El orden correcto de las cosas

Cuando estudiaba en la universidad, soñaba con ser una exitosa cirujana, salvar vidas todos los días, ser famosa y tener una agenda muy apretada. Desde niña quise ser médico y como muy pocas cosas en la vida, mi carrera me apasiona al punto de tener la convicción de que yo era médico antes de ser hija, esposa o madre. Siempre quería estar para mis pacientes, lista para cualquier emergencia. 

Me casé unos meses antes de recibir mi título de medicina general, mi esposo jamás ha sido un obstáculo entre mis aspiraciones y yo, él siempre me ha apoyado y cuidó de  en los momentos más duros de mi vida como estudiante de medicina. 

Tradicionalmente, los médicos queremos estudiar una especialidad en cuanto nos recibimos y en eso estaba yo, pero había algo que en ese momento no lograba identificar y que me impedía continuar con mis planes de estudiar cirugía. Tenía algo de temor, pero me creía capaz de lograrlo como casi todo lo que me había propuesto hasta entonces, sin embargo, no entendía qué me detenía 

Pedí consejo y alguien me dijo, “si querías estudiar más, no te hubieras casado” y como fue un hombre quien me lo dijo, pensé que era una postura muy machista. Luego, una mujer, médico muy cercana a mí y con unos 10 años más de experiencia que yo, me señaló algo que desde su perspectiva me hizo mucho sentido, ella me dijo, hay carreras que no son para mujeres, no porque no seamos capaces, sino porque nuestro rol en la vida es muy complejo. Como mujeres, debemos estar pendientes de nuestro hogar y de nuestros hijos y muy difícilmente lo haremos bien si nos dedicamos a algo que amerite jornadas de trabajo de más de 12 horas al día, o que implique salir corriendo a media noche”. 

Pensando en eso, decidí estudiar nutrición para poder tener jornadas cortas de trabajo y no hacer turnos por la noche, eso me permitiría estar disponible más tiempo; era el plan perfecto, pero, aunque lo parecía, yo no había entendido, pues seguía priorizando mi carrera antes que todo lo demás en mi vida.  

Vinieron los niños y trataba de estar pendiente de ellos, pero sin descuidar mi trabajo, pues, era eso lo que me hacía sentir completa y útil en la vida. Llegué a trabajar para una organización sin fines de lucro donde podía atender personas de escasos recursos y dar medicinas, aunque ellos no pudieran pagar. Ese era para mí el mejor trabajo del mundo y pensé que jamás lo dejaría de hacer pues era mi cuota con la sociedad y mi forma de servir a Dios. 

Casi 7 años después de correr de acá para allá por mi trabajo, volvió esa sensación que en el pasado me detuvo, algo que me decía “debes ordenar las cosas en tu vida”, comencé a ver que mis hijos me anhelaban, que se alegraban cuando yo llegaba a casa temprano y me quitaba la ropa de trabajo, que me pedían que me sentara con ellos a ver la televisión solo para asegurarse de que no volvería a salir. Me di cuenta de que mi esposo notaba la diferencia con agrado cuando yo cocinaba en vez de nuestra empleada doméstica, todo fue más claro. Ese algo que hace 7 años no identifiqué era el Espíritu Santo guiándome a ordenar mis prioridades comenzando en mi corazón mente, y luego en mi rutina.  

Dios me hizo entender que el problema no era el trabajo que hacía, sino lo que había en mi corazón. En mi interior yo menospreciaba el trabajo de las mujeres que se quedaban en casa para cuidar a sus hijoscreía que no eran felices ni plenas y que yo si lo era. No me veía haciendo otra cosa que no fuera la medicina y me avergonzaba solo de pensar no poder estar a la altura de las expectativas sociales. En mi arrogancia y egoísmo, estaba descuidando lo más valioso que tengo después de mi salvación: mi hogar 

Entendí que Dios me creó para mi esposo, así como creó a Eva para Adán (Gen. 2:18). Entendí que mis hijos solo estarán conmigpor un corto tiempo de su vida y yo debía aprovecharlo al máximo mientras pudiera. Entendí también que tener tiempo para los pequeños detalles como poner una nueva cortina en la cocina, encender una vela aromática en la sala o hacer un postre casero, son cosas tan triviales y nada fantásticas comparado con una cirugía, pero que le dan a nuestro hogar ese toque único que nuestros esposos valoran y nuestros hijos recordarán cuando se hayan ido. 

Recibí muchos cuestionamientos sobre mi decisión de dedicarme más a mi hogar que a mi carrera, incluso de creyentes, que por las ideas mundanas que muchas veces adoptamos, me decían que yo merecía tiempo para realizarme como profesional y que en la casa me iba a frustrar. Recibí comentarios también acerca de que la economía estaba muy mala y actualmente tanto el hombre como la mujer deben trabajar para salir adelante. Gracias a Dios ninguno de estos argumentos me hizo dudar, yo tenía claro lo que debía hacer. 

Hoy sigo amando a mi carrera, pero amo más a Dios quien me ha dado un hogar y me ha hecho entender que en este momento de mi vida mi mejor servicio a Él es cuidar de mi esposo y los hijos que nos dio, predicarles el evangelio día a día con mi vida, criarlos según SPalabra y mostrarles a Cristo. Sigo trabajando como médico, ayudo siempre que puedo, pero antes de ser médico soy una hija de Dios, soy esposa y soy madre, mi carrera no me define y ejercerla ahora, no me es necesario para sentirme plena.  

De ninguna manera estoy renunciando a mis sueños, un día mis hijos se irán y si Dios me lo permite tendré tiempo para hacer muchas cosas que por ahora estoy postergando (Ecl. 3:1)esta es solo una etapa más de las tantas que pasamos por la vida y la estoy disfrutando mucho 

 Enséñanos a contar de tal modo nuestros días,
que traigamos al corazón sabiduría. 

Salmos 90:12