Esta extraña temporada social se siente como el peor y el mejor de los tiempos. Muchos de nosotros nos sentimos desestabilizados, distraídos y confundidos. ¿Nuestros rituales y rutinas? Interrumpidos. ¿Cosas que damos por sentado? Quitadas. ¿Sensación general de que todo estará bien? Conmovidos. ¿Nuestros planes futuros? Un desastre.

Pero si esa es la parte difícil de este tiempo, la buena es esta: muchos de nosotros estamos hambrientos de la Palabra de Dios: un desarrollo bueno e inusual . Muy a menudo en las épocas normales las ovejas se distraen, dejamos que nuestra carne nos aleje de Dios, estamos tentados a entretenernos hasta la muerte y tenemos poco celo por las cosas de Dios y mucho por las terrenales. Ahora, sin embargo, estamos en una nueva normalidad debido al Coronavirus. Olvídense de tomar vacaciones en lugares lejanos. La mayoría de nosotros no estamos seguros si debemos siquiera recoger la comida McDonald’s para los niños.

En términos normales esto no es divertido, pero incluso, cuando la providencia divina ha llevado a la reducción de nuestras vidas, muchos de nosotros tenemos un feroz apetito por la verdad de la Biblia. No se trata de una virtud impulsada por nosotros mismos, sino de la comprensión de que no podemos cumplir el papel de Dios. Ya lo sabemos, pero nos enfrentamos a ello constantemente al leer un titular aterrador tras otro, hojear una publicación estresante en Facebook tras otra, recibir un mensaje texto aterrador tras otro. En tales circunstancias, muchos estamos llegando a la adoración congregacional de forma virtual en un estado cercano a la desesperación. No tenemos nada en nosotros mismos. No somos autosuficientes. No somos autosuficientes.

En cada molécula de nuestro existir, necesitamos a Cristo.

Predicar es una gran necesidad hoy en día pero nos han dicho que está pasada de moda y que necesita ser modificada. Ahora, el argumento es que la gente no tiene la “capacidad de prestarle atención.” Es verdad que nuestra sociedad está orientada a la distracción y nos ha afectado a todos. Sin embargo, predicar no está pasado de moda y se podría argumentar que el “tiempo de atención” promedio rara vez ha sido más fuerte. La gente ve regularmente películas de superhéroes de tres horas. Escuchamos a los gurús hablar de la comida sana hora tras hora en los podcasts. Vemos eventos deportivos que llegan a un cuarto del día en tiempo total de visualización, cuatro o cinco horas si el juego se prolonga. Toda la familia pegada a la pantalla todo el juego y la atención se mantiene firme valientemente.

No, la época del audio y de la escucha no han terminado. La época de ver y escuchar va cuesta arriba. La gente hoy sintoniza el contenido como nunca antes. Cuán cierto es, por cierto, ahora cuando tantos feligreses tienen tiempo para varias cosas. Hot no es el momento para dejar de predicar. Antes bien, es momento de predicar como nunca antes. Esto no significa que debamos predicar sin parar. Todos debemos tener cuidado y conocer nuestra propia fuerza y talentos en el púlpito. Idealmente, lo sermones no deben sentirse como un agotador maratón sino como una caminata refrescante, estética y viva por las montañas nubladas.

Habiendo dicho esto, predica la verdad. No nos des pequeños homilettes de leche, ni pocas palabras de consuelo tranquilizador, ni “pensamientos” tentativos de algún pasaje ya que no necesitamos esas cosas. En cambio, necesitamos una predicación que nos prepare para enfrentarnos a Dios, para ir a Goliat, para enfrentarnos solos a un imperio malvado, para caminar por el valle de sombra, para compartir de Cristo desde la horca con un lazo atado al cuello. Necesitamos menos de la predicación que no hiere los sentimientos y más de aquella que levanta a Lázaro.

Hay predicadores de todas las formas y estilos pero necesitamos una predicación sobrenatural.. El cristianismo de hoy corre el peligro de volverse demasiado manso, suave, inofensivo y débil.  Necesitamos pastores como Apolo. Necesitamos hombres que sean “poderosos” en las Escrituras y que “refuten poderosamente” las mentiras y falsedades y las doctrinas poco sólidas que amenazan a las ovejas (Hechos 18:24, 28).

Necesitamos una poderosa demostración espiritual en el púlpito cada semana (1 Corintios 2:4). Esto no quiere decir una fiesta de gritos de máxima agresión personal sino una proclamación de la verdad divina a través de un hombre que no es fuerte en sí mismo sino en Dios (Romanos 8:37). Este hombre, habitado por el Espíritu y ministrando en unión viva con Cristo es fuerte -con todos los ancianos- para ministrar la gracia, fuerte para desafiar el pecado, fuerte para ofrecer misericordia a los que luchan, fuerte para lamentar, fuerte para declarar todo el consejo de Dios.

Predicador, cuando llegue el domingo, da clic en “Transmitir en vivo” y enciéndelo. Hasta que nos podamos reunir físicamente como un cuerpo, pon la verdad de Dios en cada plataforma que el hombre conozca. No vaciles ni te sientas tímido. Con valentía y celo, predica la Escritura. Llama a la iglesia a una fe fresca y a los perdidos al arrepentimiento. Tenemos hambre y no hay comida en este mundo que pueda satisfacer nuestras almas (Hebreos 5:11-14). Estamos necesitados. Eres el hombre para esta época y esto no es un simulacro.

Por la gracia de Dios, aliméntanos.