Mi hija adolescente llegó a casa de la escuela contándome de una amiga que se reprochaba a sí misma por comerse una sola galleta Oreo. Su amiga estaba horrorizada de haber permitido que tal basura entrara en su cuerpo. Había arruinado su plan de alimentación limpia (al menos por el día). ¿Qué horrores le haría el azúcar procesada? Mi hija vio las señales de alarma en la respuesta de su amiga, y ahora me miraba con ojos inquisitivos. 

La fijación por la comida se ha convertido en una nueva costumbre en esta nueva sociedad. Ya sea en el último programa popular de repostería, o en la nueva dieta de moda, o siendo un autoproclamado “foodie“, no es un secreto que muchos de nosotros estamos obsesionados con la comida.  

Asheritah Ciuciu describe la fijación por la comida como “la desmesurada preocupación con pensamientos y anhelos por la comida”. Podríamos estar tentados a pensar que alguien obsesionado con la comida es obeso y dado a la glotonería, pero la glotonería (definida como vivir una vida de excesos) también puede manifestarse a través del conteo excesivo de calorías o la obsesión por los alimentos limpios y orgánicos. Ambas dietas exponen el mismo plato principal: el becerro de oro de la idolatría alimentaria. 

Entonces, ¿cómo deben los cristianos pensar acerca de la comida? ¿Cómo equilibramos el ser buenos administradores de nuestros cuerpos sin ser consumidos por una cierta dieta o plan de ejercicio? 

Dios dice que la comida es buena

Dios creó un jardín lleno de frutas deliciosas para el primer hombre y mujer de la tierra (Génesis 1:29). La comida estaba destinada no sólo a nutrir sus cuerpos, sino también para su propio disfrute. Dios creó al hombre con papilas gustativas para deleitarse con la dulzura de una manzana o el sabor intenso de un limón. Mientras nuestros estómagos retumban a cada hora del día, Dios nos recuerda nuestra dependencia de él para nutrir y sostener nuestros cuerpos con comida. 

Y el regalo de la comida física apunta a la máxima fuente de satisfacción que encontramos en Jesús, el pan de vida (Juan 6:35). Ya sea que nos haya proporcionado un filete mignon o una caja de Oreos, 1 Timoteo 4:4-5 nos recuerda, “Porque todo lo creado por Dios es bueno y nada se debe rechazar si se recibe con acción de gracias; porque es santificado mediante la palabra de Dios y la oración“.

El Nuevo Testamento no nos da ninguna regulación específica sobre qué tipo de alimentos podemos consumir. De hecho, en contra de todas las leyes que Dios le había dado a Israel durante cientos de años, Jesús declaró que todos los alimentos eran limpios (Marcos 7:19). Debemos comer lo que Dios provee, lo que sea que Dios provea, con un corazón agradecido, ofreciendo oraciones de agradecimiento a Dios. 

Nuestra motivación para comer, por supuesto, no es nuestra propia comodidad o el alivio del estrés, sino que Dios sea magnificado. “Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). Así es como Dios protege nuestras bocas y gobierna nuestras dietas.

Si podemos comer lo que está delante de nosotros de una manera que magnifique quién él es, y lo que él hizo por nosotros (incluyendo el darnos cuerpos para administrar), entonces podemos disfrutar, con paz y confianza, de la amplia variedad de alimentos que Dios ha dado y bendecido. 

La comida puede dividir el cuerpo

Con demasiada frecuencia, nuestras preferencias alimenticias nos aíslan unos de otros. Tal vez atrapamos a un amigo comiendo una comida congelada pre-empacada o jamones que contienen nitratos, o vemos como abren una bolsa de papas fritas llena de preservantes y grasa. Estamos tentados a permitirnos la auto-justificación alimentaria, pensando que somos mejores personas por comer pan integral con mantequilla de almendras orgánica. 

Nuestro evangelio, sin embargo, no deja espacio para la auto-justificación. Ante Dios, aparte de Cristo, “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Jesús murió en la cruz y sufrió el castigo por nuestro pecado para que no tuviéramos que trabajar por nuestra justicia. Es un regalo gratuito de Dios, no basado en los méritos de nuestro comportamiento, o en nuestras elecciones de comida. Eso no hace que lo que comemos no tenga sentido, pero debería hacernos, entre todas las personas, más humildes acerca de lo que elegimos comer. 

