.

Este pecado también se ve cuando continuamente estas diciendo a otros lo que están haciendo mal. Tu timeline parece un manual exhaustivo de exhortaciones y sanciones sobre todos los temas, es como si estuvieras gritando que en cada uno de ellos tu lo estás haciendo muy bien.

Y yo sé que puedes estar pensando que solo estás haciendo ver a otras personas su error y que se arrepientan de sus pecados, pero sabes, por alguna razón extraña, la ausencia de misericordia se puede percibir en las publicaciones de alguien ¿crees que Dios no conocerá las verdaderas intenciones?

El orgullo

Si alguna vez te encuentras con un orgulloso, no tardarás mucho tiempo en identificarlo. Miran con cierto desdén a los demás, hablan demasiado de sus logros, no escuchan a otros pero si quieren ser escuchados, creen que solo su trabajo es importante mientras están buscando fallas en el trabajo de otros, con mucha dificultad elogian a alguien y cuando lo hacen se nota que es forzado. Uno no lleva una lista de chequeo para testear personas, pero estos síntomas siempre serán evidentes.

Ahora, es posible ser un orgulloso asintomático, no parecerlo por fuera pero en el corazón arder de vanagloria. Este no es un pecado que se admite con facilidad, pero en redes sociales sale con menos vergüenza.

Las redes sociales tienen un lenguaje, lo hablé al principio, y cuando te unes a ellas estás firmando el uso de ese lenguaje y lo aceptas como forma de comunicación, los “me gusta”, los comentarios y demás son la forma de aprobar o rechazar algo, así qué el orgulloso en redes sociales postea y está ansioso por reacciones pero él mismo nunca reacciona a nada.

Yo sé que uno no puede estar reaccionando a todo lo que se aparece, pero en ocasiones algo nos llama la atención y la única razón por la que no lo compartimos es porque no queremos que eso compita con lo que nosotros tenemos que decir. No queremos validar lo que otros dicen porque en el fondo estamos convencidos que lo nuestro es más importante, y en esto me estoy incluyendo con toda honestidad.

El orgulloso considera las reacciones de aprobación a otros como monedas de muy alto valor que solo están reservadas para personas y publicaciones especiales y si están en un nivel de influencia superior a él, mejor.

Ahora, déjenme aclarar que es posible que alguien esté usando las redes de manera pasiva, es decir que solo las esté usando para comunicar pero no para relacionarse y eso es perfectamente válido, ese caso no lo estamos discutiendo aquí. Pero en cuanto al usuario activo, este está esperando que todo gire alrededor de lo que él tiene que decir.

Puedes estar pensado que esto que digo es muy arriesgado porque no conozco el corazón y las intenciones de la gente, pero como te mencioné al principio, estoy hablando de cosas que pueden estar sucediendo pero que no las estamos viendo desde la perspectiva correcta, salimos del camino diciendo que las redes sociales son una cosa y la vida real es otra; lo cierto es que nuestro corazón se involucra en ambas y de maneras distintas.

Nuestros pecados más graves no son necesariamente escandalosos. Como diría Jerry Bridges, algunos de nuestros pecados más respetables son los que consideramos más pequeños e insignificantes. El Espíritu Santo provee a los hijos de Dios un discernimiento cada vez más agudo acerca de sus propias debilidades y una señal de madurez es salir al frente a esos pecados que parecen insignificantes pero que crecen como un cáncer en el corazón. El Espíritu Santo nos dirige a Cristo donde hay perdón suficiente.

Espero poder seguir hablando del otro grupo de pecados, los que cometemos contra otros, en un siguiente post.