Este es el tema más difícil del que he hablado, y puede que sea el más importante que he abordado. De la reacción de mi público en el Condado de Orange, Minneapolis, y más recientemente, San Diego, está claro que el suicidio es un tema con el que los cristianos deben lidiar. 

El suicidio es la segunda causa de muerte entre las personas de 10 a 34 años, y las estadísticas dicen que para cuando termines de leer este artículo, alguien se habrá quitado la vida. 

El suicidio es más común de lo que muchos piensan, y no me sorprendería que este tema te haya afectado personalmente. 

En 2011 mi primo se quitó la vida y justo en junio pasado un querido amigo hizo lo mismo. Ambos dejaron atrás a sus seres queridos que tuvieron que luchar con la misma pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué se suicida la gente? 

En un sentido general, la respuesta es simple. Algunas personas están convencidas de que están mejor muertas que vivas. Pero, ¿por qué piensan esto? Probablemente porque han perdido la esperanza en esta vida. ¿Y por qué han perdido la esperanza? 

A medida que la influencia cristiana se desvanece en nuestra cultura, las tasas de suicidio han aumentado. Ha habido un cambio de ideas, y las ideas tienen consecuencias. Por un lado, hemos sido fuertemente influenciados por la visión de que el reino físico es todo lo que hay y todo ocurre por procesos puramente naturalistas. 

Este naturalismo se capta mejor en las palabras de Carl Sagan: “El cosmos es todo lo que es, o lo que alguna vez fue, o lo que alguna vez será”. 

Si Sagan tiene razón, entonces también lo tiene Thomas Hobbes, quien observó que la vida en un estado de naturaleza no regulada es “solitaria, pobre, desagradable, bruta y corta”. 

Si el naturalismo es verdadero, entonces nuestra única esperanza está en nosotros mismos, y nuestra salvación viene sólo del esfuerzo humano tratando de generar significado a partir de más educación, más poder, más fama o más dinero. 

¿Pero qué pasa cuando fracasamos? Rápidamente nos encontramos en un ciclo de decepción sin fin. 

¿Por qué David Carradine, Robin Williams, Anthony Bourdain, Kate Spade y un montón de otros famosos se quitaron la vida cuando “lo tenían todo”? Porque aunque estaban en la cima del “éxito” seguían vacíos y sin esperanza. 

Al final, el naturalismo no puede cumplir sus promesas y es, en el fondo, una visión narcisista de la realidad que deja a sus discípulos vacíos y perdidos, sin esperanza, creyendo que están mejor muertos que vivos. 

Sin embargo, el naturalista no es el único que lucha contra los impulsos suicidas. Sólo porque seamos cristianos no significa que no seamos vulnerables a las mentiras del mundo. Incluso el cristiano puede perder la esperanza, pero lo hace por diferentes razones. 

Una de ellas es el legalismo, la idea de que nuestra relación con Dios, y en última instancia nuestra salvación, depende de lo bien que nos desempeñemos. Cualquier cristiano que se mide constantemente por su rendimiento se verá constantemente decepcionado. 

El legalismo nos deja sin esperanza porque, a la larga, nunca podremos estar a la altura. Día tras día, decepcionamos a Dios. Cuando vinculamos nuestra salvación a nuestro rendimiento, perdemos de vista la gracia de Dios. La vida se vuelve insoportable porque Dios se convierte en un padre enojado y lejano. 

Nadie está a la altura. Esa es la realidad de la caída y el punto central del evangelio. La Ley es un maestro que nos señala nuestra necesidad de ser rescatados. Y este rescate viene a través de la gracia de Dios que se encuentra en Jesús de Nazaret. 

Si confiamos en nuestros propios esfuerzos, no hay esperanza. El salmista dice, “Señor, si tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer?” Luego añade: “Pero en ti hay perdón, para que seas temido” (Sal. 130:3-4). 

Para el que confía en Cristo, Dios no guarda ningún registro de los errores. Si lo hiciera, nadie podría mantenerse en pie. Pero hay esperanza para cada uno de los hijos de Dios porque hay un perdón completo. 

Hemos sido rescatados y rescatados completamente. Esta es la verdad en la que nos apoyamos en tiempos de desesperanza.