James Paton y la labor preeminente de los padres 

La crianza de los hijos es difícil aun en las mejores circunstancias. Criar a los hijos en la “disciplina e instrucción del Señor” (Ef. 6:4) es el llamado y el deseo de todo cristiano a quien se le ha confiado estos pequeños. A menudo, la tarea puede parecer abrumadora. Incluso buscar consejo en los numerosos recursos útiles que hay disponibles en la actualidad para los padres cristianos puede ser desalentador, a la vez que dejan a mamá y papá con una sensación de insuficiencia e incertidumbre en cuanto a cómo pastorear a sus hijos para llegar a la adultez de la mejor manera. 

En todos los principios bíblicos y las estrategias sabias que los padres pueden y deben emplear, hay una responsabilidad general y una oportunidad que pueden ser ignoradas y a las que no se le da la importancia debida. Podría resumir la labor preeminente de los padres de esta manera: Sé un cristiano verdadero y vive como tal. 

De hecho, ese es el consejo que le doy reiteradamente a los creyentes sin importar cuáles sean los desafíos y responsabilidades que están enfrentando. Atender seriamente al llamado de seguir a Cristo debe apoyar todo lo que hace un creyente. Lo que esto significa para papás y mamás cristianos es que antes de ser padres, son discípulos de Jesús. 

Los padres que son más devotos a Jesucristo que a sus hijos dejan una huella poderosa en ellos. Estos padres dejan un legado espiritual a sus hijos que les dice:Conocer y amar a Jesucristo es más valioso que todo lo demás en este mundo. 

Ese es el legado que James Paton, “un fabricante de medias, le dejó a su hijo, John Gibson Paton en la Escocia del siglo XIX. Dios usó ese legado para hacer de John G. Paton un gran misionero de Jesucristo. 

El mayor de los Paton dejó su tierra natal para convertirse en misionero en las islas Nuevas Hébridas lo que hoy es Vanuatu. Los caníbales vivían en aquellas islas y los dos misioneros anteriores habían sido comidos por ellos. Cuando John comunicó sus intenciones a la iglesia de llevar el evangelio a ese lugar, uno de los ancianos, el Sr. Dickinson, exclamó:¡A los caníbales! ¡Los caníbales te van a comer!”, a lo que Paton respondió: 

Sr. Dickson, usted es mucho mayor que yo, y en breve será sepultado y luego será comido por los gusanos. Le digo a usted, hermano, que si yo logro vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, no me importará ser comido por los caníbales o por los gusanos. En el día de la resurrección mi cuerpo se levantará tan bello como el suyo, a semejanza del Redentor resucitado. (Autobiografía de John G. Paton, 56). 

Tres meses después de haber llegado a la isla de Tanna, su esposa dio a luz a su primogénito. Dos meses después, madre e hijo murieron. Hablando de su esposa, escribió: 

Sentí su pérdida más allá de toda concepción o descripción en aquella tierra tenebrosa. Me resultaba sumamente difícil resignarme, quedarme solo y en circunstancias dolorosas; pero me siento inconmoviblemente seguro de que mi Dios y Padre fue demasiado sabio y amoroso como para errar en cosa alguna que haga o permita; busqué ayuda en el Señor y seguí luchando en Su obra (Autobiografía, 85). 

Después de cuatro años, los caníbales lo echaron de la isla. Pero años más tarde regresó a otra isla llamada Aniwa. Quince años después, a pesar de las penurias, los peligros de muerte y muchas miserias indecibles, Paton vio a toda la isla de Aniwa convertirse a Cristo. Años más tarde, escribió: “Reclamé a Aniwa para Cristo y por la gracia de Dios, Aniwa ahora adora a los pies del Salvador”. (Autobiografía, 312). 

¿De dónde vino John Paton? ¿Cómo formó Dios esta clase de tenacidad tierna que lo arriesgó todo en aras de llevar el evangelio a los caníbales de las Nuevas Hébridas? El mismo Paton revela las raíces de su vida útil al escribir acerca de la influencia perdurable de su padre. Su papá amaba la iglesia y se determinó a usar cada día del Señor para obtener los mayores beneficios espirituales de su familia. Su iglesia local no enseñaba una doctrina sana, así que caminaban cuatro millas para asistir a una iglesia ortodoxa todos los domingos. En cuarenta años, su padre solo se ausentó tres veces: una vez por una tormenta de nieve; otra, por una tormenta de hielo y la otra, por un brote de cólera. 

Por las mañanas y por las noches, su padre dirigía a la familia en adoración en el hogar. Su papá tenía un pequeño cuarto donde se iba a orar, normalmente después de cada comida. John Paton nunca olvidó el impacto que tuvieron las oraciones de su padre. Años más tarde, escribió: 

 Si, debido a una catástrofe indecible, todo cuanto pertenece a la religión fuese borrado de mi memoria, mi alma volvería de nuevo a los tiempos de mi mocedad: se encerraría en aquel santuario, y al oír nuevamente los ecos de aquellas súplicas a Dios, lanzaría lejos toda duda con este grito victorioso: Mi padre anduvo con Dios; ¿por qué no puedo andar yo también?” (Autobiografía, 8). 

