La proclamación de un predicador 

Una antigua ilustración de un sermón que se abre paso de vez en cuando, dice así: 

Había un predicador joven que no era perezoso, solo engreído. Él frecuentemente presumía en público que todo el tiempo que necesitaba para preparar sus “grandes sermones” eran los pocos momentos que le tomaba caminar desde su casa parroquial, a la iglesia que estaba justo al lado. Bueno, un día la congregación decidió que era tiempo de explotar su elevado ego y ayudar a este hombre a mejorar su ministerio de predicación. Así que, ¡le compraron una nueva casa parroquial a 8 millas de distancia! 

Ahora esa es una congregación con sus prioridades en orden y un pastor afortunado. 

En Lectures to My Students 1 (Discursos a mis estudiantes 1), Charles Spurgeon destacó la vitalidad de la predicación cuando escribió: 

No entramos al pulpito solo a hablar por hablar, tenemos instrucciones de expresar información importante hasta lo más mínimo, y no podemos darnos el lujo de decir pequeñas cosas… si hablamos como embajadores de Dios, nunca debemos quejarnos de falta de materia, ya que nuestro mensaje está lleno hasta rebosar. Todo el evangelio debe ser presentado desde un pulpito, toda la fe de una vez por todas, entregada a los santos; debe ser proclamada por nosotros”. 

Cuando se trata de aquellos que predican la Palabra, la iglesia no puede conformarse con nada menos que la fidelidad a la Palabra de Dios. Las nuevas modas son una moneda de diez centavos, los últimos trucos pragmáticos cambian como el clima, pero una cosa sigue siendo probada y verdadera—la Palabra de Dios a su pueblo. 

El predicador y las personas son ambos responsables de proteger el pulpito en la iglesia. Las ovejas se desnutren cuando el pulpito no está estimado en gran manera, y predomina el estilo de predicación de “comida rápida” que contiene un pequeño valor nutricional. Cuando el ministerio pastoral se convierte en solo otra carrera que requiere un fornido currículum y una plataforma en las redes sociales; pulpitos usados por predicadores asalariados que cobran un cheque, visten un cierto título, pero salen huyendo a la primera muestra de trabajo duro. La iglesia necesita pregoneros osados que se pongan sus zapatos de trabajo, se arremanguen sus vestiduras, y alimenten audazmente el precioso rebaño de Cristo, sin importar el costo. Como las nubes sin agua que no producen lluvia, es así el predicador que hace la proclamación a su gente, pero falla en predicar la Palabra de Dios. Cuando no hay una comida divida para el alma, habrá hambruna espiritual en la tierra. 

El predicador debe proclamar la verdad y las personas deben proclamar, “¡Queremos la verdad! ¡Y nada más que la verdad!” 

Cuando el apóstol Pablo proveyó al joven Timoteo con una de los primeros escritos de predicación (y este sigue siendo un best-seller) él le dio sabiduría eterna que nosotros debemos seguir escuchando hoy. A lo largo de las cartas pastorales, Pablo le da numerosas órdenes que cada predicador debe prestar atención, pero cinco de esos pueden ser inmensamente útiles para regir la proclamación del predicador. Estas órdenes están inspiradas por el Espíritu Santo, y a través de ellas, nos dan a nosotros una gran estrategia de crecimiento para la iglesia que este mundo haya conocido, que es, el crecimiento espiritual. 

Predicar la Palabra (2 Timoteo 4:2a) 

Pablo nunca fue alguien para picar palabras cuando se trataba del mensaje. En su mente, la predicación no debía ser adulterada, debía ser Cristo céntrica, en la verdad del evangelio. Después de todo, ese es el poder de Dios a la salvación (Rom. 1:16). Esto no deja espacio para algo más. En otras ocasiones él toma a Timoteo para evadir fabulas profanas (1 Tim. 4:7), palabrerías vacías (1 Tim. 6:20), ser aprobado (2 Tim. 2:15), y que toda la escritura era todo lo que él necesitaba para estar completamente equipado (2 Tim. 3:16-17). Un predicador no necesita otra proclamación—y las personas tampoco. 

La predicación saturada de la Palabra hace lo que nada más puede hacer. Tal predicación incrementa la fe de las personas (Rom. 10:17), revela la voluntad de Dios (Deut. 29:29), incrementa la alfabetización bíblica (1 Ped. 2:1), y da a las personas paz que perdura (Ef. 2:17-18). 

¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que hace que una congregación deje de preocuparse, dudar y quejarse de decir: “Ah, eso es lo que necesito”?  

Es la Palabra de Dios que calma su alma y pone sus mentes en Cristo. 

Da a las personas lo que necesitan. Predica la Palabra. 

Estar listos a tiempo y fuera de tiempo (2 Timoteo 4:2b) 

Pablo continúa con un imperativo para estar instantáneamente listos. No importa si es popular o no, conveniente o no, si es con o sin tu aplicación de la Biblia—tienes que estar listo. Esto es uno de los que por excelencia son una de las marcas de un verdadero predicador y la proclamación que se le ordenó. Su mensaje esta internalizado. Él está viviéndolo, respirándolo, y armado con el. No importa qué tormenta política se está haciendo, él está listo con la Palabra. No importa que drama polémico se esté agitando, él está listo con la Palabra. No importa lo que él personalmente pueda ganar al comprometer el mensaje, él está listo con la Palabra. 

