¿Es Cristo suficiente para reconciliar a cualquier persona? Nate Pickowiz 

Mientras el pecado ha existido, también han existido el deseo de degradar, disminuir y devaluar a otros. En nuestra pecaminosidad y depravación, actuamos con odio hacia los demás.  La Biblia enseña que los seres humanos están hechos a la imagen y semejanza de Dios (Gen 1:26-27), lo cual significa que, de cierta forma, Dios nos ha hecho como Él y para que seamos su imagen representativa sobre la tierra. Por lo tanto, es Dios quien le da un valor a los seres humanos y cada persona tiene el honor y dignidad dados por Dios.  

Por tanto, todo acto de odio hacia los demás en un ataque contra la imagen de Dios. Aunque la Biblia enseña que todos somos una misma raza e incluso una familia (Gén. 10:1), eliminamos injustamente esa verdad con y creemos la mentira de que otras personas valen menos que nosotros. 

Hoy en día escuchamos mucho sobre la reconciliación y en la discusión cristiana sobre la justicia social se han planteado varias ideas sobre la reconciliación racial. ¿Cómo buscamos la reconciliación? El mundo, apartado de Cristo, solamente logrará una pequeña unidad a causa de la gracia común de Dios pero para los cristianos, hay una amorosa unidad que va más allá de la ropa y la piel: la unidad pagada por la sangre de Jesucristo.  

Redimidos en Cristo

En su carta a los colosenses, el apóstol Pablo se opone a una serie de falsas enseñanzas en la iglesia, principalmente, devaluar a Jesucristo como Dios y Salvador. Cargada por el legalismo judío, la filosofía mundana y el misticismo pagano, la iglesia se estaba doblegando bajo el peso de la falsa religión y corría el riesgo de caer en la falta de unión e incluso en la apostasía. 

En los dos primeros capítulos de la carta, Pablo exalta a Cristo, quien había sido destronado de los corazones y mentes de la gente, y lo exalta sobre todo sistema falso de religión causando estragos en la iglesia. Habiendo sido rescatado de su anterior vida pecaminosa, el apóstol Pablo hace notar que “Dios nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado, en quien tenemos redención: el perdón de los pecados” (Col 1:13-14). En Cristo, nuestro viejo hombre se ha ido, el registro de nuestra deuda por el pecado es cancelado, y clavado en la cruz de Cristo (2:13-14). En la regeneración del creyente, hay una renovación de la imago Dei, enraizada en el verdadero conocimiento de Dios (3:10).  

Como nuevas creaciones (2 Cor 5:17), somos puestos en la iglesia: un cuerpo de creyentes redimidos y unidos y un cuadro de la  humanidad regenerada que se remonta al Edén pero que todavía está desfigurada por la Caída. En la época actual, experimentamos una pequeña medida de esta renovación aunque en la época venidera seremos partícipes de una renovación total de la humanidad en los nuevos cielos y la nueva tierra. Esta renovación, aunque sólo es un microcosmos de lo que está por venir,  está destinada a tener un impacto en nuestra vida presente, gobernando nuestra conducta moral y haciendo que nos despojemos de las obras de nuestro viejo hombre (3:8-9) y vistiéndonos de las obras del nuevo hombre (3:10-17).     

Unidos por la fe

Hablando sobre la renovación espiritual, Pablo es pronto a notar la realidad de la igualdad dentro del cuerpo de Cristo. Al poner sus mentes en las cosas celestiales (3:1-2), los creyentes son exhortados a ver toda su vida y también a los demás a la luz de cómo serán en el cielo. En el versículo 11, Pablo nota la ausencia de la distinción terrenal entre los creyentes en la renovación celestial que está por venir. 

Nacional/Étnica 

El apóstol Pablo señala primeramente que no hay judíos ni griegos. En el Antiguo Testamento, Dios había ordenado que Israel se apartara a la santidad para no adoptar elementos de la cultura pagana. Pero para el tiempo de Jesús, los judíos consideraban que todos los no judíos (gentiles y griegos) eran inmundos e intocables. Aunque estaban en lo correcto al rechazar elementos paganos, los mismos gentiles no eran intrínsecamente insalvables. Cuando Cristo vino, ofreció el evangelio a todos los pueblos – “al judío primeramente, y también al griego” (Rom. 1, 16; 10, 12). Independientemente del  bagaje,  nacionalidad o etnia de una persona, ningún grupo de personas está por encima de la salvación. 

