Podemos alejarnos de Dios con nuestras Biblias abiertas frente a nosotros.

Somos tan propensos a desviarnos que cualquier actividad puede ser una oportunidad para el pecado, incluso leer la Palabra de Dios. Aunque pudiéramos asumir que las actividades que tienen el propósito de hacernos crecer en santidad—la oración, la comunión, la lectura de la Biblia—están exentas de tal tentación, aun así podemos fracasar en darle la gloria a Dios cuando nos concentramos en las Escrituras.

Los fariseos tuvieron este problema con su lectura de la Biblia. Y Jesús llegó al corazón del asunto: «Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Juan 5:39-40).

Los fariseos escudriñaban las Escrituras con diligencia. Habían dedicado todas sus vidas a memorizar y a obedecer la Ley de Moisés. Sin embargo ¿qué les señala Jesús? Él dice que ellos no vieron el letrero con luces brillantes que decía «el Mesías».

Los fariseos conocían la Palabra de Dios, pero no reconocieron a Jesús. Nunca dejaron que la Palabra de Dios penetrara en sus corazones para que desearan al Mesías y lo recibieran cuando llegara.

Imagina que tomas un interés por tus antepasados, creas un árbol genealógico de tu familia y aprendes todo lo que puedes acerca de tus abuelos. Sabes donde nacieron, su historia, donde trabajaron, cómo se conocieron, y así sucesivamente. Ahora imagina que ellos entran a tu cocina justo cuando te estás sentando para cenar, pero no los reconoces. No te levantas para abrazarlos lleno de emoción. Esto es apenas un reflejo de lo absurdo que es leer las Escrituras y no ver a Cristo.

Cómo no leer la Biblia

Nos maravillamos ante la ceguera de los fariseos, sin embargo, muchos de nosotros tenemos el mismo problema.

Tenemos el mismo problema que ellos cuando, en nuestro estudio de la Biblia, nos asombramos con Hebreos 4:15 «…no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas», no obstante, no nos acercamos a Su trono en confianza para orar. No glorificamos a Dios en nuestra lectura de la Biblia cuando la estudiamos diligentemente, pero nuestro estudio nunca enciende un fuego por la oración en nuestro interior.

Tenemos el mismo problema cuando llegamos a Apocalipsis 5:13: «Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos», pero esta visión de adoración celestial no mueve nuestros corazones a responder de la misma manera. No glorificamos a Dios en nuestra lectura de la Biblia cuando avanzamos en nuestro plan de lectura, sin embargo, nuestro estudio nunca nos para en seco en adoración a Dios.

Tenemos el mismo problema que los fariseos cuando memorizamos el Salmo 121:1-2: «Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor,

que hizo los cielos y la tierra» pero no acudimos a Dios en tiempos de necesidad. No glorificamos a Dios en nuestra lectura de la Biblia cuando acumulamos fichas de versículos memorizados, no obstante nuestra memorización nunca nos ayuda a correr a Dios buscando refugio cuando vienen las pruebas.

No leemos la Biblia para glorificar a Dios cuando buscamos conocimiento acerca de Dios, pero nunca encontramos a Dios—cuando el conocimiento que buscamos nunca llega a nuestros corazones.

Lo que anhelamos ver

En contraposición a esto, leemos la Biblia para la gloria de Dios cuando vemos a Jesús en ella y encontramos gozo.

Ahora, debemos guardarnos de no caer del otro lado del precipicio. Es decir, todo lo anterior no significa que abandonamos el conocimiento por un encuentro místico cuando abrimos una página aleatoria de la Biblia cada mañana. No, buscamos con avidez verdades acerca de Jesús. Sin embargo, la diferencia es que usamos esta búsqueda de información para ayudar a nuestros corazones a sentir correctamente.

¿Cuándo fue la última vez que sentiste que lo único que deseabas era seguir leyendo y orando, incluso cuando tu reloj te decía que debías irte al trabajo? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste que simplemente tenías que compartir con alguien lo que leíste? ¿Cuándo fue la última vez que te topaste con un pasaje que inmediatamente te llevó a arrodillarte en oración por ti mismo o por un amigo (o incluso tal vez por un enemigo)? ¿Cuándo fue la última vez que tu corazón saltó de gozo cuando Dios abrió tus ojos para ver las maravillas de Su Palabra? La razón por la que hacemos el arduo esfuerzo de pensar en la Palabra de Dios es para ver a Jesús claramente y para disfrutarlo correctamente.

Leemos nuestras Biblias para la gloria de Dios cuando «nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2 Corintios 3:18). Miramos al rostro de Jesús cuando abrimos la Palabra de Dios y Él nos transforma. Nosotros recibimos el crecimiento y Él recibe la gloria.

Una ayuda rápida

Necesitamos ayuda para leer de la manera que Dios desea que leamos. Si se nos deja a nuestras propias estrategias, inevitablemente caeremos en la trampa de leer con nuestras cabezas y sin nuestros corazones. Necesitamos ayuda, pero tenemos un Ayudador. Jesús consoló a sus seguidores con estas palabras: «Cuando venga el [Ayudador[1]], a quien yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí» (Juan 15:26).

Pablo describe el proceso cuando dice: «Considera lo que digo, pues el Señor te dará entendimiento en todo» (2 Timoteo 2:7). Nos esforzamos por entender la Palabra de Dios y Él nos da el entendimiento. El Espíritu Santo nos guía en nuestra lectura para que no nos quedemos con el conocimiento, sino que verdaderamente entendamos, veamos a Jesús y prosigamos a un cambio de corazón y de acción.

Así que oramos: «Espíritu Santo, guíame en la verdad (Juan 16:13). Al abrir mi Biblia esta mañana, ayúdame a ver a Jesús». Oramos junto con David: «Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua» (Salmos 63:1).

Oramos: «Dios, cuando lea esta mañana, ayúdame a encontrarte. Ayúdame a contemplar la gloria de tu Hijo. Llévame más allá del simple conocimiento de las palabras y ayúdame a verte. Ayúdame a sentir correctamente sobre las palabras que leo; y entonces, al ver tu bondad hacia mí en tu Palabra ¿transformarías la forma como crío a mis hijos, como trabajo y como interactúo con los demás?».

Necesitamos ayuda, pero tenemos un Ayudador. Dios ama encontrarse con nosotros cuando oramos pidiendo verlo en Su Palabra.

 

[1] Aunque en las traducciones de la Biblia en español casi todas usan Consolador, el término Ayudador va acorde con la connotación de la palabra griega. (N. del T.)