La Navidad es gloriosa porque no es el principio de Cristo.

Mucho tiempo antes de la primera Navidad, la historia ya había comenzado: no en las diferentes profecías, sino en una persona divina. La Navidad puede ser la apertura del capítulo culminante, mas no es el comienzo de Cristo.

En verdad, la Navidad marca una concepción y un nacimiento. Repasamos las palabras de la canción de sumisión de María, la visita de los pastores para pagar tributo a su hijo recién nacido, y leemos que ella “atesoraba todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón” (Lc. 2:19). Sin dudas que, para unos meros seres humanos, estos son nuestros orígenes. Antes de los comienzos terrenales, simplemente no existíamos.

Pero no es así con respecto al Hijo de Dios. Sus “orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad” (Mi. 5:2). A diferencia de todos los demás nacimientos humanos, la Navidad no es un comienzo, sino una encarnación. La Navidad no es un comienzo, sino su comisión. Él no fue creado; él vino a la tierra.

Ningún otro ser humano en la historia de este mundo comparte esta gloria peculiar. Aunque su su nacimiento virginal fue notable, lo que destaca aún más es su preexistencia, considerando que él es completamente humano.

1. Él existía antes de la encarnación

Jesucristo existía antes de hacerse hombre en la encarnación. Jesús mismo lo afirmó de manera impactante, y aun ofensiva para los sentimientos judíos del primer siglo, tan ofensiva que “tomaron piedras para tirárselas” cuando les dijo, “En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciera, yo soy” (Jn. 8:58-59).

Tan cierta como era, esta realidad irritante no mejoró para nada después de Juan 6. “¿Pues qué si vierais al Hijo del Hombre ascender adonde antes estaba?’… Como resultado de esto muchos de sus discípulos se apartaron y ya no andaban con él” (Jn. 6:62, 66).

Pero aquellos a quienes se les había dado los ojos para ver la gloria, ya no volvieron atrás; entre ellos, estaban el apóstol Pablo y el autor de Hebreos. Melquisedec, quien había vivido mil años antes de Jesús, se asemejaba al Hijo de Dios pues estaba “sin padre, sin madre, sin genealogía, no teniendo principio de días ni fin de vida” (He. 7:3). Y la generación rebelde de Israel bebió “la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1 Co. 10:4). Más allá de eso, cuatro estribillos del Nuevo Testamento se unen al coro que afirma que Cristo existía mucho antes de aquella primera Navidad.

Él vino

El evangelio de Marcos comienza bajo el estandarte de Jesús como el mismo Yahweh que vino a la tierra (Mr. 1:1-3). Vino desde fuera del reino creado hacia nuestro mundo, para traer el rescate prometido. “El Hijo del Hombre vino… para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28; también Mr. 10:45 y Lc. 19:10). En Juan, el vocablo que trata de la venida, al igual que en Juan 6:62, es “descender”. “El Hijo del Hombre descendió del cielo” (Jn. 3:13). Los meros seres humanos no descienden, sino que nacen.

Nuevamente, Pablo y el autor de los Hebreos siguen la estela del evangelio. “Cristo vino al mundo” (He 10:5), y también en uno de los resúmenes más breves y potentes del evangelio, “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti. 1:15). Relativo a su venida es su manifestación. “Él fue manifestado en la carne” (1 Ti. 3:15). “Porque él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros” (1 P. 1:20).

Él se hizo

En sí mismo, para “hacerse carne” no hubiera sido necesaria la preexistencia. La clave es preguntarnos ¿qué era él antes de hacerse carne? Él era divinamente rico y se hizo humanamente pobre (2 Co. 8:9). Él era “en forma de Dios”, pero luego tomó “forma de siervo” (Fil. 2:6-7). Alguien que era infinitamente exaltado, pues era Dios, se hizo un poco menor que los ángeles, pues se hizo hombre (He. 2:9).

