Soy una mexicana, y si conoces un poco la cultura de mi país; debo decirte que las madres son una figura casi santa. Siempre tienen la razón, son apasionadas, intensas, representan fortaleza, son pilares de las familias. Incluso, hay una frase que probablemente si eres de América Latina, la has escuchado también: “No hay amor más grande que el de una madre” ¿te suena familiar? 

Mientras crecía, estuve de acuerdo con esta frase, porque hace una buena “representación” de cómo las madres son vistas en México, por lo menos desde mi perspectiva. 

Ahora que soy madre de dos niños, entiendo lo que significa amar como madre, es difícil ponerlo en palabras. No puedes entenderlo hasta que te conviertes en mamá.  

Intentaré describirlo: es un impulso que te lleva a tener una disposición a hacer lo que sea por tu hijo. Quieres hacerlos felices, aunque te cueste tu felicidad. Soportamos trasnochadas, dejamos a un lado nuestros sueños, hobbies y a veces nuestra persona. Estiramos nuestra paciencia, sonreímos aun cuando estamos al borde del llanto, nos levantamos de la cama aunque estemos enfermas, es tan fácil sacrificarnos por el bien de nuestros hijos; nuestro amor por ellos es grande y profundo. 

Hace cinco años ya, que soy madre, como creyente en Cristo y como una mujer apasionada por el diseño de Dios para nosotras; había visto este amor como un amor puro, como un amor que representa a Cristo, pues es un amor que se sacrifica por otros constantemente. Debo confesar que mi amor de madre me tenía cegada. Ese placer de sentirse necesitada, es de sospecharse, esa demanda que los hijos tienen de tu persona puede volverse adictiva. 

La realidad es que como todo lo que está de este lado del cielo, nuestro amor de madre está también contaminado por nuestro pecado y es sutil. Si eres una madre que ama a Cristo y desea honrarlo en todo, exaltarlo y glorificarlo en tu vida como madre. Déjame exhortarte a examinar tu amor de madre. 

Hace no mucho tiempo experimentamos la pérdida de un embarazo, fue espontáneo e implicó sacrificar a mis dos pequeños, para que yo pudiera ser atendida. Mientras estaba en la sala de espera, Dios me trajo muchas reflexiones a mi mente acerca de mi amor de madre. Especialmente porque los estaba sacrificando a ellos, y no sacrificándome yo por ellos. Me preocupaba no estar allí para ellos, no poderlos atender, haberlos dejado. Incluso me pregunte ¿Qué pasaría si yo dejara de existir?, ¿qué van a hacer sin mí?, ¿cómo saldrían adelante? Inmediatamente, Dios trajo a mi mente: “Claudia, ¡Calma¡ sin ti ellos pueden vivir, pero sin Mí no pueden existir, sin ti pueden hacer muchas cosas, pero sin Mí no pueden hacer nada. A ti no te necesitan, no eres indispensable, porque Yo lo soy todo. ¡WOW¡ quede atónita ante ese pensamiento e inmediatamente comencé a arrepentirme delante de Dios por darme y darles a mis hijos más crédito del que merecían. 

Dios usó esas largas horas (que fueron como 8) de espera, para dejarme ver que a pesar de “amarlos tanto” muchas veces lo que yo llamo amor por ellos, en realidad es amor por mí misma, por eso en ocasiones es más lo que me quejo de lo que los disfruto, me enfoco tanto en hacerlo bien, y a veces hacerlo bien en mi mente significa que coman todo orgánico, que no vean tanta televisión, que tengan la mejor educación, que tengan una buena rutina, que sean estimulados adecuadamente, que tengamos suficiente tiempo de lectura, y la lista sigue y sigue. A veces los amo porque me da sentido, encuentro mi identidad en mi amor de madre, me da valor, me hace sentir orgullosa e importante. ¿Puedes verlo? Mi amor de madre está contaminado por mi pecado. 

Es chistoso, vivimos en una sociedad donde los jóvenes piensan más en los perros que en tener niños, pero que al mismo tiempo si te atreves a tenerlos, las expectativas son irreales. No importa lo relajada que seas como mamá, la pasión de la maternidad, el amor que se siente y el bombardeo de hacerlo bien, te sobrecargan en ciertas etapas, llevándote en muchas ocasiones a amar incorrectamente a tus hijos. Entonces, ¿Cómo identificar el pecado de mi amor como madre? ¿Qué me ha dejado Dios en su Palabra, de lo cual pueda echar mano? ¿Cómo puedo protegerme o mantener mi amor de madre en el lugar correcto? 

Lo cierto es que, especialmente en la etapa de bebes a preescolar, es fácil que los hijos estén en el medio de casi todo lo que hacemos, en medio de nuestro descanso, en medio de ti y tú esposo, en medio de tu devocional con Dios, en medio de tu comida, en medio de tus planes, en medio de tu privacidad. Sí, hay que hacer sacrificios por nuestros hijos, pero no debemos girar alrededor de nuestros hijos. Como una mujer que por la gracia de Dios ha estado en el ministerio por 10 años, puedo decir que este amor de madre, incluso destruye matrimonios y otras relaciones, si no lo supervisamos, puede incluso destruir a tus propios hijos, hasta el extremo de llevarlos lejos de Cristo. 

Mi intención con esta reflexión es que pases más tiempo disfrutando tu maternidad y menos tiempo pensando en que puedes hacer mejor o qué hiciste mal. Que en lugar de querer controlar cada área de las vidas de tus hijos, puedas verdaderamente descansar en la soberanía de Dios sobre sus vidas. Que dejes de buscar o compararte con la sabiduría del mundo o con otras mamás, y te enfoques en lo que Dios dice. Que puedas mantener tu amor de madre en el lugar correcto, para que tu relación con Dios y con tu esposo mantenga esa prioridad que deben tener. 

Antes de pasar a principios prácticos, que encontrarás en la segunda parte de este artículo, te animo a que vayas a Dios en oración reflexionando en tu amor como madre, pidiéndole que te muestre de qué manera tu pecado está contaminando tu amor. Reflexiona en lo que dice Filipenses 2:3-4 “No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. 

¿Amas a tus hijos porque honra a Dios o porque te da sentido o identidad? ¿Tu dedicación a tus hijos está impactando la relación con tu esposo? ¿Tu llamado “amor” a tus hijos está absorbiendo tu tiempo de oración o de estar en la Palabra? ¿Te sientes culpable si no juegas con tu hijo, pero no te sientes así por no tener un tiempo de oración? ¿Te ves constantemente en queja y estrés, porque sientes que todo depende de ti? ¿Eres inflexible en cuanto a los tiempos de la rutina de tu hijo? 

Si respondiste que sí a alguna de estas preguntas, es muy probable que tu amor de madre esté siendo contaminado por tu pecado. Mi deseo no es condenarte, sino liberarte de la esclavitud al “amor de madre”. Que puedas encontrar en Dios y su Palabra el balance de vivir un “amor de madre” para la gloria de Cristo, no para la tuya ni para la de tus hijos. Ve en oración a Tu Salvador, que está pronto a perdonar y a darnos la gracia que necesitamos para ser transformados. Después sigue la segunda parte de este artículo, que sea Dios el dueño y el que moldee nuestro “amor de madre”.