En mi adolescencia, no veía la hora de terminar la secundaria e irme a la universidad. Más que educarme, lo que quería era irme de casa para hacer mi vida en mis términos y lejos del control y las condiciones de mis padres.  

En el transcurso de mi infancia y adolescencia condené muchos actos de mis padres y aseguré que cuando creciera, yo jamás actuaría así. Típico ¿verdad?, sé que no sólo a mí me pasó. 

Muchos años han pasado de eso, y en ocasiones he descubierto que tengo actitudes o uso con mis hijos las mismas frases que mi mamá usaba conmigo y que, por cierto, yo odiaba. Definitivamente no se equivocó el autor de Eclesiastés cuando dice que no hay nada nuevo debajo del sol (Ec. 1:9). En la vida es común que mucho de lo que vivimos se repita en nuestros hijos, harán algunas modificaciones en su camino, pero en esencia ellos reflejarán para bien o para mal lo que les hemos inculcado. 

Algo que sigue conmigo y que agradezco mucho mis padres, es el que me hayan guiado en el temor de Dios. Tal vez al inicio iba a la iglesia porque ellos me llevaban, pero la palabra de Dios fue sembrada en mi corazón y se mantuvo latente cuando me tocó enfrentarme sola al mundo.  

Doy gracias a Dios por las fuertes convicciones cristianas de mi madre, que, aunque cometió errores como todas las madres tratando de formar a seres humanos en un mundo caído, hubo algo en lo que ella no se equivocó y fue en “empujarnos” hacia Dios.  

A veces hago cosas o hablo como ella me hablaba y que en su momento me molestaba, y, aunque decía que yo no lo haría, en realidad la imito. Y al igual que ella, estoy convencida de que mi mayor anhelo es la salvación de las almas de mis hijos, por eso hoy puedo decir como Josué sin importar lo que hagan los demás: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos. 24:15). 

Ser madres es un regalo y ser madres cristianas conlleva una gran responsabilidad, jamás debemos pensar que es muy temprano ni muy tarde para presentarle a Cristo a nuestros hijos, jamás debemos creer que el evangelio es muy complejo para que un niño lo entienda, o que para no parecer impositivas con nuestros hijos adolescentes los dejaremos solos y que ellos decidan en qué creer.  

El mandato que Dios le dió al pueblo de Israel sobre la ley, fue este: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”  (Dt. 6:6-7 énfasis agregado).  

Hablarles la Palabra todos los días, en todo momento y sin cansarnos. Aun nuestra casa debe estar llena de la palabra de Dios (Dt. 6:9). El texto no dice que lo hagamos cuando entiendan y que lo dejemos de hacer cuando sean mayores de edad; tampoco dice que se las hablemos sí ellos quieren escuchar.  

La Palabra de Dios dice que lo hagamos y es posible que sea durante un largo tiempo, eso, quizá llegue a ser incómodo o desagradable para nuestros hijos, probablemente se aburran con nuestros temas de conversación. Puede ser que sintamos que le estamos hablando a un muro que solo nos escucha porque está pegado al suelo y no se puede mover de donde está.  

Pero yo soy testimonio de que esas palabras que mi mamá y mi papá sembraron en mi corazón, me atrajeron hacia Dios cuando en mi juventud me aparté de Él; y mejor aún, esas mismas palabras me dan fortaleza para criar a mis hijos en el temor del Señor y quiero presentarles lo mismo a ellos, hoy y cada día. 

Ahora mis hijos están pequeños, tengo un niño inquieto de 7 años y una pequeña de rebeldes rizos de apenas 4 años, y a veces me pongo a imaginar cómo serán cuando crezcan y cómo quiero que ellos me recuerden cuando ya no estén conmigo.  

Te confieso que deseo que me recuerden como una mamá cariñosa, que les hacía ricos bocadillos, que les peinaba el cabello con suavidad, que les limpiaba los pies en la noche, pero, sobre todo, que amaba y temía a Dios y que siempre tenía la palabra de Dios en su boca para dar un consejo. Suena utópico, pero quiero intentarlo.  

Hay días muy buenos en donde casi logro ser esa mamá que sueño ser, y hay días que son un desastre desde que me levanto. Pero bendito Dios que Él tiene el control de todo y si me da vida mañana, Su misericordia será nueva y lo volveré a intentar. 

Es verdad, hubo cosas en mi crianza que no quiero repetir con mis hijos, pero más que juzgar a mis padres, hoy entiendo que no es fácil la paternidad, que es una tarea de un día a la vez pero que no está fuera del control de Dios. Por muy malo que haya sido mi día, Dios lo usará para moldearme a Su imagen.  

Yo necesito recordar el evangelio y la misericordia de Dios para mí cada día, a cada instante, ese evangelio que conocí por la gracia de Dios y la obra de mis padres. Eso es precisamente lo que quiero para mis hijos, el evangelio vivo en ellos cada día de sus vidas y si para eso es necesario un medio o un obrero, yo me pongo a disposición del Señor y le digo: “Heme aquí Señor, envíame a mí” (Isa. 6:8). 

Mamá que me lees, no te canses, tal vez llevas años orando por tu hijo que aún no conoce a Dios, quizá algún hijo rebelde o drogadicto; tal vez te acabas de enterar que tu hijo o hija es homosexual y no quiere saber de Dios, o quizá conociste al Señor cuando tus hijos ya eran adultos y piensas que ya es tarde.  

Te pido en el amor de Dios, que no te canses, que lo intentes y recuerdes lo que dice Dios sobre Su palabra “así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié” (Is.55:11). No desmayes, mujer, Dios te bendiga.