Por qué Dios oirá nuestras oraciones

Antes de tener edad suficiente como para tener memoria, aprendí a orar en el nombre de Jesús. ¡Qué regalo! Orar en Su nombre es una realidad tan simple como para que un niño la reconozca, y tan profunda como para mantener a los santos en asombro por la eternidad.

Y por supuesto, cuando enseñamos a los niños simples y profundas verdades (lo cual debemos hacer), la familiaridad puede generar negligencia a medida que crecen. A cualquier edad, podríamos convertir “en el nombre de Jesús, yo ruego, amén” en un cierre desechable al final de nuestras oraciones, en lugar de la preciosa realidad teológica que es.

Durante dos mil años, los cristianos han estado orando en el nombre de Jesús, y por una buena razón. ¿Pero cuándo fue la última vez que se detuvieron a reflexionar el “por qué”?

En el Nombre de Jesús

El mismo Jesús instruyó a sus discípulos a “pedir al Padre en mi nombre” (Jn 15:16; 16:23, 26). El apóstol Pablo habló de los cristianos como aquellos que «invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 1:2) y dan gracias «por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre» (Ef 5:20).

  Orar en el nombre de Jesús es sólo un acto entre muchos en toda una vida bajo la misma bandera: «Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre.» (Col 3:17).

Actuar en nombre de Jesús es actuar por Su gloria. Apuntar a que sea conocido, admirado y disfrutado, como debe ser.

¿Pero qué pasa cuando nos volvemos hacia Dios en la oración?

Cinco razones por las que oramos en el nombre de Jesús

Orar en el nombre de Jesús apunta a la gloria del Padre en Él. «Y todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo»(Jn 14:13).

Cuando oramos con otros, y ellos nos escuchan invocar el nombre de Jesús, redunda en su alabanza. Nuestras oraciones le honran cuando apelamos a Su Padre en una confianza consciente en Él, por lo que es, ha hecho y lo que promete ser para nosotros para siempre.

El libro de Hebreos resalta aún más esa gloria, dándonos cinco razones específicas, para tomar consciencia del nombre de Jesús cuando oramos a nuestro Padre.

1. Como humano, Él simpatiza con nuestras debilidades

Oramos en nombre de Alguien que comparte nuestra humanidad. Es nuestro hermano en la naturaleza, y las debilidades que esta naturaleza conlleva. «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado.» (Hebreos 4:15).

Cuando oramos en nombre de Jesús, oramos en el nombre de un Compañero humano. Sin restar nada de Su divinidad, añadió a sí mismo nuestra plena humanidad, para identificarse con nosotros.

Oramos a Dios  a través de la singular mediación del Dios-hombre. Como verdadero Hombre es capaz de simpatizar con nosotros en las debilidades de nuestra humanidad.

2. Como sufriente, Él conoce nuestro dolor

Hebreos 2:18 hace la conexión entre la tentación y el sufrimiento: «Pues por cuanto Él mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados.»

Jesús tomó para sí la inevitable realidad de la vida en un mundo caído: el sufrimiento.

Y no sólo sufrió, como la mayoría de nosotros lo hacemos, sino que abrazó un sufrimiento inusual, hasta la odiosa y vergonzosa ejecución de la cruz.

Jesús es nuestro compañero de sufrimiento (Heb 5:8) y Hebreos 2:10 dice que Su sufrimiento fue “conveniente” ¿Por qué? Porque los humanos sufrimos. Todos conocemos nuestras propias temporadas de sufrimiento, si no vidas enteras de varios sufrimientos.

La vida humana normal conoce bien el sufrimiento, también Jesús. A menudo, son nuestros sufrimientos los que nos impulsan a orar en nombre de Alguien que sabe lo que es sufrir.

3. Como sacrificio, Él pagó nuestras deudas

Hebreos 10:19 afirma: «tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús». Tomó nuestra humanidad -hasta el punto de derramar su propia sangre- para «hacer propiciación por los pecados del pueblo» (Heb 2:17).

Jesús es nuestro sustituto, murió nuestra muerte.

Hacer propiciación significa satisfacer la ira de Dios que merecíamos por nuestra rebelión contra Él. Jesús como nuestro sustituto propició la ira justa de Dios. Sin Su acción sacrificial, y nuestro clamor para que Su sangre cubra nuestros pecados, no tendríamos ninguna garantía para acercarnos al Dios Santo en la oración.

4. Como precursor, Él nos abrió el cielo

Si Su sacrificio en la cruz es el aspecto más recordado del nombre de Jesús (sustitución), el siguiente podría ser el más olvidado: Su ascensión.

 Jesús no sólo murió, sino que tres días después, se levantó de la tumba. En plena humanidad glorificada, ascendió en cuerpo y alma al cielo, nos abrió un camino hacia la presencia de Su Padre y ha sido pionero en nuestra senda para venir a Su encuentro.

Él «trascendió los cielos» (Heb 4:14) y «entró por nosotros como precursor» (Heb 6:20). Hay  «un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo» (Heb 10:20). La razón por la que podemos “acercarnos al trono de la gracia” (Heb 4:16) es que Jesús resucitado se ha acercado al Padre en persona.

Al reclamar el nombre de Jesús, lo hacemos en confianza: «acerquémonos con confianza al trono de la gracia» (Heb 4:16). “Tenemos confianza para entrar en los lugares santos por la sangre de Jesús” (Heb 10:19). Aparte de Cristo, los pecadores no tenemos derecho al oído de Dios en la oración. Pero en Cristo, tenemos acceso tan seguro que venimos con una audacia justificada y una confianza humilde. Pablo dice: «en quien tenemos libertad y acceso a Dios con confianza por medio de la fe en Él.» (Ef 3:12).

5. Como sacerdote, Él nos lleva a Dios

Oramos en Su nombre porque en Él «tenemos un gran Sumo Sacerdote» (Hebreos 4:14;10:21). Así como solo el sumo sacerdote podia entrar en la presencia de Dios en el tabernáculo terrenal (solo una vez al año), así Jesús entró en la propia presencia de Dios en el cielo. Ynos da este acceso superior, llevándonos con Él (sin fin).

 El llamado de un sacerdote es llevar el pueblo a Dios. Esto es lo que Jesús hace como nuestro representante, ahora también en la oración, y un día pronto en persona.

Jesús nos lleva a sí mismo, y con él a Su Padre. Pedro dijo: Jesús «padeció una vez por los pecados, el justo por el injusto, para llevarnos a Dios» (1 Pedro 3:18). Y como escribe Pablo: «porque por medio de Él… tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu» (Efesios 2:18).

Oremos

Cuando los cristianos oramos en “el nombre de Jesús”, no invocamos algún tipo de hechizo o encantamiento mágico que haga efectivas nuestras oraciones. “En el nombre de Jesús” no es un mero eslogan, añadido al final de nuestras oraciones para hacerlas cristianas. Oramos en “el nombre de Jesús” porque es nuestro hermano, compañero humano, compañero de sufrimiento,  sacrificio, sustituto,  pionero en la presencia de Dios y gran Sumo Sacerdote. Él es el único que nos lleva a Dios por toda la eternidad.