Mientras Pablo escribía sobre los desacuerdos sobre las leyes alimentarias judías en Romanos 14, los principios son igual de relevantes para las controversias sobre la comida limpia y los alimentos orgánicos de hoy en día.  

Uno tiene fe en que puede comer de todo, pero el que es débil solo come legumbres. El que come no menosprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, porque Dios lo ha aceptado. (Romanos 14:2-3) 

 ¿Qué faltaban a esos creyentes? El que guarda cierto día, para el Señor lo guarda; y el que come, para el Señor come, pues da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y da gracias a Dios.” (Romanos 14:6). El gran poder de su deseo compartido de honrar a Cristo, comiendo o absteniéndose, debería haber eliminado todo tipo de hostilidad en sus acalorados desacuerdos sobre la dieta cristiana. No necesitaban ponerse de acuerdo en la comida para disfrutar de una profunda y duradera comunión en Cristo. 

Comunión placentera

Las preferencias alimentarias son sólo eso: preferencias. En una cultura saturada de dinero, restaurantes, opciones de alimentos saludables, y carnes, frutas y verduras de origen local, somos capaces de ser cada vez más exigentes (y orgullosos) en el tipo de alimentos que estamos dispuestos a comer. Aunque poder comer más saludablemente es un privilegio e incluso una buena manera de cuidar la salud, también puede convertirse en un enorme obstáculo para el compañerismo y la hospitalidad. 

¿Sólo comemos con personas que sabemos que se adaptarán a nuestras exigentes dietas? ¿Necesitamos tener los mejores granos de café para disfrutar de la reunión con un amigo?

Nuestro amor por el evangelio debería hacernos más humildes cuando se trata de comida y bebida. Deberíamos poder disfrutar agradecidos de una hamburguesa de un restaurante de cadena, cuando el amor nos llama a comer en restaurantes de cadena, tanto como podríamos disfrutar de una del ganado de la granja local alimentada sólo con pasto. 

El compañerismo en la mesa con otros creyentes puede romperse, o dificultarse significativamente, simplemente por negarse a comer ciertos alimentos.

Por favor, sepan que no me estoy refiriendo a restricciones de alimentos que pongan en peligro la vida o alergias a los alimentos, sino a preferencias elegidas – deseos en lugar de necesidades reales.

Nuestras inclinaciones y preferencias alimentarias quisquillosas pueden aislarnos de disfrutar de las comidas con los que nos rodean. Ya sea que rechacemos una invitación como huésped o evitemos invitar a otros que sabemos que son demandantes, las preferencias alimenticias tienen el potencial de destruir la dulce comunión cristiana. 

La comida fomenta las relaciones

Así como la comida puede dividir a los cristianos, la comida también puede unir a la familia de Dios, incluso trayendo nuevas personas a esta familia. ¿Qué comunidad eclesiástica no tiene una comida o bocadillos para disfrutar? Servir y disfrutar de la comida con otros conlleva una poderosa dinámica de la que somos testigos una y otra vez en la Biblia. 

Jesús cenó con la gente menos popular, recaudadores de impuestos y pecadores, mientras que los fariseos lo acusaron de ser un “glotón y un bebedor de vino” (Mateo 11:19). Jesús proporcionó milagrosamente comida a las hambrientas multitudes que le seguían (Mateo 14:15-21). Escogió el pan y el vino como símbolos para recordar su sacrificio (Lucas 22:14-20). Usó las cenas y los banquetes de boda como imágenes del futuro reino de Dios (Mateo 22:2; Lucas 14:16-24). 

La comida es un buen regalo de Dios, siempre y cuando nosotros no seamos consumidos con nuestras dietas y menús. Compartir una comida con nuestros vecinos o encontrarnos con un amigo para tomar un café proporciona una atmósfera en la que los corazones se comparten sobre una mesa.

Cuando nacen los bebés, o un amigo está enfermo, la comida se entrega para ayudar a aliviar la carga del necesitado. La comida proporciona oportunidades para la divulgación, ya que organizamos reuniones sociales con helados en nuestro patio trasero o repartimos sidra de manzana en Halloween. 

Como cristianos, seamos conocidos como personas que disfrutan de los buenos regalos que Dios nos ha dado, ya sea un filete alimentado con hierba o galletas Oreo. Y usemos la comida que Dios nos ha dado como un medio para mostrar hospitalidad, para alcanzar a los perdidos, y para compartir el generoso amor de