Involucrándome en la vida de mi adolescente

Recuerdo las muchas ocasiones en que le dije a mi esposo que me aterrorizaba pensar en la adolescencia de nuestros hijos. Yo fantaseaba con pasar de los 12 años a los 20, sin escala. Supongo que en gran parte se debía a las historias que escuchaba y veía a nuestro alrededor. También le puedo sumar mis propios recuerdos y las cosas de aquellos años que hoy, si tuviera la oportunidad, cambiaría. Pero, ya que el tiempo no se detiene y los hijos inevitablemente crecen, ¡llegamos a la adolescencia!

Creo que antes de seguir debo dejar claro algo: todavía estamos viviendo esa etapa. Así que no puedo hablar como alguien que ya se graduó con lauros en la escuela de la crianza de los hijos ni tampoco como el que desaprobó los exámenes. Estoy en el medio del curso y es desde ese lugar que hoy escribo.

Quiero confesarte que, a pesar de los desafíos y de los temores que mencionaba, estoy disfrutando esta temporada en la vida de mi hija. Si tuviera que evaluarlo, diría que me es más fácil ser mamá de una adolescente que de una niña pequeña. Con toda honestidad lo digo. Aunque compartí con ella muchos juegos de muñecas, casitas, médicos, disfraces y horas coloreando, no soy de las más divertidas en esos roles. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, he descubierto que ser mamá de alguien que comienza la travesía de dejar atrás la niñez para convertirse en persona adulta es fascinante. Nota: dije fascinante, no fácil.

Hoy quiero compartir contigo algunas cosas que he ido aprendiendo en esta etapa para ayudarla en la transición y, al mismo tiempo, vivirla.

Una de mis oraciones por nuestros hijos, no de ahora sino de siempre, ha sido  Salmos 138:8.

«El Señor cumplirá su propósito en mí;

eterna, oh Señor, es tu misericordia;

no abandones las obras de tus manos.»

Y es esa oración la que muchas veces me ayuda cuando veo que poco a poco nuestra primogénita comienza a volar sola. El Señor tiene un propósito con su vida, y Él lo cumplirá en su soberanía. De modo que cada día tengo que recordar que se trata de los propósitos del Señor, no de los míos. ¿Mi primera función y responsabilidad? Llegar al trono de la gracia e interceder por sus vidas, cediendo a Dios el control. A fin de cuentas, fue Él quien me los dio, le pertenecen.

Involucrarse en la vida de un adolescente no es fácil, porque ya sabemos que en su cerebro hay una palabra en letras rojas y grandes que quiere tomar el control del todo. ¿Cuál es? Independencia. Pero, como también sabemos, no están listos todavía. Todavía necesitan de nuestro consejo, apoyo, y sí, disciplina. El mundo en que ellos viven es muy diferente de aquel en que nosotros crecimos. Compartimos algunas luchas, pero tienen muchas otras que nos dejan sin palabras. Ellos viven en la era digital, de redes sociales y sobrecarga de información.

Involucrarse requiere que seamos sabias. Y no hay manera de lograr eso por nuestra propia cuenta. Una y otra vez tenemos que acudir a Dios y a su Palabra. ¡Qué bueno que tenemos su promesa de proveerla!

«Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» (Santiago 1:5)

Involucrarme implica conocer a sus amigos y relacionarme con ellos. Esta decisión no siempre es popular. ¡Pero no te amedrentes! Sé tú la que se ofrece para llevarlos a un lugar cuando sea necesario. Abre las puertas de tu casa, aunque la despensa quede vacía y el orden se altere. Esto también lo estoy aprendiendo. Serán oportunidades valiosas para escuchar sus conversaciones y ser parte de ellas. En la adolescencia, más que en ninguna otra etapa de la vida, los amigos de nuestros hijos tienen una influencia casi insuperable. Conocerlos es crucial. El viejo refrán «dime con quién andas y te diré quién eres» tiene su buena dosis de sabiduría.

Involucrarme también requiere que me actualice en su mundo. No podemos dejar que usen teléfonos y otros dispositivos sin saber qué hacen, con quién se relacionan, qué publican, qué aplicaciones usan y para qué. En nuestra casa es sabido que, ya que papá y mamá compran y pagan los teléfonos, también tienen todos los derechos sobre estos.

Los teléfonos inteligentes, aunque con sus propios problemas, también nos permiten comunicarnos con nuestros hijos en un lenguaje que ellos entienden muy bien. Aprovecho esa tecnología para compartirle versículos, recordatorios sencillos de que la amo o que estoy orando por su examen.

Una de las cosas que más disfruto de esta nueva etapa es las largas conversaciones que podemos tener. ¿Sabes? No siempre tengo deseos. A veces estoy cansada o tengo mil cosas pendientes que requieren mi atención. Pero, si dejo pasar por alto ese momento en que mi hija quiere conversar, tal vez no regrese y haya perdido una oportunidad de oro. Así que le doy prioridad. Por supuesto, la confianza se ha ido fomentando con los años y, si todavía no has llegado a la adolescencia, te animo a que escuches siempre que tus hijos quieran decirte algo, aunque parezca simple. Cuando les escuchamos de niños, será más fácil comunicarnos al convertirse en adolescentes.

Es crucial que aprendamos a escuchar, y escuchar. A veces me veo tentada a querer dar mi opinión desde el primer momento y eso pudiera terminar el diálogo. Estoy aprendiendo a escucharla, luego hacer preguntas y dejar que sean las respuestas a esas preguntas las que la lleven a reflexionar. Es un proceso. Cuando era niña todo funcionaba diferente, ahora tengo que considerar que mi rol en gran parte es ayudarle a tomar decisiones sabias y alineadas con la Palabra de Dios; cada vez más serán sus decisiones y no las mías las que prevalezcan, porque va de camino a la adultez.

Como te dije, estoy en el proceso, y qué bueno que para ello cuento con la gracia de Dios. Ahora, aunque todavía me asusta un poco, puedo decirte que ser madres de adolescentes es hermoso, aunque implique esfuerzo, lágrimas, y tanta oración como podamos imaginar. Necesitamos estar presentes, ser intencionales y, sobre todo, un vehículo que les muestre el amor de Dios.