Su “encarnación” no fue el cese de lo que él había sido anteriormente, sino que “tomó la forma” (Fil. 2:7) de carne y sangre humanas. El Hijo, completamente Dios, agregó una naturaleza totalmente humana a su persona.

Él fue enviado

Los profetas fueron enviados sin haber preexistido, pero no fue así con el Hijo de Dios. Él fue enviado desde fuera de este mundo de carne a entrar en él, para redimir a su pueblo. El contexto es fundamentalmente diferente cuando nos referimos a enviar al Hijo eterno, en lugar de meros mensajeros humanos.

En la parábola de los labradores malvados, el dueño de la viña, en última instancia, envió a su “amado hijo” (Mr. 12:6), cuya relación con él era muy distinta de los otros siervos a quienes había enviado anteriormente. “Pero cuando vino la plenitud del tiempo”, escribe Pablo en Gálatas 4:4, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”. Dios no tomó a un hombre que ya había nacido y lo envió; él envió a su propio Hijo Divino para que fuera humano. Del mismo modo, en el sacrificio de su Hijo, Dios hizo lo que nosotros, como seres no preexistentes, no podíamos hacer por nosotros mismos: “enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro. 8:3).

Él fue entregado

Finalmente, y tal vez lo más memorable de todo, el Cristo preexistente fue entregado (o dado). “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16). El sacrificio de Cristo perdería toda su fuerza como expresión del amor de Dios si Cristo no hubiera existido antes de la encarnación.

El monte Everest de las promesas bíblicas presupone la preexistencia del Hijo al decir que Dios “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Ro. 8:32).

Él existía antes de la creación

Pero Cristo no solo existía antes de la primera Navidad, sino que también existía antes de toda la creación. Es imposible que el Nuevo Testamento sea más claro en este punto. Cuando el Credo Niceno (325 d.C.) confesó que Jesús es “Engendrado del Padre antes de todos los siglos”, lo hizo en el firme cimiento de las Escrituras.

El evangelio de Juan abre con esta declaración:

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él Estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho (Jn. 1:1-3).

La carne no se hizo verbo. El verbo eterno se hizo carne. También en Colosenses 1:16-17 leemos:

Porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y en él todas las cosas permanecen.

Cristo estaba “preparado” por Dios, no solo antes de su encarnación, sino “antes de la fundación del mundo” (1 P. 1:20). Y lo mismo se escribe en Juan 17:5: “Y ahora, glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera”.

Él es preexistente porque él es Dios

Que Cristo existiera antes de su encarnación e incluso, antes de la fundación del mundo, es finalmente una función de su divinidad. Él es el principio y el fin, el Alfa y la Omega (Ap. 1:8), porque él es Dios. Como lo señala Donald Macleod: “No se puede hacer una distinción formal entre la deidad y la preexistencia” (The Person of Christ [La persona de Cristo], página 57).

La Navidad es muchísimo más que la celebración del nacimiento de un gran hombre. Dios mismo, en la segunda persona de la Trinidad, ingresó a nuestro espacio y a nuestra frágil humanidad, rodeado por nuestro pecado, para rescatarnos. Él vino y se hizo uno de nosotros. Dios envió a Dios. El Padre entregó a su propio Hijo por nosotros y para nuestra salvación.

Jesús es mejor

De la misma manera que la sociedad materialista celebra su época más materialista del año en Navidad, la preexistencia de Cristo antes de todo lo creado nos recuerda su prioridad y lo precioso que existe por encima de los dispositivos y alarmas, de los regalos y las fiestas, de todos los árboles y guirnaldas, de las luces y las risas, de las velas y las galletas. Con seguridad, esto significa la preexistencia para nosotros: la prioridad y lo precioso por encima y más allá de todo lo que no existe con anterioridad.

Jesús es antes, y es mejor que cualquier cosa del mundo creado. Y su preexistencia nos llama con el recordatorio silencioso de que solo es ideal que Jesús sea el mayor tesoro de nuestros corazones.

Artículo publicado en Desiring God | Traducido con permiso por Natalia Armando