Años atrás, unos amigos y yo fuimos estafados por 70 dólares poco después de haber llegado a París. Estábamos en la estación de trenes, confundidos por la pantalla en francés de la máquina de boletos. Un hombre amable apareció, puso su tarjeta de crédito en la máquina y nos dijo que estaba comprando pases de tren de dos días para nosotros y que le podíamos pagar con dinero en efectivo. Sucedió rápido y nuestro francés no era lo suficientemente bueno como para comprobar lo que nos decía. Además, parecía bueno y confiable. Así que le entregamos el dinero… 

Varios minutos más tarde, después de haber subido al tren, descubrimos que nos había comprado boletos de único uso de un valor de 2 dólares cada uno. Para entonces, él ya se había ido. Me sentí enojado y avergonzado el resto del día. 

Esa experiencia es una parábola del pecado y sus formas. El pecado es un estafador. Cubre su engaño con amabilidad y promesas dulces. Nosotros pecamos porque creemos sus mentiras. Decimos chismes porque el chisme nos susurra que estamos informados y la gente nos apreciará. Envidiamos porque creemos que si solo tuviéramos lo que otros tienen, estaríamos contentos. Nos enorgullecemos de nuestros logros porque el orgullo nos asegura que nos sentiremos mejor con nosotros mismos. Pero al fin de cuentas, el pecado nunca cumple sus promesas. En cambio, nos deja insatisfechos y avergonzados. 

Es por eso que la Biblia constantemente desenmascara las falsedades del pecado, advirtiéndonos que siempre que confiemos en algo o alguien aparte de Dios, seremos avergonzados. Una de las instancias más poderosas y dramáticas de esto en toda la Escritura es una historia a menudo pasada por alto narrada en Isaías 20. Contiene una severa advertencia y una dulce promesa para el pueblo de Dios. 

Profeta desnudo 

Es el año 711 A. de C. Asdod, una ciudad en Filistea, ha sido parte de una rebelión de varios años contra la nación de Asiria (una rebelión alentada por Egipto al sur). El profeta Isaías ya advirtió que la rebelión de Filistea fracasará. Y eso es exactamente lo que sucede ahora, de acuerdo con Isaías 20:1. Asdod es capturada por Asiria. Sabemos que el rey de Asdod huyó a Egipto como consecuencia de eso y que, cuando Asiria lo fue a buscar, Egipto no lo protegió. Lo entregó. 

Cuando Asiria destruye Asdod, Dios le habla a Su profeta: «En aquel tiempo el Señor habló por medio de Isaías, hijo de Amoz, diciendo: Ve y quítate el cilicio de tus lomos, y desata las sandalias de tus pies. Así lo hizo, y anduvo desnudo y descalzo» (Isaías 20:2). 

Esta es sin lugar a dudas una de las comisiones proféticas menos deseada jamás recibida. Dios le ordena que se desnude, no en la privacidad de su hogar, sino en público (esa es la implicancia de la palabra «ve» y de la respuesta de Isaías de «andar») y no por poco tiempo, sino por «tres años» (Is. 20:3). Tal vez Isaías se pregunta por qué Dios no le pidió en cambio que hiciera las cosas que a otros profetas se le pedía: edificar un muro de asedio (Ez. 4:1–3), cortarse el pelo con una espada (Ez. 5:1), o cualquier otra cosa. En cualquier caso, Isaías obedece a Dios, aparentemente sin protestar. Él es, después de todo, el «siervo» de Dios (Isaías 20:3). 

Egipto desnudo 

¿Por qué este andar desnudo durante tres años para el profeta de Dios? Para entender lo que está sucediendo, es esencial saber que la desnudez en el mundo antiguo era profundamente vergonzosa (ver la fascinante historia en 2 Samuel 10), a veces asociada con la impotencia, vulnerabilidad y falta de protección. 

