El sumo horror del más mínimo pecado

[dropcap]T[/dropcap]al vez hayas oído decir que todo pecado es igual. Hay quienes argumentan que en realidad no existen los pecados grandes y los pecados pequeños, no hay distinción entre actos de depravación y meros pecadillos. Esa postura es fácil de responder: la Biblia a menudo distingue entre diversos grados de pecado, de modo que algunos se consideran más graves que otros. Después de todo, la ley del Antiguo Testamento disponía castigos muy distintos para diferentes pecados. Más tarde, Jesús distinguió entre adulterio y una mirada lujuriosa, o entre la ira y el homicidio. Pero eso no significa que los pecados menores sean insignificantes y que no manifiesten la depravación humana de forma especial. Los pecados pequeños revelan que estamos dispuestos a rebelarnos contra Dios aun en los asuntos más ínfimos.

Quiero plantear una analogía desde la paternidad. Como padres, a veces les pedimos a nuestros hijos que asuman grandes tareas y a veces les pedimos que hagan pequeños quehaceres. Mi experiencia de paternidad me dice que los niños son tan propensos a expresar rebelión en las cosas pequeñas como en las grandes. En cierta forma yo entendería si mi hijo se quejara cuando le pidiera que pinte toda la casa. Pero pedirle que saque la basura, una tarea menor que no le tomará más de dos minutos, es igualmente probable que cause gestos de desagrado y palabras quejumbrosas. Realmente no hay una buena razón para quejarse por algo tan mínimo, ¿verdad? Solo lo hace para dejar claro que no quiere obedecer. Esta reacción ante una solicitud tan pequeña demuestra que él está en un estado de rebelión contra sus padres. Y esa rebelión se extiende hasta la máxima expresión. No hay asunto demasiado ínfimo para que se rebele en su contra.

La Biblia nos asegura que, como seres humanos, todos estamos en un estado de rebelión contra Dios. Aun los que hemos sido salvados por gracia mediante la fe nos hallamos desgarrados entre lealtades en competencia; aunque estamos comprometidos con Dios, todavía estamos comprometidos con la carne.  Nos sometemos a Dios pero aún nos rebelamos contra Dios. Somos santos y pecadores a la vez. Nuestra pecaminosidad se expresa no solo en nuestro deseo de romper las mayores reglas de Dios sino en nuestra disposición a romper aun las menores. Y este es el sumo horror de los más mínimos pecados. Ellos demuestran que nuestro corazón es tan terriblemente malvado que no hay ámbito de la vida donde no expresemos nuestra rebelión contra Dios.

Nuestra discusión de pecados grandes y pecados pequeños tiende a girar en torno al hecho de que no todos los pecados son iguales y que algunos son más grandes que otros. Esto es cierto y es una discusión que merece la pena, pero no perdamos de vista el hecho de que los pecados pequeños revelan la inmensa extensión de nuestra rebelión contra Dios de una forma que aun los grandes pecados no lo hacen. Ellos muestran que ningún asunto es demasiado pequeño para perderse la oportunidad de quejarse contra Dios.

 

(Gracias a mi amiga Amy por pasar una mañana escribiendo por mí, incluyendo este artículo).