Uno de mis himnos favoritos de todos los tiempos es el clásico «De maneras misteriosas», por William Cowper. Hace muchos años atrás, cuando leí la letra del himno por primera vez, decidí memorizarla, y desde entonces me ha ministrado de forma constante. En especial, amo los versos tres y cuatro: 

Alentaos, santos temerosos. Esas negras nubes que tanto temen están llenas de misericordia y romperán en bendiciones sobre sus cabezas. No juzguéis por los sentidos al Señor, sino confiad en Él por Su gracia; detrás de cada providencia que frunce el ceño, Él esconde una sonrisa. 

Me encantan esos versos porque me recuerdan que la adversidad y el dolor son una parte inevitable de la vida en este mundo caído. Jesús mismo se los dijo a Sus discípulos llegando al final de su ministerio en la tierra cuando usó estas palabras: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Jn. 16:33 énfasis añadido). El apóstol Pablo también les advirtió a los cristianos que, por tratar de seguir a Cristo en sus vidas, enfrentarán adversidad y oposición de manera inevitable (2 Tim. 3:12). El himno de Cowper no mitiga esta realidad, como tampoco mitiga el hecho de que esas adversidades duelen en verdad. 

Hubo períodos en mi vida en los que la adversidad y el dolor parecían ir y venir como olas en la playa. Cuando una dificultad retrocedía, venía otra y golpeaba. En esos momentos, era difícil no ser, en las palabras de Cowper, un «santo temeroso», mientras esperaba que la siguiente ola de adversidad me golpeara. En esos momentos, era difícil no «temer» las nubes de tormenta negras y llenas de lluvia porque sé el dolor que traen consigo de manera inevitable. 

Esos períodos me brindaron una apreciación profunda del hecho que Cowper toma esas situaciones difíciles sin rodeos en su himno. No se burla de ellos. Desde luego, parte de la razón de esto es que al mismo Cowper no le eran extraños la adversidad y el dolor. Entendió por completo su inevitabilidad y el dolor que traen aparejados. 

Pero me encantan los versos tres y cuatro del himno de Cowper no solo porque apuntan a la realidad del sufrimiento, la adversidad y el dolor que esas cosas traen a nuestras vidas. Me encantan porque, después de recordarnos esas cosas, nos conducen a la esperanza que tenemos en Cristo; es decir, que nuestro Dios es soberano sobre esas cosas y todas obran para nuestro bien (Rom. 8:28). Aunque quizá no podamos ver a Dios en medio de la tormenta, podemos, sin embargo, saber que Él está ahí y que quiere nuestro bien aún por medio del dolor. Como Cowper dice, Dios siempre «esconde una sonrisa» detrás de cada «providencia que frunce el ceño». 

Sin esta esperanza, solo podemos maldecir nuestra mala suerte cuando la adversidad viene a nuestras vidas porque no hay otra razón por la que venga. Sin esta esperanza, todas las adversidades y dificultades no tienen sentido y deben evitarse a toda costa. ¿Por qué una persona tiene cáncer y otra no? ¿Por qué una persona pierde su trabajo y otra no? Lejos de Cristo, no hay razón para explicar esas cosas más que por mala suerte. Pero los cristianos pueden ser consolados al saber que, por más difíciles que sean las circunstancias, no son dolores sin sentido. Dios quiere nuestro bien en y por medio de la adversidad. 

Se debe mencionar que Dios tiene una asombrosa cantidad de bien planeado para Su pueblo en y por medio de esos períodos tormentosos. Como Cowper dice, las nubes de tormenta están «llenas de misericordia» y listas para romper en bendiciones sobre nuestras cabezas. No es solo que Dios tenga en mente la menor cantidad de bien posible, pues difícilmente harían que el dolor valga la ganancia que recibimos. Más bien, las nubes de tormenta están llenas, listas para estallar y derramar bendiciones sobre nosotros. No es una llovizna; es un diluvio. Y eso es lo que Dios quiere para sus hijos en y por medio de esos períodos tormentosos de la vida. 

Al decir esto, recuerdo algo que el predicador bautista del siglo XIX Charles Spurgeon dijo una vez sobre la adversidad y el dolor. Dijo que si tuviera que tomar todo el bien que recibió de los tiempos fáciles y soleados de su vida y agruparlos, todos entrarían en un dedal; pero si tomara todo el bien que recibió de tiempos difíciles y tormentosos y los agrupara, la cantidad sería incalculable. Spurgeon sabía que en verdad Dios tiene más bien planeado para nosotros en y por medio de la dificultad que lo que podemos darnos cuenta. Necesitamos recordar eso cuando pasamos por la adversidad y el dolor. Las nubes de tormenta que «tanto tememos» ciertamente están «llenas de misericordia» y están listas para romper en bendiciones sobre nosotros. 

El apóstol Pablo entendió esto y nos los dice en tantos lugares como en 2 Corintios 12:10. Me parece fascinante que Pablo no dice lo que quizá nosotros esperaríamos en este versículo, en especial por el hecho de que Dios responde a sus oraciones, cuando dice: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (v. 9). Dada esta respuesta, esperaríamos que Pablo dijese en el versículo 10 «porque cuando soy débil, entonces Él es fuerte» (énfasis añadido). Si el poder de Dios se perfecciona en la debilidad, entonces parecería que «el aguijón en la carne» le mostraría al mundo que Dios es fuerte. Pero Pablo no dice eso. En cambio, dice «porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (énfasis añadido). Su punto principal parecería ser un reconocimiento de que la adversidad es un camino hacia la fortaleza y la bendición.  

El aguijón en la carne fue lo que Dios usó para traer las mayores bendiciones a Pablo. Fue la «providencia con ceño fruncido» detrás de la que Dios escondía su «sonrisa».