Hace dos años, seis meses y ocho días que soy extranjera. Atrás quedaron mi madre, mi hogar, mi idioma, mis costumbres, mi gente… Si en el pasado alguien me hubiera dicho que viviría en un país extraño no lo hubiera creído, pero Dios tiene inexorables maneras de cambiarnos los planes y el rumbo.   

A lo largo de la historia de la humanidad hemos visto los desplazamientos de millares de inmigrantes y refugiados. La gran mayoría huyen de sus países de origen por causa de las guerras, dictaduras, hambrunas o por las crisis sociopolíticas y económicas que afrontan. Algunos han perdido sus vidas durante la huida, y otros, después de pasar hambre, sed y numerosas penurias, llegan a nuevas naciones con la esperanza de hallar paz, libertad y calidad de vida. 

El alma de un extranjero palidece de miedo por la incertidumbre de no saber con lo que se va a enfrentar. Sale de su país con poca ropa, con algo o nada de dinero, y con la esperanza de superar todos los obstáculos: pobreza, discriminación, un nuevo idioma, costumbres extrañas, personas diferentes… 

Tomar la decisión de convertirse en un expatriado no es fácil. Generalmente, los migrantes son forzados al exilio. Dejan sus hogares, familia, amigos y la mitad de su corazón en la tierra que los vio nacer. Aunque sean acogidos por un grupo de personas en el país que los recibe, siempre habrá otro grupo humano que los discrimine por sentirse amenazados con su presencia.  

Dios ordena a todos, en todas partes, amar, respetar y ayudar al extranjero: “Porque el Señor … hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido. Mostrad, pues, amor al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto” (Dt.10:17-19). 

El libro de Éxodo narra cómo Moisés, con la ayuda y dirección del Señor, movilizó a una gran masa de seres humanos que tenían cuatrocientos años esclavizados en Egipto. A pesar de ser una tarea nada sencilla, milagrosamente lograron cruzar el Mar Rojo con la esperanza de llegar a la Tierra Prometida. Pero en vez de llegar a su destino, acamparon en el desierto y se quedaron ahí por cuarenta años. ¡Cuarenta años en el desierto! Eso es mucho tiempo ¿no te parece? Cuarenta años vagando de un lado a otro sin hallar un lugar permanente donde establecerse y echar raíces, cuarenta años anhelando un verdadero “hogar”. Algunos envejecieron y murieron sin haber entrado a la tierra prometida. En aquellas circunstancias el pueblo hebreo clamó, y lloró. Todos protestaron y se quejaron contra Moisés diciendo:  

“¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto! ¿Y por qué nos trae el Señor a esta tierra para caer a espada? Nuestras mujeres y nuestros hijos vendrán a ser presa. ¿No sería mejor que nos volviéramos a Egipto?” (Nm. 14:1-3). 

¿No son esas las mismas preguntas quejumbrosas que nos hacemos nosotras cada vez que dudamos del amor y la fidelidad de Dios? ¿Qué hago en este país? ¿Por qué Dios me ha traído a esta tierra a pasar calamidades? ¿Acaso se olvidó de mí? Si Dios es justo y bueno ¿por qué permite que viva circunstancias tan duras? Y así se nos van pasando las semanas, los meses, los añosla vida murmurando y olvidando de dónde Dios nos sacó.   

Amada hermana, lo que hoy tú y yo estamos padeciendo está en el perfecto orden divino. De la misma manera en que Dios llevó a Israel al desierto nos traslada a nosotras. Todo es parte de su buen plan. El desierto es la vara de Dios para disciplinar a sus hijas, probar su fe, y mostrarles el estado de su corazón.  

[El Señor] te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor (Dt. 8:3) 

La mayoría de las veces nos comportamos como los israelitas. Deambulamos por la vida deseando el pan físico para saciar nuestros estómagos, pero despreciamos el Pan de vida, la más grande provisión de Dios para redimir nuestras almas. Entonces, por Su gracia e infinito amor, el Señor nos lleva al desierto para que le conozcamos y tengamos una relación íntima y personal con Él.  

