El error de católicos y algunos protestantes sobre las buenas obras

Una forma de abordar la división histórica entre la enseñanza católica romana y la reforma acerca de la justificación es enfocarse en cómo la justificación por fe se relaciona con el amor práctico y la justicia en la vida cristiana.   

Aunque los reformadores afirmaron que la justificación sólo por fe siempre sería seguida por el amor práctico y la justicia, los líderes del catolicismo romano vieron, en la doctrina de los reformadores, una amenaza para la santidad de la vida cristiana y un debilitamiento del amor cristiano.  

Un texto clásico de la reforma que se intentó proteger contra este malentendido de la justificación por fe fue la declaración de la Confesión de Fe de Westminster sobre la justificación:  

La fe, que así recibe a Cristo y descansa en Él y en su justicia, es el único instrumento de justificación; aunque no está sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada por todas las otras gracias salvadoras, y no es fe muerta, sino que obra por amor. (11.2) 

O en las palabras de Santiago: “La fe sin las obras está muerta” (Stg. 2:26). “La fe sin obras es estéril” (Stg. 2:20). No justifica.  

Lo que los católicos romanos advirtieron  

No obstante, los católicos romanos del siglo dieciséis vieron el peligro como algo más grave. El Concilio de Trento (1545-1563) fue convocado como un tipo de “contrarreforma” a la reforma protestante. Aquí se expresaron los criterios de la justificación para protegerse contra los errores y los peligros percibidos en la enseñanza reformadora.  

Puedes escuchar su preocupación en estos extractos del Decreto del Consejo sobre la Justificación en este enlace: (http://www.intratext.com/IXT/ESL0057/_PD.HTM): 

Pero nadie, aunque esté justificado, debe persuadirse que está exento de la observancia de los mandamientos (Cap. XI). 

Si alguno dijere, que el Evangelio no intima precepto alguno más que el de la fe, que todo lo demás es indiferente, que ni está mandado, ni está prohibido, sino que es libre; o que los diez mandamientos no hablan con los cristianos; sea excomulgado (Canon XIX). 

Si alguno dijere, que el hombre justificado, por perfecto que sea, no está obligado a observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia… sea excomulgado (Canon XX). 

Si alguno dijere, que Jesucristo fue enviado por Dios a los hombres como redentor en quien confíen, pero no como legislador a quien obedezcan; sea excomulgado (Canon XXI). 

Dos formas distintas de proteger el lugar de la santificación 

Todas esas cuatro declaraciones son advertencias legítimas contra una opinión no bíblica de la justificación sólo por fe. Aquí no está la diferencia. Tanto los reformadores como los católicos romanos estaban celosos de preservar la conexión bíblica entre la justificación por fe y una vida de amor obediente y justicia, es decir, ambos buscaban preservar una conexión necesaria entre la justificación y la santificación.  

La diferencia yace en cómo esta conexión sería concebida y preservada. El catolicismo romano la concibió y protegió definiendo la justificación de modo que incluía la santificación. Los reformadores concibieron y preservaron la conexión definiendo la justificación como el perdón de los pecados y la atribución de la justicia de Cristo por la fe, en tanto que señalaban que esta fe es de tal naturaleza que, por el Espíritu Santo, santifica (Hch. 26:28). 

O para decirlo de otra forma, la conexión necesaria entre la justificación y la santificación fue preservada en el catolicismo romano al decir que la justificación es la infusión, la herencia o la propagación del don de justicia comprado por la sangre de Cristo en el alma creyente. Y los reformadores preservaron la conexión al decir que la justificación era la imputación de la justicia de Cristo mediante una fe que necesariamente llevaría a la santificación. Para el primero, la justificación es santificación. Y para los otros, la justificación lleva a la santificación.  

La definición de justificación de Trento 

Por ejemplo, el Concilio de Trento, en el Decreto de la Justificación, lo dice así:  

La justificación… no sólo es el perdón de los pecadossino también la santificación renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia (Cap. VII, énfasis añadido). 

La santidad que llamamos nuestra, porque estando inherente en nosotros nos justifica, esa misma (justificación) es de Dios: porque Dios nos la infunde por los méritos de Cristo (Cap. XVI, énfasis añadido). 

