La adultez es la etapa más larga de la vida—unos cuarenta a cincuenta años. Al llegar a esta etapa, hay la expectativa que el crecimiento y desarrollo de las etapas anteriores haya resultado en una persona que puede asumir responsabilidades y hacer una contribución a la sociedad.

La iglesia también tiene expectativas del adulto. Espera que tomen puestos de liderazgo,
participen en los ministerios y que den sus ofrendas. Es importante que los adultos asuman estas responsabilidades. Pero, ellos necesitan que la iglesia siga cumpliendo un papel en sus vidas, animándoles en su camino a la madurez espiritual. Apoyarles incluye la enseñanza de la Palabra, algo que discutimos a continuación.

Entendiendo a los adultos

Ser adulto es una etapa distinta a las etapas anteriores. No existen los cambios de crecimiento y desarrollo tan llamativos en los niños y jóvenes. Por ejemplo, el tío que no has visto en cinco años parece igualito a la última vez que lo visite. Esto es debido a que el adulto ha llegado al tope de su desarrollo. Solamente en los adultos mayores, al comenzar el decaimiento, se notan otra vez cambios en su estado físico y cognoscitivo.

El desarrollo no resalta en la vida de un adulto. Ahora hay un nuevo enfoque: cinco días de la semana hay que levantarse para ir a trabajar, criar a los hijos requiere tiempo y esfuerzo, el auto se malogra y hay que buscar cómo arreglarlo, los padres se envejecen y necesitan el apoyo de sus hijos. Las responsabilidades de la vida, complicada con las dificultades, son la nueva realidad para el adulto.

Con tiempo, el peso de la vida impacta la perspectiva de un adulto. Como joven, sonaba de
conquistar el mundo; ahora se preocupa por sobrevivir la semana. En vez de grandes visiones para el futuro, su enfoque es buscar soluciones para los retos que se presenten. El adulto se vuelve menos filosófico y más pragmático.

Otra realidad es que la vida de un adulto termina siendo una rutina. Lunes a viernes se levanta a la misma hora para ir a trabajar. De costumbre, va a la iglesia cada domingo. Sin duda, la rutina le ayuda a manejar las responsabilidades de la vida. Pero, existe la posibilidad de llegar a sentirse cómodo con la rutina y resistir cambios. Lamentablemente, lo mismo puede pasar con la vida espiritual. Con el paso de los años, el adulto puede caer en una “rutina espiritual” en la cual se siente cómodo con su relación con Dios y no hay deseo de seguir creciendo.

Enseñando a los adultos

Dado la realidad que enfrenta a los adultos, ¿Cuál debe ser el enfoque de nuestras lecciones de escuela dominical o estudios bíblicos? Debemos recordar que son asuntos prácticos que ocupan su atención: los retos en el trabajo, las responsabilidades con la familia y las dificultades y atrasos de la vida. Es importante demonstrar que la Palabra de Dios habla a su realidad.

Pero, aquí tenemos una pequeña advertencia. Por querer ser relevantes, los maestros de adultos pueden caer en la tendencia de enfocar exclusivamente en las “necesidades sentidas” de la clase. El resultado es dejar por un lado temas teológicos o pasajes bíblicos que parecen no tener una aplicación inmediata a la vida. El peligro, al hacer esto, es limitar el conocimiento bíblico de nuestros alumnos que terminaría en una madurez espiritual incompleta.

La meta es que nuestros alumnos enfrenten las circunstancias de la vida con una perspectiva bíblica. Esto requiere un conocimiento profundo de la Palabra. El reto para el maestro es enseñar todo el consejo de la Palabra de Dios, en combinación con aplicaciones concretas a la vida. El apóstol Pablo nos haría recordar que “toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

Notamos el peligro que los adultos caigan en una rutina espiritual en su caminar con Dios.
Arrestar esta tendencia requiere enseñanza que presenta un cuadro completo de la vida cristiana. Por ejemplo, resaltar las bendiciones espirituales que son nuestras en Cristo (Efesios 1:3), sin ignorar el reto de “vivir de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados” (Efesios 4:1). Afirmar nuestra posición en Cristo, en combinación con la responsabilidad de vivir en base a ella.

Decidir qué enseñar es importante; planear cómo enseñarlo es de igual importancia. Por bien pensado que sea el tema, puede ser que la lección no impacte a los alumnos porque su presentación no facilita al aprendizaje. El principio fundamental de la enseñanza es: más
participación, más aprendizaje. Involucrar a los alumnos aumenta lo que aprenden de la lección. Por ejemplo, los adultos aprenden mejor cuando discuten el significado de un pasaje, a diferencia de cuando solamente escuchan al maestro exponerlo.

Muchos nos hemos acostumbrado al uso del método de conferencia. Sentimos tener más control al dar la lección sin mucha participación de los alumnos. Hay temor de perder el enfoque al involucrar a la clase. ¿Vale la pena correr este riesgo? Si los alumnos aprenden mejor, la respuesta es “sí”. La prioridad tiene que ser el aprendizaje de la clase, aunque signifique salir de mi zona de confort como maestro.

Habiendo resaltado la importancia de involucrar a los alumnos, debemos hacer una clarificación. Hacer preguntas y estar atento a los comentarios de la clase requiere más tiempo que solamente exponer el pasaje uno mismo. Por el tiempo limitado de la clase, no sería posible tener una discusión extensa de cada punto de la lección. Entonces, la recomendación sería enfocar la participación de la clase en el punto principal o enfoque de la lección. El siguiente gráfico ilustra este formato de la clase.

Participación no solamente aumenta el aprendizaje de la clase, puede también enriquecer la enseñanza del maestro. Es posible que alguien en la clase haya tenido una experiencia que ilustra la lección, o que tenga una observación importante basada en su conocimiento de la Palabra. No pedir la participación de los alumnos es correr el riesgo de perder una bendición para la clase.  Una vez estuve enseñando una serie de lecciones de Colosenses. Al comienzo de una lección, un hermano hizo un resumen tan preciso del libro de Colosenses que hubiera sido posible terminar la clase allí mismo, sin seguir con lo que yo había planeado.

Conclusión

Esperamos que los adultos den de su tiempo y ofrendas para la iglesia. Es importante que lo hagan. Pero, además de involucrarse en el ministerio, los adultos también necesitan recibir una enseñanza que les rete a seguir creciendo en su relación con el Señor Jesús. El camino a la madurez espiritual no ha terminado para ninguno de nosotros.