Jesús siempre genera una respuesta: repulsión o atracción

Creo que a todos nos encanta la historia del endemoniado gadareno. Es la historia de un hombre pobre, miserable, sin esperanza y oprimido por demonios pero que se encuentra con Jesucristo quien le cambia su vida. Hay algo en la historia que encuentro particularmente fascinante.

Aunque en determinado momento la vida de este hombre pudo haber sido normal, en algún momento los demonios empezaron a oprimirlo. Tal vez era un joven que todavía vivía en la casa de sus padres cuando algo en él empezó a cambiar. Con el tiempo, sus padres y su familia vieron que comenzó a exhibir un comportamiento extraño y francamente aterrador. O tal vez era un hombre casado y fue su esposa la primera en notar ese extraño comportamiento. Empezó a actuar de una forma que no era él mismo. Empezó a dar gritos de una manera extraña. Aunque amaba a sus hijos y los abrazaba, les contaba cuentos y jugaba con ellos, con el tiempo se volvió distante  y hasta peligroso. Pronto ella tuvo que proteger a los niños del peligro que representaba su propio padre.

Eventualmente su comportamiento se volvió tan atroz que la gente a su alrededor actuó de la única manera en que sabían: lo encadenaron y lo encerraron. Pero luego se volvió tan fuerte que podía romper las cadenas y atacar a cualquiera que se le acercara. Así que hicieron lo único que quedaba por hacer: lo echaron lejos. Para cuando nos encontramos con él en Marcos 5 (y los relatos paralelos en Mateo y Lucas), está viviendo en los sepulcros, vagando desnudo por los montes, cortándose y golpeándose a sí mismo, gritando de agonía en cuerpo, alma y espíritu. No pudo caer más bajo.

Y entonces Jesús se encuentra con él y lo libera. Jesús envía esa turba de demonios a una manada de cerdos que se precipita inmediatamente al mar y se ahoga. Y luego llegamos a una parte de la historia que encuentro absolutamente fascinante. La gente del pueblo cercano viene corriendo a ver lo que ha pasado, a ver a este hombre oprimido en su sano juicio, a ver miles de cerdos muertos flotando en el agua. Y vemos dos reacciones muy diferentes en este encuentro con Jesucristo.

Cuando este hombre ha sido liberado por Jesús, le ruega que le permita ir con él. Por favor, déjame quedarme contigo, déjame aprender de ti, déjame servirte. Donde tú vayas, yo iré. Este hombre vio a Jesús y lo estimó más que cualquier otra cosa.

Cuando esta multitud del pueblo vio a este hombre liberado gracias a Jesús, reaccionaron de una forma totalmente opuesta. Le rogaron a Jesús que se fuera. Por favor, márchate. Vuelve a tu bote, vete y no regreses más . Ellos vieron a Jesús y lo desestimaron más que cualquier otra cosa.

La gente quería a Jesús lo más lejos posible mientras que este hombre quería a Jesús lo más cerca posible. Y en esas dos reacciones vemos algo fascinante: Jesús genera repulsión y Jesús genera atracción. Algunas personas se encuentran con Jesús y lo consideran la cosa más despreciable del mundo; otras personas se encuentran con Jesús y lo consideran la cosa más deseable del mundo. Algunos le ruegan que se aparte de ellos y otros que les permita seguirlo.

Cuando predicamos a Jesús hoy en día, predicamos de tal forma que haya una respuesta. Y siempre hay una respuesta: repulsión o atracción. Un encuentro con Jesús nunca quedará sin una reacción.