Por consiguiente, el catolicismo romano habla de creyentes como “hechos justos” por la justificación, en oposición a “contados como justos”: 

Si no renaciesen en Jesucristo, jamás serían justificados; pues en esta regeneración se les confiere por el mérito de la pasión de Cristo, la gracia con que se hacen justos (Cap. III). 

Por lo tanto, nuestra justificación, como la santificación, es progresiva. Puede crecer. Podemos ser “más justificados” porque la justificación consiste en nuestra propia medida de bondad causada por el nuevo nacimiento.  

Mediante la observancia de los mandamientos de Dios, y de la Iglesia, crecen en la misma santidad que por la gracia de Cristo han recibido, y cooperando la fe con las buenas obras, se justifican más (Cap. X). 

Tres razones por las que los reformadores rechazaron la opinión de los católicos romanos 

Los reformadores consideraron esto como un error muy serio. Primero, no era lo que la Biblia enseñaba sobre la justificación. Seguro, contrario a sus propios diseños, no contribuía esperanza o santidad al pueblo de Dios. Tercero, ocultaba toda la gloria de lo que Cristo realmente logró por Su pueblo.  

  1. Combinar la justificación y la santificación no es bíblico 

Lo que la Biblia enseña sobre la justificación es que es un acto de Dios experimentado por los “impíos”. En otras palabras, la justificación no es la infusión de la piedad, sino la declaración de que una persona impía es contada como justa.  

Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda; mas al que no trabaja, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia (Rom. 4:4-5). 

Esto no significa que “creer” es un hecho impío. Significa que cuando una persona es “nacida de Dios” y es traída de la muerte espiritual a la fe viva (1 Jn. 5:1), en ese instante el acto de justificación de Dios no trata el creer como una virtud meritoria, sino como el hecho de recibir a Cristo, en quien el creyente es contado como justo. Con respecto a cómo experimentamos la fe, la cual es una buena experiencia, y al ser en ese momento de justificación considerados “impíos”, Andrew Fuller explica:  

Este término [“impío” en Romanos 4:5], entiendo, no es diseñado, en el pasaje bajo consideración, para expresar el estado de la mente real que el grupo posee en el momento, sino el carácter bajo el cual Dios lo considera al otorgar la bendición de la justificación sobre él. Cualquiera que sea el estado presente de la mente del pecador – ya sea que sea un Fariseo arrogante o un publicano humilde – si no posee nada con lo que pueda en cualquier grado equilibrar la maldición que está sobre él [Gal. 3:10], o siquiera funciona como la tierra de aceptación con Dios, él debe ser justificado, en todo caso, como indigno, impío y totalmente fuera de consideración de la justicia del mediador” (Andrew Fuller: Holy Faith, Worthy Gospel, World Mission, 51). 

La justicia no es nuestra 

Pablo se esforzó en Filipenses 3:8-9 por distinguir su propia justicia de la justicia que tenemos en la unión con Cristo por la fe.  

Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe” (énfasis añadido). 

En este texto, la justicia que tenemos “en Él” y la justicia que tenemos “por la fe en Cristo” son lo mismo. Por lo tanto, entendemos que la fe es el instrumento por el cual Dios nos une a Cristo, en donde hay una justicia que no es nuestra.  

Infiero, por lo tanto, que cuando Pablo dice que Dios “justifica al impío” (Rom4:5), está implicando que la justificación no es la santificación. No es un proceso de desarrollo de la piedad. Es un acto instantáneo en el cual se declara absolución y reivindicación. Es un acto instantáneo en el cual una persona que no es justa en sí misma, se cuenta como perfectamente justa. La base de esta declaración no está en nosotros sino en Cristo.  

Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos (Rom5:19). 

La obediencia perfecta de Cristo es contada como nuestra

Como también David habla de la bendición que viene sobre el hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras (Rom4:6). 

La imputación y la obediencia perfecta de Cristo  

Esta “atribución” es lo que los reformadores entendieron como “imputación”. La razón por la que tenemos que ser contados imputados como justos mediante la obediencia perfecta de Cristo es porque la ley de Dios  demanda perfección, y sin ella estamos sin esperanzas. Por supuesto, la ley, entendida en su sentido más amplio (el Pentateuco, o incluso todo el Antiguo Testamento), preveía la imperfección por medio del sistema sacrificial. Pero ese sistema fue necesario porque la ley demandaba perfección.  

Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gal. 3:10). 

Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos (Stg. 2:10 énfasis añadido). 

De esta manera, la forma de justificación de Dios es para distraer enteramente nuestra atención de nuestra impiedad imperfecta y dirigirla totalmente hacia Cristo. Así es cómo Pablo lo dice radicalmente:  

Mirad, yo, Pablo, os digo que si os dejáis circuncidar, Cristo de nada os aprovechará. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la ley (Gal. 5:2-3 énfasis añadido). 

En otras palabras, si ponemos la más mínima confianza para la justificación en un acto que nosotros hacemos, entonces tendremos que depender enteramente de cumplir la ley. Y él ya ha dicho que eso es inútil (Gal. 2:16; 3:10). Esto significa que la justificación solo por la fe no es un sinónimo, ni tampoco incluye, la santificación. El escritor a los hebreos expresó esta realidad sin decir la palabra “justificación”:  

Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados (Heb10:14). 

Aquí hay una fuerte distinción entre el acto de Cristo de una vez y para siempre, que ya ha sucedido, y Su acto de santificación progresiva, el cual está en curso. ¿A quiénes ha “hecho perfectos” (es decir, justificados) Cristo una vez y para siempre en un instante? A aquellos que “están siendo santificados”. La justificación y la santificación no son lo mismo. El proceso continuo de ser santificado es la evidencia de ser “perfecto” una vez y para siempre.  

  1. Combinar la justificación y la santificación destruye a ambas

Esto nos lleva a la segunda razón por la cual los reformadores consideraron la opinión de los católicos romanos como un grave error: a saber, no contribuye a la esperanza o a la santidad en el pueblo de Dios. Hay otros problemas serios con la forma en que el catolicismo romano enseña la búsqueda de la santidad; por ejemplo, su opinión del castigo, la confesión sacerdotal, la impartición sacramental de la gracia (como en la misa), el rol de María y los santos, la autoridad de la iglesia, y así sucesivamente. Pero su afirmación que la justificación incluye la santificación es uno de los problemas más serios.  

Nuestra única esperanza 

En el Nuevo Testamento, la única búsqueda esperanzadora de la justicia práctica que exalta a Cristo está basada en la confianza de que ya soy perfectamente justo en Cristo. Charles Wesley lo expresó así: “Él rompe el poder del pecado cancelado”. La primera cosa que debe suceder en mi lucha contra el pecado es que todos mis pecados deben ser cancelados por causa de Cristo. Todos ellos, para siempre. Esto sucedió en la cruz.  

[Dios] habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz (Col. 2:14). 

El registro total de deudas que pudo haber condenado a un creyente es cancelado en la cruz. Por lo tanto, toda lucha contra el pecado es contra el pecado cancelado.  

Limpiad la levadura vieja para que seáis masa nueva, así como lo sois, sin levadura. Porque aún Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado (1 Cor5:7 énfasis añadido). 

Desentierra la levadura de pecado en tu vida porque, en Cristo, no hay levadura en tu vida. Estás sin levadura porque Cristo ha muerto por ti. Esta es nuestra única esperanza de victoria. Otra forma de decirlo es que la única forma de buscar la santificación que es esperanzadora, basada en el evangelio y que exalta a Cristo, es buscarla sobre la base de la justificación; no como parte de la justificación.  

La clave de la santificación 

Aquí está la clave del problema: si perseguimos la santificación (lo cual debemos hacer, Heb. 12:14) sin depender de la obra completa de Dios en la justificación, entonces caemos en la trampa que Pablo advirtió en Gálatas 5:2, y comenzamos a establecer nuestra propia justicia – nuestra propia justificación.  

Esto es inútil. Si intentamos derrotar un pecado no perdonado – es decir, si intentamos vencer nuestro pecado antes de ser cancelado – nos convertimos en nuestros propios salvadores, anulando la justificación del impío (Rom4:4-5). De esta manera vamos directo a la desesperación y al suicidio.  

La buena noticia de los reformadores, contraria a lo que los católicos romanos pensaban, no es que la santificación es opcional. No hay una salvación final sin la confirmación de la justificación en una vida de santidad (2 Ped1:10; 2 Tes2:13). En su lugar, la buena noticia es que la lucha por la santidad es alentadora porque está basada en la obra completa y final de la justificación. “Y a los que justificó, a ésos también glorificó” (Romanos 8:30). Esto sucederá. La lucha por la santidad sería inútil sin la seguridad de esta obra justificada completa de Dios.  

