En el pasado la iglesia ha estado bien atendida por pastores que ministraron sin entrenamiento formal en un seminario. John Bunyan, Charles Spurgeon y Martyn Lloyd-Jones son ejemplos sobresalientes de hombres que tuvieron ministerios importantes y duraderos a pesar de que nunca asistieron al seminario. No es extraño entonces que a menudo surja la pregunta: ¿es realmente necesario el seminario? ¿Podría ser mejor pasar directo al ministerio en lugar de ocupar tanto tiempo y esfuerzo en prepararse para el ministerio? 

Jason K. Allen proporciona una respuesta en su libro Discerning Your Call to Ministry (Discernir tu llamado al ministerio), pero no lo hace sin admitir su parcialidad. Después de todo, él es el presidente del Midwestern Baptist Theological Seminary, una institución que existe con el fin de capacitar a hombres para el ministerio. No obstante, él provee una respuesta útil: el seminario no es necesario, pero es aconsejable. Acompañémoslo y veamos cómo desarrolla esta respuesta. 

En 2 Timoteo 2:15 Pablo le dice a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad”. Allen dice que la “exhortación de Pablo resuena a través de las épocas, desafiando a cada generación de ministros del evangelio a estar preparados al máximo para el servicio ministerial”.  

A la iglesia no le sirven mucho los “amateurs” ministeriales. Los amateurs no son necesariamente los que no tienen grados académicos o capacitación formal, sino hombres que carecen de “conocimiento básico, un conjunto de habilidades y experiencia para una tarea específica, en este caso, el ministerio cristiano”. Un hombre con un sin número de títulos puede ser un real amateur mientras que un hombre sin ninguna credencial puede ser un fiel ministro del evangelio. No obstante, casi en todos los casos, un hombre se beneficiará enormemente de recibir una educación teológica formal. Allen presenta cuatro razones por las que esto sigue siendo verdad, y puede ser especialmente cierto en el tiempo presente. 

La complejidad de nuestro tiempo

Si bien cada generación de cristianos enfrenta desafíos únicos en su tiempo, “nuestra generación trae un bagaje único. No es que el siglo XXI sea más caído o sea más secular que los siglos anteriores, pero puede ser más complejo”. Hay nuevas interrogantes de ética y moralidad, existen “ramificaciones del pecado terriblemente complejas”, y una elite cultural obstinadamente comprometida con debilitar a los cristianos y su cosmovisión. Frente a tales desafíos, “los perdidos necesitan algo más que respuestas superficiales por parte de ministros mal capacitados. Necesitan ministros preparados para presentar el total complemento de la verdad cristiana de una forma atractiva, bien pensada y convincente”. Este total complemento de la verdad cristiana es el currículum central de cualquier seminario que valga la pena.  

La centralidad de la enseñanza de las Escrituras

La iglesia no tiene una mayor necesidad que la enseñanza competente de la Biblia, y por tal motivo el ministro no tiene mayor responsabilidad que la de enseñar la Palabra de Dios. Esta tarea requiere “una mente renovada e informada. Sencillamente no hay cabida en el ministerio para la exégesis torpe, la mala interpretación, o los sermones superficiales. Se puede ser un fiel ministro sin un título de seminario, pero no se puede ser un fiel ministro sin un buen conocimiento de la Biblia”. ¿El seminario es el único medio de aprender a “interpretar bien la Palabra”? No, pero ciertamente es un medio efectivo y comprobado. 

Las consecuencias del ministerio 

“Hay una alarmante correlación inversa entre la seriedad de la tarea ministerial y la ligereza con la que se suele abordar”. Insistimos en profesionales capacitados para atender a nuestros hijos, nuestros cuerpos, nuestros perros, e incluso nuestros autos. Sin embargo, nos conformamos con niveles muy bajos de preparación cuando se trata del cuidado de nuestra alma. Ningún ministro debería conformarse con permanecer amateur en su ministerio. “Satanás se toma en serio su llamado; los ministros deben tomarse en serio el suyo. El ministerio tiene demasiada trascendencia como para tomarlo a la ligera”. ¿Se necesita seminario para esto? No, por supuesto que no. ¿Es aconsejable? Probablemente sí. 

La prioridad de la Gran Comisión

Todos los ministros deben proclamar el evangelio promoviendo la Gran Comisión, y esto requiere “una gran carga por los perdidos, una pasión por la gloria de Dios en la salvación de los pecadores, y una mente preparada para razonar, enseñar y presentar convincentemente el evangelio”. Aunque a menudo pensamos que la evangelización requiere en primer lugar pasión, también requiere conocimiento. Este es precisamente el conocimiento que se adquiere en la educación de seminario, conocimiento que puede encender esa pasión. 

Nuestros tiempos son complejos, la iglesia necesita con urgencia hombres que enseñen hábilmente la Palabra; el ministerio es demasiado trascendente para admitir amateurs, y el desarrollo de la Gran Comisión requiere hombres que tengan pasión apoyada en un profundo conocimiento. ¿Es necesario el seminario para un hombre llamado al ministerio? No, dice Allen, pero es aconsejable. No puedo discrepar, y si tuviera que vivir mi vida de nuevo, ciertamente tomaría ese tipo de educación. A menudo siento y lamento esta carencia. 

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Challies.com.