De acuerdo con el versículo 3, las acciones extrañas de Isaías han de ser una «señal y símbolo» contra Egipto y Cus (nación africana antigua). Específicamente, la desnudez de Isaías significará vívida e inolvidablemente la futura desnudez vergonzosa de los jóvenes y viejos de Egipto cuando sean llevados cautivos por el rey de Asiria (Is. 20:4). De hecho, es así como sucedió: cuarenta años más tarde, en 671 A. de C., Asiria derrotó a Egipto. 

¿Pero por qué la caída de Asdod en Filistea (vs. 1) lleva a Dios a promulgar una señal de la futura caída de Egipto (vs. 3–4)? Porque Filistea confiaba en Egipto (quien alentaba su rebelión contra Asiria) y porque el pueblo de Judá miraba de cerca para ver si el poderoso Egipto, la última mejor esperanza contra el dominio asirio, vendría por Filistea en tiempos de problemas. La respuesta fue un rotundo no, e Isaías muestra esa realidad no solo con palabras, sino con su propio cuerpo desnudo. 

Dios quiere que Isaías desnudo sea una señal y símbolo «contra Egipto y Cus» (Is. 20:3), pero la vergüenza de Isaías es en realidad una señal para el pueblo de Dios quienes están tentados a confiar en Egipto más que en Dios. Los versículos 5–6 proclaman que todo el que ponga su esperanza en Egipto frente a la amenaza asiria será gravemente defraudado y avergonzado. 

¿Cuánto ama Dios a Su pueblo? De acuerdo con este pasaje, los ama lo suficiente como para advertirles de la vergüenza humillante del pecado de una forma que no pueden ignorar u olvidar. El cuerpo expuesto de Isaías es el medio que Dios usa para exponer las falsas promesas del pecado. El poderoso Egipto pronto estará desnudo y avergonzado, y aquellos que confían en él lo seguirán poco después. Cuando confiamos en lo que no es confiable, nosotros mismos seremos avergonzados. 

Salvador desnudo 

Hay un rayo de esperanza en este sombrío pasaje: el indicio de una dulce promesa en una historia que envía una severa advertencia.  

Considera lo siguiente: para retratar la vergüenza que caerá sobre Egipto y Cus, Dios requiere que Su profeta, Su siervo leal y obediente, experimente la verdadera vergüenza de la desnudez en público. Dios pudo haber elegido a uno de Sus enemigos para ser el símbolo del juicio venidero. Pero, en cambio, elige a Su justo y fiel siervo Isaías. Se podría decir que mientras Isaías camina desnudo ante de sus vecinos, toma sobre él un indicio, una medida, de la vergüenza que luego caerá sobre los enemigos de Dios. 

Ciertamente esto es algo que Dios podría hacer. De hecho, mucho después en la historia, vemos a Dios ir un paso más allá. El siervo perfecto de Dios, Jesús, el Siervo Sufriente de Isaías 52–53 (la palabra «siervo» en Isaías 52–53 es la misma palabra que se usa para identificar a Isaías como el siervo de Dios en Isaías 20), es desnudado y humillado mientras cuelga en una cruz, identificándose con la vergüenza de los enemigos de Dios. 

De hecho, Jesús se identifica tan profundamente con su juicio y vergüenza que realmente la toma sobre sí mismo. Él Sufre no solo como señal del juicio venidero sino como un Sustituto, para que, si los enemigos de Dios creen en Jesús, no tendrán que sufrir ellos mismos.  

Nunca avergonzado 

Puede que las mentiras que te susurra el pecado te estén tentando. Tal vez, aunque conoces la bondad y el poder de Dios, te sientes atraído a encontrar seguridad, comodidad, paz o significado en otro lugar. No lo hagas. El camino lejos de Dios no lleva a nada bueno. El pecado es un estafador. Cuando confiamos en lo que no es confiable, seremos avergonzados. 

¿Qué mejor que confiar en quien soportó la vergüenza por nosotros, sufriendo en nuestro lugar? ¿Qué mejor que gloriarme en Su vergonzoso sufrimiento (Gál. 6:14)?  

Cuando confiamos en Él, nunca seremos avergonzados.