  1. Combinar la justificación y la santificación oscurece la gloria de Cristo

Esto nos lleva a la tercera y última razón por la que los reformadores pensaron que la combinación de la justificación y la santificación que los católicos romanos sostenían era un serio error. Oscurece toda la gloria de lo que Cristo realmente logró por Su pueblo.  

La perfección es nuestra 

Sin duda, el catolicismo romano enfatiza que no hay santificación sin la sangre de Cristo y Su justicia, pero no le otorga a Cristo el logro de una justicia justificadora que proporciona la completa absolución y la reivindicación de todo el pueblo de Dios en el instante en que creen.   

Este es un logro glorioso de Jesús: a saber, que Él ha trabajado tanto en la vida como en la muerte, que en un abrir y cerrar de ojos, en la primera aparición de la fe salvadora, cada pecado es perdonado (Hch. 10:43) y la perfección eterna (Heb.10:14) es contada como nuestra. El catolicismo romano atribuye a Cristo una gran cantidad de cualidades y logros grandes y maravillosos, pero este no es uno de ellos.  

La fe no está sola 

En nuestras conversaciones con católicos romanos, siempre será sabio enfatizar cuán seriamente nosotros consideramos la necesidad de la santificación para la salvación final. No será sorprendente que queden desconcertados. Muchos evangélicos tropiezan con la afirmación de que la justificación es sólo por fe (Rom. 3:28), y aun así la salvación tiene el requisito indispensable de la santidad (Heb. 12:14). Pero esta es una enseñanza de los reformadores de varios siglos.  

Mi propia opinión es que el movimiento reformista no ha profundizado, en general, en las dinámicas de la santificación como deberíamos para poder explicar por qué la fe justificadora debe producir una vida de amor. Esto probablemente ha causado que muchos católicos romanos sean escépticos acerca de nuestro esfuerzo por mantener la justificación y la santificación juntas.  

Es alentador escuchar a Lutero decir,  

La fe es algo muy poderosa, activainquieta, efectiva, que inmediatamente renueva a una persona y la regenera, guiándola a una nueva manera y tipo de vida, por lo cual es imposible no hacer el bien sin cesar (Sermón sobre Lucas 16:1-9). 

Y es verdad cuando la Confesión de Westminster dice,  

[La fe] no está sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada por todas las otras gracias salvadoras, y no es fe muerta, sino que obra por amor (11.2). 

Estos tipos de declaraciones pueden ser multiplicados por cientos en la tradición reformadora. Pero hay muchas menos explicaciones de por qué la fe tiene este efecto necesario en la vida. No es suficiente decir que la fe provoca que el Espíritu Santo haga su obra santificadora, aunque eso es cierto (Gal. 3:5). Lo que precisa atención son los verdaderos y experimentales procesos de pensamiento, sentimiento y voluntad que nos mueven de la fe justificadora al amor habitual.  

Hedonismo cristiano 

El hedonismo cristiano (cuyo dogma central es: “Dios es mayormente glorificado en nosotros cuando estamos mayormente satisfechos en él”) se introduce en estos tres procesos. Por ejemplo, supongamos que decimos acertadamente junto con Andrew Fuller,  

Cualquier otra propiedad que la fe pueda poseer, lo que justifica es recibir a Cristo y estar unidos a Él (Andrew Fuller, 50). 

El hedonismo cristiano presiona y pregunta, ¿cómo es realmente esta experiencia de recibir a Cristo? ¿Es como recibir un soplido? ¿Es como recibir un regalo que necesitas, pero no quieres? ¿Es como recibir ayuda deseada de alguien que te desagrada? ¿Es como recibir un paquete del cartero que apenas conoces o que no te importa conocer?   

El hedonismo cristiano presiona en la dimensión afectiva de “recibir” a Cristo porque conoce por la Biblia y por la experiencia que hay muchas formas de “recibir” a Cristo que no son salvíficas. La gente en Juan 6 recibió a Jesús como rey y Jesús se escapó de ellos (Jn. 6:15). Los hermanos de Jesús lo recibieron como un hacedor de milagros y Jesús dijo que no tenían una fe salvadora (Jn. 7:5). La gente en el banquete “creyó” en Él en un sentido, pero Jesús no se confió a ellos (Jn. 2:24). Simón estaba listo para recibir al Espíritu Santo y Pedro le dijo, en esencia, que tome su dinero y se vaya al infierno (Hch. 8:20).  

