Lo que en principio pensamos que se trataba de algo de lo cual estábamos lejos, toda vez que se desarrollaba al otro lado del mundo, hoy es una realidad para nosotros. El COVID-19, un virus de la familia de los coronavirus y que es altamente contagioso ya está en varios países de América Latina.

Para saber más sobre este virus, por favor leer esta detallada explicación del pastor y también infectólogo, Miguel Núñez

Ante el anuncio de la Organización Mundial de la Salud de declarar el brote del virus como  pandemia, varios países han respondido declarando emergencia sanitaria, cierre de fronteras y hasta la prohibición de eventos públicos que superen las 500 personas.

Estas medidas nos involucran, no solo porque hagamos parte de iglesias o eventos que aglomeren gran cantidad de personas, sino porque no estamos exentos de enfrentarnos cara a cara con la calamidad.

¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta como creyentes ante todo esto? Espero poder responder a eso en lo que nos resta de este escrito.

Dios es el Señor del coronavirus

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella; el mundo y los que en él habitan. (Sal 24:1)

El pastor R.C Sproul dijo muy acertadamente: “ Si en el universo existiera un solo átomo que anduviera suelto y fuera de control , Dios dejaría de ser Dios.

Cuando pensamos en lo altamente contagioso que es este virus y al ver el caos que se ha generado en el mundo, podemos pensar que todo esto está fuera de control. Los reportes de los medios parecen cada vez más dramáticos y podemos caer en la corriente de un mundo desesperanzado.

No hay nada que escape al señorío de Dios y esta situación no está dando una tremenda oportunidad para poner a prueba nuestra confianza en esa verdad.

Cuando perdemos de vista la soberanía de Dios nos quedamos sin piso y cualquier cosa nos mueve al pánico y la desesperación. Vuelve a tu Biblia, vuelve a los Salmos especialmente y contempla ahí al Dios que sentado sobre su trono lo gobierna todo.

La vulnerabilidad del hombre

El hombre es semejante a un soplo; sus días son como una sombra que pasa. (Salmo 144:4)

No importa cuan poderoso y cuan alto se haya elevado la humanidad en su propia sabiduría, hoy, un insignificante ser vivo, tan pequeño que es invisible al ojo humano, le ha puesto en vilo. Países cerrando sus fronteras, ciudades enteras desoladas, aeropuertos desiertos, todo esto es la señal de la vulnerabilidad del hombre.

Tal vez esto sea útil para meditar en la futilidad de la vida y la vanidad de aquellas cosas que consideramos imprescindibles. Las catástrofes y los infortunios son como un martillo que ablanda el corazón humano aunque ese mismo martillo a otros endurece, como quiera que sea, todo sentido de superioridad es reducido a nada.

Ante este panorama tan desesperanzador, nosotros tenemos un Evangelio que proclama esperanza y anuncia buenas noticias, no perdamos eso de vista y no dejemos de proclamar al Señor en todo tiempo.

Nuestro papel como iglesia

Como iglesia nuestra respuesta es en dos sentidos.

En un sentido vertical, debemos mantener nuestro púlpito fiel a la biblia, pero también fiel a la esperanza. No podemos ignorar lo que está pasando pero tampoco podemos generar pánico. También debemos animarnos unos a otros a permanecer confiados, cuidando los unos de los otros y sobre todo, no dejando de orar.

En un sentido horizontal; debemos ser cuidadosos de guardar las restricciones y recomendaciones de los gobiernos en cuanto a las reuniones públicas masivas, entendiendo que no es una prohibición al ejercicio de la fe, sino una medida sanitaria que debe ser acatada, mostrando así respeto por las autoridades y no plantear un desafío arrogante. Es una tensión difícil de sobrellevar, después de todo confiamos en el Señor, pero también debemos, mientras nos sea posible, obedecer a las autoridades.

Tal vez esta sea una buena oportunidad para atesorar como nunca la bendición de los grupos pequeños; poder fomentar la comunión a través de reuniones en casa y el contribuir así el cuidado mutuo los unos de los otros.

El Señor volverá pronto

Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. (Ap 21:4)

No queremos ser cospiranóicos, de hecho, debemos mas bien actuar con sensatez, después de todo no estamos frente a la pandemia más letal de la humanidad, lejos de eso. Sin embargo, no podemos dejar de pensar en el deterioro de este mundo que agudiza cada vez más. El Señor prometió regresar por segunda vez y estos eventos deben hacernos descansar en esta esperanza.

Nuestras esperanzas no están puestas aquí, nuestros tesoros no están aquí; un día, el Señor volverá y pondrá en orden todas las cosas. Un día él restaurará todas las cosas y ya no habrá temores, ni enfermedades; esta es la esperanza en la que nosotros descansamos y con la que debemos alentarnos día tras día al mismo tiempo que alentamos a otros.

Podemos estar confiados, el Señor es Soberano.
Anunciemos la buena nueva a una humanidad que es evidentemente vulnerable.
Confiemos en el Señor y mantengámonos en unidad y comunión como iglesia.
Y por último, no desmayemos en nuestra esperanza.

¡Maranatha! ¡El Señor viene!