Nuestra cultura cristiana de hoy puede ser beneficiada enormemente si quitamos una página del libro de Pablo. Aunque enfrentemos varios niveles de persecución, él sirve como una noble inspiración. Ya sea naufragado, encadenado a un guardia, golpeado, interrogado o amenazado de muerte, él consideraba cada obstáculo difícil como una oportunidad.  

No importa el clima o el costo, el predicador siempre está listo. 

Redargüir (2 Timoteo 4:2c) 

La tolerancia es el ambiente de hoy en la cultura milenaria—pero nuestra predicación debe ser contra cultura. En pocas palabras, el predicador debe reprobar si es, de hecho, un predicador. Esto significa que él debe corregir el pensamiento de las personas con la verdad de la Palabra de Dios y confiar en la obra del Espíritu Santo que es el convencer a las personas de su error. ¿De qué sirve un pastor si no te dice lo malo y lo bueno o lo verdadero y lo falso? Es más, ¿De qué sirve un pastor que no reprende por amor a las personas? 

Martyn Lloyd-Jones escribió: “el problema con algunos de nosotros es que amamos predicar, pero no siempre somos cuidadosos para asegurar que amamos a las personas a las que les estamos predicando”. Ahí se encuentra sabiduría para cada predicador que reprende a las personas. El amor de Dios por su pueblo está directamente relacionado con Su corrección amorosa a su pueblo (Prov. 3:12; Heb. 12:6; Apoc. 3:19). ¿Qué mejor manera para un predicador de mostrar su amor por las personas que mostrarle el camino a la verdad? 

Reprender (2 Timoteo 4:2d) 

El segundo de los comandos negativos resuelve el asunto: predicar la Palabra incluye dar a las personas la dura verdad. Reprender debe ser claro, y como ya se mencionó, la reprensión debe ser dada en amor. El predicador no es un cirujano rígido con manos frías y un bisturí afilado—él es cálido, amable y un pastor cuidador. Reprender no es usar la vara para golpear a las ovejas—es usar la vara para dibujar líneas de seguridad. El predicador nunca es deseoso de la controversia combativa. Debemos, como Pablo en Filipenses 3:18, incluso lidiar con falsos maestros a través del “llanto”. 

No hay espacio para la manipulación pasiva-agresiva en la reprensión del predicador. Para informar a las personas de manera concisa y clara sobre las consecuencias de su error, se requiere que un predicador sea sincero y honesto. Se logra poco cuando los predicadores intentan reprender a las personas con “indicios“. 

Lo mejor es una reprensión abierta, que un amor que se oculta (Prov. 27:5). El predicador que reprende prueba que él ama y protege al Pueblo de Dios. 

Exhortar (2 Timoteo 4:2e) 

El predicador debe afligir a los cómodos y confortar a los afligidos. Él debe caminar con su gente y ser una voz de ánimo, ya que son tomados cautivos por la gracia de Dios. Llevar a las personas a un lugar de gran convicción, y ofrecer una corrección clara, pero no ofrecer ánimo es simplemente colocar carga en las personas y alejarlas. La exhortación es un llamado a la acción a través de la gracia y el poder que el Espíritu Santo provee. El predicador proclama la verdad y anima a las personas a caminar en una manera digna de su llamado y mirar a Cristo como el Autor y Consumador de la fe. 

Lamentablemente, la exhortación es a menudo mal interpretada como una licencia a dar rienda suelta a las personas, pero esto ofrece poca ayuda a raíz de semejante atadura. Tenemos una mala exhortación cuando confinamos a las personas como el evangelismo en carro o el discipulado en carro. Cuando un predicador es atrevido con las personas desde el pulpito, y luego está muy ocupado de estar con las personas en su caminar diario después del sermón, la exhortación ha sido apenas alcanzada. Es un predicador de la torre de marfil que aparece una vez a la semana en el púlpito pero no acompaña a las personas durante toda la semana. Ese estilo de ministerio no es lo que Pablo tenía en mente cuando él instruyó a pastores y predicadores. 

Al final, Pablo dice que la proclamación de un predicador debe incluir un elemento esencial: “gran paciencia e instrucción” (2 Tim. 4:2f). No se gana a la gente a la verdad con golpes verbales. Tal predicación es fácil. Cualquiera puede ser enojado y usar la Biblia como un martillo, pero Pablo pone fin a este método del predicador al elevar la barra. Traducido al inglés como “paciente”, la palabra griega makrothume (significado de permanecer debajo; o perdurar), hace esto más claro que en la proclamación de todo predicador, él debe ser paciente con las personas. Eso es lo que lo distingue como portavoz de Dios.  

En el tema de una predicación efectiva H.B. Charles Jr. Escribió, “Nuestra predicación no es la razón por la cual la Palabra funciona. La Palabra es la razón de que nuestra predicación funciona. 

Siempre recuerda: las iglesias no mueren. La voz de Dios en ellos hace que cuando un predicador no predica la Palabra, y las personas fallan en demandar que la Palabra sea predicada. 

Predica la Palabra.