Recibir a Cristo como un tesoro 

Por lo tanto, el hedonismo cristiano presiona en la experiencia real hasta discernir qué es esto de “recibir a Cristo”. Y lo que encuentra es que recibir a Cristo es salvador si se le recibe no sólo como Salvador y Señor, sino como un Tesoro supremo.  

“El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo” (Mt. 13:44). 

“El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt10:37). 

“Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor” (Fil3:8). 

No hay cielo sin Jesús 

En otras palabras, recibir a Cristo de una forma salvífica significa preferir a Cristo por sobre todas las demás personas y cosas. Significa desearlo; no sólo lo que Él puede hacer. Sus obras a nuestro favor están destinadas a hacer posible el conocerlo y disfrutarlo para siempre. No lo recibimos para salvación como si recibiéramos un boleto fuera del infierno o para entrar al cielo. Él no es un boleto. Él es un tesoro – el mayor Tesoro. Él es quien hace que el cielo sea el cielo. Si queremos un cielo libre de dolores sin Él allí, entonces no lo recibimos; lo usamos.  

Por lo tanto, al hablar acerca de la santificación y la justificación, es útil insistir en que la fe que justifica significa recibir, dar la bienvenida, abrazar a Jesús por todo lo que Dios es para nosotros en Él. Esto es cierto, aunque ahora no podamos ver todo lo que Dios será para nosotros en Jesús. Hemos visto suficiente de la gloria de Dios en Cristo (2 Cor4:6) por lo que sabemos que desearíamos pasar la eternidad descubriendo más y más del Dios que se dio a Sí mismo por nosotros en Jesús.   

La fe que justifica rompe el doble poder del pecado 

De esta forma, el hedonismo cristiano dirige la atención a la naturaleza de la fe justificadora que explica en gran medida por qué es cierto cuando Lutero dice que es imposible que la fe justificadora no haga el bien. Y por qué es cierto cuando la Confesión de Westminster dice que la fe “no es fe muerta, sino que obra por amor”.  

Cuando experimentamos la fe justificadora estando satisfechos con todo lo que Dios es para nosotros en Jesús, esta nueva satisfacción espiritual en Dios rompe la raíz del doble poder del pecado. El pecado tiene poder al amenazarnos con el dolor que podríamos encontrar en el camino de la obediencia y al hacernos promesas del placer que podríamos encontrar en el camino de la desobediencia.  

Pero la fe justificadora ha encontrado todo lo que Dios es para nosotros mucho más satisfactorio que todas las promesas del pecado, y más seguro que todas sus amenazas. De esta manera, los comportamientos que derivan de esta fe serán comportamientos sacrificiales de amor y honrarán a Dios. 

Las claves del amor y la santidad 

Quizás, entonces, en tus conversaciones con amigos católicos romanos, podrás eliminar un obstáculo para que vean la belleza de la justificación sólo por la fe. Podrás demostrarles que no eres indiferente a la santidad o a una vida de amor. En su lugar, tu doctrina de justificación por fe sostiene la doble clave de dicha santidad y amor. La primera clave es que el camino bíblico para la santidad práctica a los ojos del hombre comienza con la confianza de que somos perfectamente santos a los ojos de Dios. La segunda clave es que la fe justificadora contiene una satisfacción superior en Dios que rompe la raíz de las amenazas y las promesas del pecado.  

El catolicismo romano no necesita combinar la justificación y la santificación para poder asegurar un lugar para la santificación en la vida cristiana. De hecho, esa combinación no puede asegurar tal lugar. Un camino mejor, más bíblico, más útil y que exalta a Cristo es afirmar la imputación del logro de Cristo sólo a través de la fe, y ver esa fe como una dichosa recepción de Cristo como el Tesoro supremo que Él es.


Fuentes utilizadas: 

http://www.iglesiareformada.com/Confesion_Westminster.html#anchor_25  

http://www.intratext.com/IXT/ESL0057/_PD.HTM