¿Está bien el estar enojado con Dios sobre las cosas difíciles?

A veces buscamos legitimar el enojarnos con Dios, y debemos comenzar corrigiendo eso. Existe una diferencia entre el estar desilusionado, desalentado y aun depresivo por una mala situación, y estar enojado con Dios al respecto. El estar enojado es acusar a Dios diciendo, “es tu culpa.” Y acusar a Dios es un callejón sin salida, porque nos alejamos de nuestra mayor fuente de consuelo.

¿Qué hay de malo con el mundo?

Si Dios es quien las Escrituras dicen que Él es, entonces ¿es Él en realidad culpable por todas las cosas malas que ocurren en este mundo, y específicamente en mi vida? Pienso que la respuesta es no, no lo es.

¿Existe una base bíblica para justificar el estar enojado con Dios? El sentir emociones fuertes sobre una situación es entendible, y ciertamente las emociones por sí solas no son malas. Pienso que es valioso el confesar honestamente a Dios nuestros sentimientos de dolor, rencor, y enojo. Sin embargo, debemos dirigir nuestras emociones (incluyendo la culpa) hacia el objeto apropiado de nuestra tristeza, nuestra desilusión y nuestro desánimo.

Necesitamos recordar de quién es la culpa del pecado. Todo el sufrimiento que existe en el mundo es el resultado directo o indirecto del pecado. En Juan 9:2-3, los discípulos de Jesús le preguntaron, “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego? Jesús respondió: Ni éste pecó, ni sus padres, sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él”.

Él dijo que no fue un pecado específico. Si alguien tiene cáncer, no significa necesariamente que ellos cometieron un pecado particular y ahora están siendo castigados por Dios. Pero por lo general, el dolor y el sufrimiento en este mundo es el resultado del pecado, y parte de la caída y la maldición. La paga del pecado es muerte (Rom. 6:23).

Somos parte de una raza pecaminosa. No solamente Adán y Eva, o “personas terribles” como Hitler, Mao Zedong o Pol Pot, pecadores. Son personas como tú y yo quienes somos pecadores.

En mis libros “The Goodness of God” e “If God Is Good”, comparto una historia sobre G.K. Chesterton, quien junto a otras personas prominentes se le pidió por el London Times responder a la pregunta “¿Qué hay de malo con el mundo?” El suyo fue quizás el ensayo más corto de la historia: “Queridos Señores: Yo soy. Atentamente suyos, G.K. Chesterton”. ¿Qué hay de malo con el mundo? Yo soy. Esa es una verdad bíblica. Somos todos parte del problema.
Ann Voskamp escribe:

Miramos y nos hinchamos con el dolor de un planeta golpeado y quebrantado, lo que atribuimos a la labor negligente de un Creador indiferente (si es que acaso creemos que exista uno). ¿Alguna vez pensamos en este lugar destrozado como la obra de nosotros, ingratos e insatisfechos, que lo apuñalamos todo con una mordida?

Es el pecado –a veces no es nuestro pecado, pero el de otro– que ha resultado en cosas malas en la vida. Cuando los desastres naturales matan a la gente, cuando el cáncer destroza a un ser querido, en vez de enojarnos con Dios, debemos sentir enojo hacia el pecado que yace en la raíz de todo sufrimiento.

El remedio definitivo

Para el cristiano, el remedio definitivo para nuestros sentimientos de enojo y dolor es afirmar la bondad, soberanía y el poder de Dios. Debemos acudir a Romanos 8:28, que dice, “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito”. Esto es parte de la palabra inspirada por Dios, tan real como Juan 3:16.

Claro, en este lado de la eternidad, a menudo no entendemos por qué Dios permite cosas difíciles en nuestras vidas que Él podría prevenir. Pero el consuelo que me da Romanos 8:28 es éste: Puedo ver la peor cosa que me ha pasado y decir, “Soy un hijo de Dios. Dios me promete que, de alguna manera, Él va a usar esta situación muy mala y horrorosa para bien en mi vida”. Podemos estar seguros que cualquier dificultad que Él haya permitido en nuestras vías ha sido filtrada por el Padre a través de sus dedos de sabiduría y amor. Ese es el definitivo dador de perspectiva.