Ceremonial

 Luego, el apóstol Pablo nota la ausencia de distinción entre aquellos que estaban ceremonialmente “circuncisos o incircuncisos”. En el pacto con Moisés, todos los hombres judíos les era requerido circuncidarse. Sin embargo, para aquellos que venían a Cristo en el Nuevo Pacto, este requerimiento se elimina. Ningún ritual religioso, observancia o ceremonia debe ser practicada para ser salvo por la sangre de Jesucristo.  

Cultural 

Si los judíos batallaron al principio para aceptar a los gentiles incircuncisos, ¿por quién lucharon los gentiles para aceptar? La respuesta es a “los bárbaros y a los escitas”. En un momento en que la cultura grecorromana abrazaba la sofisticación y el civismo, los que vivían en las afueras de la sociedad eran objeto de burla. Los “bárbaros” constituían gente de clase baja, incivilizados e incultos. Además, lo peor de lo peor eran los escitas, un grupo salvaje de nómadas conocidos por atacar y saquear a los pueblos desprevenidos. Los griegos pensaban en los escitas de la misma manera que la mayoría de los occidentales piensan en los terroristas yihadistas. Pero incluso aquellos que la sociedad considera lo peor de lo peor no están todavía más allá del amor redentor de Cristo. 

Social 

El último grupo que aparece en Colosenses 3:11 es aquellos de ciertas clases sociales o económicas. En el primer siglo, aproximadamente un tercio de todas las personas que vivían en el Imperio Romano eran esclavos: un grupo de clase trabajadora de individuos sin derechos ni privilegios. El resto de los ciudadanos romanos eran considerados “hombres libres“. Cuando el Evangelio se difundió, tanto los esclavos como los libres respondieron a la fe y la iglesia primitiva se convirtió en un conjunto de creyentes de todas las clases sociales. De hecho, Pablo incluso instruye a la iglesia sobre cómo tratarse unos a otros a la luz de estas relaciones (Colosenses 3:22-4:1; cf. Filipenses 1-25; Efesios 6:5-9). Independientemente de la posición social, no hay distinción entre hermanos y hermanas en Jesucristo.

Sexo/Género 

Otro grupo que el apóstol Pablo no menciona en Colosenses es mencionado en Gálatas 3:28 los hombres y mujeres. Al ser los roles de genero definidos por Dios, no hay jerarquía entre ambos sexos en el ámbito de la salvación. Tanto hombres como mujeres tienen igual valor ante Dios y son coherederos de su reino en Cristo. 

Aunque Dios ha creado a los seres humanos para que sean únicos en su propia manera, ha reunido a todos los creyentes en la unidad. ¿Qué es lo que nos une a todos? ¿Qué es lo que rompe todas las barreras y muros divisorios? No es otro más que Jesucristo. 

Cristo es todo 

El apóstol Pablo concluye su discurso sobre la unidad en el cuerpo de Cristo con “Cristo es todo y en todos”. De entrada, pareciera una declaración oscura e incluso panteísta pero cuando lo leemos a la luz de las Escrituras, el mensaje se hace más claro.  

El pináculo de la carta del apóstol Pablo aparece en el capitulo 11, versículos 15 al 20. Conocidos como “El Himno de la Encarnación”, el apóstol exalta magistralmente la supremacía y majestad de Jesucristo en unas pocas oraciones. Al leer el párrafo, una cosa se hace profundamente clara: Cristo es todopoderoso, todo-suficiente, totalmente supremo, Dios verdadero y Rey soberano. En los versículos 16-17, podemos ver el poder sustentador de Cristo sobre toda la creación, seguido por su liderazgo sobre la iglesia. 

Luego, Pablo señala que Cristo reconcilió todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz” (v. 20). Cristo no es solamente suficiente para unir todo el orden creado, sino que también es suficiente para unir a cada creyente cristiano y a través del ministerio regenerador, morador y transformador del Espíritu Santo, Cristo se ha colocado a sí mismo en todos los creyentes (cf. Juan 15:1-17, 17:20-26; Gálatas 2:20).  

Mientras que muchos dirían que la reconciliación viene a través de esfuerzos hechos por el hombre, la Biblia proclama que la verdadera reconciliación existe en aquellos que han sido primeramente reconciliados con Dios, y por lo tanto, unos con otros en Cristo.  Como escribió John MacArthur, “No hay lugar para barreras hechas por el hombre en la iglesia, ya que Cristo es todo, y en todo. Debido a que Cristo habita en todos los creyentes, todos son iguales. Él rompe todas las barreras raciales, religiosas, culturales y sociales, y hace a los creyentes un hombre nuevo (Ef. 2:15)”[2]. 

En resumen, Cristo es suficiente.