B.B. Warfield ha pasado a la historia como uno de los grandes teólogos estadounidenses, y por buenos motivos. Fue un baluarte de la ortodoxia contra la creciente marea del liberalismo. Incluso un siglo después de su muerte, muchas de sus obras son tan poderosas y relevantes como el día en que fueron escritas. No obstante, aunque es conocido por su agudo intelecto y profundas percepciones teológicas, también era un hombre de sentimientos muy tiernos.

Poco después de su matrimonio con Annie, la joven pareja viajó a Europa. Durante el viaje, Annie sufrió una aterradora experiencia que ocasionó una especie de trauma nervioso que nunca pudo superar. Ella volvió a casa incapacitada y su condición se siguió deteriorando por el resto de su vida. Warfield respondió a estos trágicos sucesos comprometiéndose diligentemente a su cuidado. Mientras duró su matrimonio, rara vez se fue de su lado por más de un par de horas, y nunca más de lo necesario. Un amigo recuerda: “Solía verlos caminando juntos y la delicadeza del trato de él era una potente prueba del amoroso cuidado con que la rodeaba…Durante los años que pasó en Princeton, rara vez (si es que lo hizo) se ausentó por largo tiempo”. Warfield no solo era un gran teólogo sino también un gran esposo.

Pocas virtudes son más poderosas que la devoción. Son pocos rasgos del carácter los que honramos más que este. En esta breve serie, estamos considerando cuatro deberes de todo cristiano, y entre ellos está el deber de la devoción.

El propósito de la devoción

Los cristianos a menudo hablan de la devoción. Hablamos de «nuestra devoción a Dios», y más comúnmente, de nuestro «tiempo diario de devoción». Esta palabra es conocida para todo creyente, pero me pregunto qué tan a menudo consideramos qué significa y qué implica. ¿Qué es esta devoción que le ofrecemos a Dios? ¿Y cuál es la relación entre la devoción a Dios y los momentos personales de devoción? ¿Cuál es el propósito de nuestra devoción personal y qué esperamos obtener de ella?

En ambos usos, la devoción es una expresión de amor y lealtad arraigada tanto en el deber como en el deleite. B. B. Warfield le debía a su esposa ciertos deberes en virtud de ser su esposo, y su devoción brotaba de su deber. Dios no esperaba menos que lo que ofrecía Warfield, porque su devoción era una expresión de obediencia a los votos que había hecho con ella el día de su boda. Con todo, su devoción también era una expresión de deleite. Él amaba a su esposa y hallaba gozo en ella, y era a partir de este deleite que estaba dedicado a ella. Sería injusto desconectar su larga devoción para con su esposa del deber o del deleite.

De modo similar, la devoción de los cristianos a Dios es tanto un deber como un deleite. Es una expresión de nuestro amor a Dios y la lealtad que anhelamos expresarle. Es el desborde del gozo que tenemos en Él y nuestro compromiso con Él. Nuestra devoción a Dios conduce a ciertos hábitos y disciplinas. Nos dedicamos a Dios ocupándonos de prácticas que informan e incrementan nuestra relación con Él. Entre estas prácticas está la que conocemos como “tiempo devocional”.

El patrón de la devoción

Dios nos ha creado como criaturas de hábito. Aunque sin duda somos más que nuestros hábitos, no somos menos. Nuestros hábitos nos moldean y nos hacen lo que somos. Las actividades que repetimos pronto se entretejen en la trama de nuestra vida, de manera que después de un tiempo es más difícil eludir un hábito que realizarlo (lo cual es precisamente el motivo por el que es tan importante desarrollar buenos hábitos y arrepentirse de los que son perjudiciales). Gran parte de nuestra lucha con el pecado se puede detectar directamente en nuestro fracaso en desarrollar buenos hábitos y nuestra incapacidad o renuencia a destruir los malos.

Los hábitos son una de las formas en que experimentamos la renovadora y restauradora gracia de Dios. David Mathis dice: “Nuestro Dios es generoso en su gracia; es libre para conceder abundantemente su bondad sin siquiera la más ínfima cooperación y preparación de nuestra parte, y a menudo lo hace. Pero también tiene sus canales regulares. Y en forma cotidiana podemos valernos de estos caminos revelados de bendición —o descuidarlos para nuestro perjuicio”. Uno de los hábitos fundamentales que cada cristiano debe iniciar es el hábito del tiempo de devoción personal. Por cierto no es el único medio por el que Dios nos bendice con Su gracia, y ciertamente no es el único hábito significativo. Con todo, es un hábito crucial que beneficia a todos los que lo practican diligentemente.