El desierto es la escuela de Dios. Allí nuestro Padre nos humilla y quebranta para enseñarnos a confiar, no en nuestra astucia, inteligencia, habilidades o títulos académicos, sino en Él.  

Dios no nos deja solas en el desierto

Cuando los israelitas tuvieron hambre clamaron al Señor y Él los alimentó con el maná celestial, una comida temporal. A nosotras, en cambio, nos ha dado a Jesucristo, el Pan que descendió del cielo; el que coma de este pan no morirá, sino que vivirá para siempre (Jn. 6.58). Cuando los irrealitas tuvieron sed, Dios hizo que brotara agua de una roca, mas Jesucristo es el manantial que brota para vida eterna (Jn 4:14). No temas a la disciplina del Señor. Si eres hija legítima de Dios debes saber que el desierto es bueno para ti. Porque, ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline?  

Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor,
ni te desanimes al ser reprendido por Él;
porque el Señor al que ama, disciplina,
y azota a todo el que recibe por hijo (Heb. 12:6). 

El desierto puede venir en forma de éxodo, enfermedad, soledad, tristeza, pobreza, duelo… pero si en verdad permanecemos en la fe, bien cimentadas y perseverantes, sin movernos de la esperanza del evangelio que hemos oído, podemos soportar con gozo en el espíritu todas las circunstancias que el Señor ha provisto para nosotras.  

Cuando pienso en Abraham y en Sara, su amada esposa, mi alma se regocija en Dios. Pues por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció, saliendo para un lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber adónde iba. Y por la fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en tierra extraña, viviendo en tiendas como Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Heb 11:9). 

Meditar en la vida de los patriarcas me recuerda que soy extranjera y peregrina sobre la tierra. En este mundo estoy de paso. Este no es mi hogar permanente. Por eso mi alma redimida añora la Patria celestial, la Ciudad de Dios, donde tengo ciudadanía y herencia eterna (Fil. 3:20).  

Allí, en la Jerusalén celestial, nos aguardan los ángeles que alaban a Dios día y noche junto con todos aquellos a quienes Dios trató como a hijos e hijas, y a quienes les dio el derecho de vivir en el cielo gracias a la sangre que Jesús derramó al morir, y por la cual nuestros pecados han sido perdonados.  

Pero mientras vivamos en este mundo roto debemos tener cuidado de cómo vivimos. No rechacemos la disciplina del Señor como lo hicieron los israelitas en el desierto, al contrario, suframos con gozo en el espíritu, añorando las moradas eternas, “sabiendo que la prueba de [nuestra] fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que [seamos] perfectos y completos, sin que [nos] falte nada (Stg.1:24). 

El desierto forma parte del plan de Dios para prepararnos para Su gloria

En mi desierto aprendí… 

A poner mis ojos en Cristo y a desear, no mi país natal, sino uno mejor, mi Patria celestial, donde habita el Dios vivo y verdadero. 

Aprendí que mi ciudadanía está en el cielo y mi pasaporte es Cristo. Las leyes que rigen mi vida no son las que gobiernan este mundo caído, sino las que están impresas en mi corazón y rociadas con la Sangre del Cordero.  

Soy hija de Dios por gracia y tengo Su Espíritu como garantía de cada una de sus promesas. Ningún desierto, por más largo que fuere, podrá separarme del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. 

Aprendí a depender absolutamente de Dios y a rendirme a su Soberanía. Ya no me preocupo por el día de mañana, qué comeré o qué vestiré, porque Dios ha prometido proveerme de todas esas cosas. Yo ahora me ocupo de buscar Su reino, de anhelar los tesoros del cielo y de conocerle a Él, mi Salvador y Redentor, mi Rey eterno. 

Aprendí a amar y ayudar al extranjero. Porque al final de esta breve vida, cuando nuestro peregrinaje acabe, lo que realmente importará es cuánto de Cristo se formó en nosotras.  

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis” (Mt. 25:35).