 Hasta qué punto fui impresionado en ese tiempo por las oraciones de mi padre, no lo puedo decir, ni nadie podría comprenderlo. Cuando todos nos encontrábamos arrodillados alrededor de él en el culto doméstico, y él, igualmente de rodillas, derramaba toda su alma en oración, con lágrimas, no sólo por todas las necesidades personales y domésticas, sino también por la conversión de aquella parte del mundo donde no había predicadores para servir a Jesús, nos sentíamos en la presencia del Salvador vivo y llegamos a conocerlo y amarlo como nuestro Amigo divino. Cuando nos levantábamos después de esas oraciones, yo acostumbraba quedarme contemplando la luz que reflejaba el rostro de mi padre y ansiaba tener el mismo espíritu; anhelaba, como respuesta a sus oraciones, tener la oportunidad de prepararme y salir, llevando el bendito evangelio a una parte del mundo que estuviese entonces sin misionero”. (Autobiografía, 21). 

Cuando John llegó al punto de tener que decidir si dejar un ministerio incipiente en Glasgow y viajar hacia las Nuevas Hébridas, la confirmación final vino de sus padres. 

Le dijeron: 

Cuando te trajeron a [nosotros], tu padre y tu madre te pusimos sobre el altar, como su primogénito, para que fueras consagrado, si así Dios lo quisiera, como misionero de la cruz; y ha sido [nuestra] oración constante que fueras preparado, calificado y conducido a tomar esta decisión; y oramos de todo corazón que el Señor acepte tu ofrenda, te utilice, y te conceda muchas almas de los paganos a tu favor. (Autobiografía, 57). 

Cuando llegó el momento en que John debía dejar su casa paterna para ir a Glasgow a la escuela de teología para convertirse en un misionero  urbano a sus veinte años, tuvo que hacer una caminata de unos sesenta kilómetros hasta la estación del tren. Cuarenta años después, esto fue lo que escribió acerca de aquel día: 

“Mi querido padre caminó conmigo durante los primeros nueve kilómetros. Sus consejos, lágrimas y charlas celestiales todavía están frescas en mi corazón, como que si ayer me hubiere hablado. Las lágrimas caen por mis mejillas, sin impedimento en este momento, igual que fluyeron en ese entonces, mientras las memorias me regresan. Durante el último kilómetro, caminamos sin pronunciar palabra. Sus labios se movían, orando en voz baja y nos mirábamos el uno al otro varias veces, pero sin poder hablar. Nos paramos en el lugar de la despedida; mi papá, silenciosamente agarró mi mano firmemente durante un minuto, y luego dijo, muy solemne y cariñosamente: —¡El Dios de tu padre te prospere y te cuide de toda maldad!”. 

Sin poder decir más, sus labios siguieron moviéndose en oración silenciosa. Con lágrimas rodando por nuestras mejillas, nos abrazamos y partimos cada uno por su camino. Justo en el lugar donde yo debía doblar la esquina, di la vuelta y le vi— mirándome. Haciéndole una señal con mi sombrero lo saludé, luego seguí caminando y desaparecí de su vista. Pero mi corazón estaba demasiado constreñido y doloroso para seguir caminando, entonces apuradamente fui a la orilla del camino, donde lloré largo tiempo. Terminando de llorar, subí el dique para ver si todavía estaba mi padre en el lugar donde me aparté de él. En ese momento le vi subiendo el dique también, tratando de localizarme. No me vio y después de buscar un rato, se bajó y se fue hacia la casa. Le miré con lágrimas candentes cayendo de mis ojos, hasta que desapareció su figura; luego me fui. He dado un firme voto, una y otra vez, por la gracia de Dios, en vivir y portarme de tal manera que nunca deshonre a los benditos padres que Dios me dio. (Autobiografía, 25-26).  

Que nosotros sepamos, James Paton no empleó técnicas especiales de crianza. No hay ningún registro que él hubiera dejado de algún secreto para la crianza exitosa. En cambio, él caminó con Dios con una fe sincera en Jesucristo y un arrepentimiento genuino de sus pecados. Él vivió abiertamente de esa manera delante de su familia. Él fue un cristiano verdadero y vivió como tal. 

En todo cuanto podamos enseñar acerca de la crianza de los hijos, que jamás ignoremos la responsabilidad preeminente de seguir a Jesús de todo corazón. 

Dicho legado es más valioso que cualquier herencia material o financiera que un hijo podría recibir. 

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Tom se ha desempeñado como Pastor de la Iglesia Bautista Grace desde 1986. Antes de mudarse a la Florida sirvió como pastor en iglesias en Texas. Él tiene una licenciatura en sociología de Texas A & M University (1979) y también tiene un MDiv y un PhD de Southwestern Baptist Theological Seminary in Ft. Worth, Texas. Tom es el Director Ejecutivo de los Ministerios Fundadores. Él y Donna tienen diez hijos, incluyendo tres yernos y una nuera. También tienen 7 nietos.