En la mayoría de los casos, el hábito de la devoción personal se expresa en un tiempo diario de quietud, un momento dedicado a escuchar a Dios a través de su Palabra y a hablar con Dios mediante la oración. De esta forma, nuestra devoción es una conversación entre dos personas: Dios y nosotros. Si bien la Biblia nos instruye a “orar sin cesar”, también ejemplifica la importancia de apartar momentos específicos para la oración deliberada e incluso planificada. Aunque Jesús vivió en constante comunión con Dios, de todas formas escapó de sus responsabilidades y seguidores para pasar tiempo —incluso largas horas— a solas con Dios. Y si bien la Biblia elogia a aquellos cuyos pensamientos se vuelven regular y naturalmente a la Palabra de Dios, también habla de la importancia de estudiarla diligentemente. Si hemos de vivir para Dios, debemos vivir con Él. Si hemos de honrarlo, debemos conocerlo, y lo conocemos por medio de este hábito de la devoción.

Esta devoción requiere la diligencia y disciplina que formará el hábito y lo perfeccionará. La mayoría de los cristianos se dan cuenta que deben apartar tiempo cada día y entrenarse para mantener los devocionales personales. Después de algún tiempo de formación del hábito, pronto se encuentran abriendo naturalmente la Palabra de Dios y orando a él. Luego Dios usa ese hábito para construir la relación, para enseñar el carácter piadoso y para impulsar la obediencia.

El peligro de la devoción

Una vez viví en un pueblo que se convirtió en el escenario para una escena de cine durante la Segunda Guerra Mundial. Para que la película tuviera éxito, había que quitar todos los indicios de la década de 1990 de la calle principal del pueblo, y remplazarlos por los de 1940. Fue fascinante ver a los equipos de trabajo remodelando el pueblo. En algunos días lo habían transformado. Cuando me paré al final del pueblo y miré por la calle principal, era como estar mirando al pasado. No obstante, cuando caminé por el pueblo, una mirada más profunda reveló que esta transformación solo era superficial. Los equipos solo habían cubierto los edificios modernos con fachadas falsas y habían llenado las vitrinas con productos anticuados. No obstante, detrás de cada fachada falsa estaban las tiendas modernas comunes, y detrás de las ventanas frontales estaba la mercadería regular.

Incluso algo tan bueno como la devoción puede ser mal utilizado. Los engañadores e hipócritas religiosos se ponen una “fachada falsa” en lo que respecta a la devoción. Quieren mantener la apariencia externa de fieles seguidores de Dios cuando están en público, pero en privado siguen sin cambiar. Jesús advirtió sobre las personas que actuaban así: “Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa” (Mt. 6:5). La única recompensa que tienen son los elogios efímeros de los que se impresionan fácilmente. No saben nada de la recompensa que Dios concede a quienes en verdad lo aman y lo buscan. Tales personas son devotas cuando están en la congregación pero carentes en privado; son santos en la iglesia pero ateos en la casa.

Aún como verdaderos cristianos, enfrentamos el peligro de interpretar nuestra situación con Dios mediante nuestra diligencia en la devoción. Podemos medir nuestra obediencia y nuestro andar con Dios solo por la frecuencia con que dedicamos tiempo a la Escritura y la oración y cómo nos sentimos respecto al tiempo dedicado. Esto puede atraparnos en un patrón de dependencia de nuestras obras para estar en buenas cuentas con Dios, de pensar que nuestra situación delante de Dios depende de nuestro desempeño. Jerry Bridges nos recuerda: «Tus peores días nunca son tan malos como para que estés fuera del alcance de la gracia de Dios. Y tus mejores días nunca son tan buenos como para que estés fuera de la necesidad de la gracia de Dios». Nunca debemos olvidar que el deber de nuestra devoción se fundamenta en la devoción iniciadora de Cristo por nosotros en la cruz.

El deber de la devoción

Como cristianos, somos devotos de Dios. Tenemos un profundo amor y lealtad hacia él, y esto lo expresamos y lo fomentamos por medio de lo que llamamos “tiempo devocional”. “Así dice el Señor: No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor” (Jeremías 9:23-24). La disciplina del tiempo de devoción personal es uno de los medios claves por el cual llegamos a conocer y comprender a Dios, y a ser conocidos por Él. Es nuestro gozoso deber.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Challies.com.