¿Esto requiere fe? Absolutamente. Pero es real.

Lo podemos ver en varios lugares en las Escrituras, incluyendo la vida de Job. También lo vemos profundamente en la vida de José. En Génesis 45 él les dice a sus hermanos, “No os entristezcáis”. Ahora, ellos hicieron una cosa verdaderamente horrorosa al haberlo traicionado y vendido a la esclavitud, probablemente a la temprana edad de 13 o 14 años.

Una vez que José confronta a sus hermanos con su identidad, él les dice que no se enojen con ellos mismos por lo que hicieron porque en realidad fue el Dios soberano quien lo mandó a Egipto. Un día, siendo la mano derecha del Faraón, él salvaría innumerables vidas (no solamente los egipcios, sino también su propia familia—la raza de donde el Mesías iba a venir). Más adelante sus hermanos piensan, “Ahora él nos va a matar. No hay manera de que nos perdone”. ¡Pero si lo hace! Su perdón se basa en la perspectiva que él comparte en Génesis 50:20. “Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente” (énfasis añadido). Si Dios hizo eso en la vida de José, indudablemente lo hace en la tuya.

Jesús es el ejemplo definitivo de Dios sacando lo bueno de lo malo. Lo peor cosa que ha ocurrido en la historia de la humanidad ocurrió en un día que llamamos viernes santo. ¿Por qué no le llamamos “viernes maldito”? Porque vemos que Dios sacó la mayor bondad del universo de la pero cosa que jamás ocurrió. Si Dios puede hacer eso en la vida de José y en la vida de Jesús, ¿puede hacerlo en la de nosotros? ¡Romanos 8:28 dice sí! ¿Vamos a creerlo?

Cuando el enojo provoca enojo

No nos debe ninguna disculpa

Dios es la fuente de toda bondad y el estándar por el cual se mide la bondad. Puede que no nos guste lo que Dios haga, pero no estamos en posición de acusarlo de maldad. Todo respiro que Él nos da –a nosotros que merecemos la muerte inmediata y eterna– es un regalo.

En su artículo “It is Never Right to Be Angry with God”, John Piper escribe,

El enojo al pecado es bueno (Mar. 3:5), pero el enojo hacia la bondad es pecado. Es por eso por lo que nunca es correcto estar enojado con Dios. Él el siempre y solamente bondadoso, no importa cuán extraños y dolorosos sean sus tratos con nosotros. El enojo contra Dios significa que Él es malo, o débil, o cruel, o insensato. Ninguna de esas cosas son verdad, y todas le deshonran. Por lo tanto, nunca es correcto estar enojado con Dios. Cuando Jonás y Job estuvieron enojados con Dios, Jonás fue reprendido por Dios (Jon. 4:9) y Job se arrepintió en polvo y ceniza (Job 42:6).

Dios no nos debe ninguna disculpa; nosotros le debemos muchas. Si estas esperando a que Dios diga lo siento por la dificultad que has pasado en la vida, entonces no aguantes la respiración.

Pero si, por otro lado, deseas escucharlo decir que se preocupa por ti, y que simpatiza contigo por el dolor que has tenido que soportar, si estas oprimido y quebrantado de corazón, escucha lo que Él le dice a Su pueblo:

Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen (Sal. 103:13).

¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré. He aquí, en las palmas de mis manos, te he grabado; tus muros están constantemente delante de mí. (Isa. 49:15-16)

El Salmo 13 comienza, “¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?” Y acaba, “Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en tu salvación. Cantaré al Señor, porque me ha colmado de bienes” (versos 5-6). David transcurre una amplia distancia en tan solo tres versos (2-4). Al igual que él, podemos sentir el dolor de los primeros cuatro versos del Salmo 13, mientras que afirmamos las verdades de los dos últimos versos.

Que nosotros también evitemos la amargura del enojo hacia Dios y en su lugar le brindemos el regalo de nuestra confianza.