La perfección completada

Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: “Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré” (Is. 46:9-10).

Después de la creación, Dios pausó y evaluó lo que hizo y dijo que su obra era buena en gran manera. Dios terminó su creación. Pero dado lo que sabemos que ocurrió más adelante, esta creación que era “buena en gran manera”, aún poseía una “deficiencia potencial” y era su capacidad para ser corrompida. De acuerdo con lo que vemos en la Palabra, hacia el final de la historia redentora aún había un estado ulterior de esa creación, cuando la creación ya no sería corruptible.

En hebreo, la palabra traducida como “perfecto” es shalem (Strong, 8003), que significa “perfecto, íntegro, cabal, completo, seguro, en paz”. Y la creación de Dios al final de los seis días era todo eso; pero no era su estado final. No conoceríamos más de ello si solo tuviéramos los primeros dos capítulos del libro de Génesis. Pero al leer el capítulo tres, nos percatamos de que la creación no solo era corruptible, sino que ya había sido corrompida. Al leer Romanos 8:20-23 vemos como la creación gime hasta que sea liberada de la corrupción a la que fue sometida.

Como la Biblia es la revelación de Dios, infalible e inerrante, podemos y debemos escudriñarla para encontrar en ella las respuestas a nuestras preguntas. De esa manera, al indagar sobre lo que está escrito, somos capaces de conocer más acerca del carácter de Dios. Al aplicar lo que aprendemos a nuestras vidas, vamos adquiriendo la mente de Cristo (1 Co. 2:16).

Dios nos invita a escudriñar su sabiduría. Él nos ha dicho en Proverbios 25:2: “Es gloria de Dios encubrir una cosa, pero la gloria de los reyes es investigar un asunto”. Como Dios es perfecto, su creación lo sería también, desde el inicio o al final. La creación, llamada “buena en gran manera”, no estaba en su estado final. Su último estado de perfección será en el futuro. Alguien pudiera argumentar: “si Dios llamó a su creación ‘buena en gran manera’ en vez de ‘perfecta’, fue porque él sabía que ésta sería corrompida por el pecado y que su estado final de perfección (ya no corruptible) esperaba aún en el futuro”. No me atrevería a afirmar esto porque la Biblia no lo revela así, pero sería una buena pregunta para nuestro Dios.

Con la sabiduría espiritual que nos da el Espíritu Santo que mora en nosotros podemos entender lo que él ha escrito en su Palabra como revelación para nosotros. La misma Palabra afirma que “el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios” (1 Co. 2:10). Hay misterios de Dios que él ha ido revelando progresivamente en su tiempo (Col. 1:26), y guiado por el Espíritu recibimos dichas revelaciones.

El texto del libro del Génesis nos dice que un Dios perfecto usó seis días para crear. Cuando el séptimo día es mencionado notamos la ausencia de la frase, “Y fue la tarde y fue la mañana: el séptimo día”, como aparece en los demás días. El día séptimo es designado como el día en que Dios descansó (Gn. 2:1-3).  ¿Nuestro Dios se cansa? ¿Necesita él reposar de su trabajo? Sabemos la respuesta a estas preguntas porque Dios mismo ha respondido a través del profeta Isaías (40:28): “El Dios eterno, el SEÑOR, el creador de los confines de la tierra no se fatiga ni se cansa”. Entonces la razón por la que Dios reposó después de crear el mundo en seis días no fue por cansancio.

Quizás este “reposo divino” como se le ha llamado, estaba apuntando a algo futuro y mucho mayor. De hecho, Hebreos 4:8-11 nos deja ver que hay un reposo futuro y distinto reservado para los redimidos de Dios: “Porque si Josué les hubiera dado reposo, Dios no habría hablado de otro día después de ése. Queda, por tanto, un reposo sagrado para el pueblo de Dios. Pues el que ha entrado a su reposo, él mismo ha reposado de sus obras, como Dios reposó de las suyas. Por tanto, esforcémonos por entrar en ese reposo, no sea que alguno caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia”. El reposo del séptimo día, apuntaba a un reposo futuro reservado para los redimidos, al final de la redención del hombre.

La palabra hebrea usada para reposar es shabath y aparte de significar descansar, también significa celebrar, cesar o desistir. Entonces el uso de esta palabra no necesariamente significa que Dios había terminado el trabajo, sino que podría significar que él estaba haciendo una pausa o un interludio. Como Dios calificó el trabajo como bueno en gran manera (Gn. 1:31) y lo santificó (Gn. 2:3), podemos interpretar esto como que él estaba celebrando lo que había hecho, confirmando la maravilla de la creación.

Como mencionamos antes, el día siete de la creación no es mencionado con la frase: “Y fue la tarde y fue la mañana: el séptimo día…”.  Esta ausencia en la revelación bíblica nos da la impresión de que Dios no había terminado con su plan.

En diferentes pasajes de la Biblia, se nos da a entender que habrá un tiempo de restauración. Ezequiel 34:26-29 da la impresión de que vendrá un tiempo parecido al del jardín de Edén, como leemos en el versículo 27: “El árbol del campo dará su fruto y la tierra dará sus productos, y ellos estarán seguros en su tierra”. Y está aún más claro en el texto del capítulo 36:35-36, donde nos dice: “Y dirán: Esta tierra desolada se ha hecho como el huerto del Edén; y las ciudades desiertas, desoladas y arruinadas están fortificadas y habitadas. Y las naciones que quedan a vuestro alrededor sabrán que yo, el SEÑOR, he reedificado los lugares en ruinas y plantado lo que estaba desolado; yo, el Señor, he hablado y lo haré”.

La Biblia nos enseña que Dios tuvo un plan desde antes de la creación del mundo (Ef. 1:4) y él está orquestando todo cuanto ocurre para llegar a donde ha planificado (Is. 14:27). Dios nos ha dicho en Eclesiastés 3:1 que “Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo”. Sin embargo, sabemos que sus caminos no son nuestros caminos (Is. 55:8-9), y él decide cuándo y cómo lo revelará (Hch. 1:7).

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 P. 3:8), entonces no podemos discernir cuándo lo completará, sin embargo, confiamos que él es perfecto y su plan entonces también lo es. Nadie puede entender a Dios, sin embargo, 1 Corintios 2:12-14 nos enseña que como cristianos hemos recibido “el Espíritu que viene de Dios” para que podamos discernir lo que la Palabra nos enseña, y a través de este estudio vamos adquiriendo la mente de Cristo (1 Co. 2:16), la cual se va formando al estudiar, indagar y aplicar lo que hemos aprendido en la Biblia para que nuestra mente sea transformada y para que podamos verificar la voluntad de Dios que es buena, aceptable y perfecta (Ro. 12:2).

Nuestra meta entonces es escudriñar la Palabra para buscar su voluntad y luego aplicar lo que hemos aprendido a nuestras vidas (Stg. 1:25). Obviamente “las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley” (Dt 29:29).

La creación fue evaluada por Dios como “buena en gran manera,” pero como dijimos, no era su estado final. El día séptimo sin un cierre, probablemente apuntaba a ese tiempo futuro donde ya no habría más lágrimas, ni más muerte, ni más dolor como sí ocurrió en la creación que Dios llamó inicialmente, “buena en gran manera”. El reposo del séptimo día, tipifica el reposo futuro al cual entraremos como vimos en Hebreos 4.

Este será nuestro reposo final: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado (Ap. 21:1-4).