Lo que es el día del Señor

Entre más vivo, especialmente como cristiano, más veo mi necesidad apremiante del día del Señor. Aunque alguna vez parecía ser ese día que podía tomar o dejar, he llegado a depender de él y ver la bondad de Dios al dárnoslo. Es un día que ignoramos en nuestro perjuicio. Mientras estaba de pie adorando el domingo, me encontré pensando en algunas cosas con respecto a lo que es el día del Señor…

El día del Señor es agua para el corredor sediento. Esta vida es una carrera, la cual nos deja fatigados y secos mientras constantemente nos “despojamos de todo peso” y “corremos con paciencia la carrera que nos queda por delante” (Heb. 12:1). Así como las estaciones que se encuentran a lo largo de la ruta de una maratón ofrecen agua para hidratar el cuerpo hasta el próximo intervalo, el día del Señor nos brinda el refrigerio espiritual que nos ayuda a seguir corriendo, aunque no durante toda la carrera, sino al menos, hasta la próxima semana.

Es el alimento para el peregrino hambriento. Como cristianos, somos peregrinos, gente que avanza intencionadamente en esta vida hacia la ciudad celestial que nos aguarda. Así como un buen ciudadano le brinda comida a un peregrino necesitado, el día del Señor es la amorosa provisión de Dios para nuestro sustento espiritual. Nos da lo que necesitamos y lo que no podemos generar desde dentro de nosotros mismos.

Es el descanso del trabajador fatigado. Dios nos creó para trabajar en esta tierra. Pero cuando el pecado entró a este mundo, también lo hicieron la fatiga y la frustración, pues “la creación fue sometida a vanidad” (Rom. 8:20). El día del Señor nos brinda un período de descanso de nuestras labores del día a día y en el cual ponemos nuestra confianza en que, así como Dios en Cristo ha suplido cada una de nuestras necesidades espirituales, también suplirá cada una de nuestras necesidades físicas.

Es una celebración para el afligido. La vida en un mundo como éste viene acompañada de muchas aflicciones. Las aflicciones surgen desde dentro cuando luchamos con nuestra propia debilidad y pecaminosidad, y las aflicciones nos llegan desde afuera cuando alguien peca contra nosotros, cuando soportamos el sufrimiento de nuestros seres queridos y cuando somos testigos de las brutalidades ocasionadas a otros. El día del Señor nos invita a una celebración semanal en la cual conmemoramos la victoria de Cristo en la cruz y nos anticipamos gozosamente a Su regreso.

Es una reunión para los solitarios. Jesús advirtió que muchos de quienes le seguirían lo harían a expensas de relaciones familiares y a costa de amistades. Sin embargo, también nos dio la certeza de que los lazos que compartimos en el Espíritu Santo son más fuertes que cualquier otro, pues nos hace hijos e hijas de Dios. En el día del Señor, disfrutamos un encuentro semanal en el cual esta familia diversa se reúne para adorar, animar, asegurarse de que cada uno tiene lo necesario y, simplemente, para disfrutar la compañía mutua.

Es la educación para los ignorantes. Entramos a la vida cristiana siendo ignorantes —tenemos muy poco conocimiento de Dios y muy poco conocimiento verdadero de nosotros mismos. En el día del Señor, abrimos juntos la Palabra de Dios y aprendemos de ella. La Palabra nos enseña, nos amonesta, nos corrige y nos instruye en justicia para que podamos ser entendidos y estar equipados para vivir bien en este mundo (2 Tim. 3:16).

Es el campo de entrenamiento para desarrollar los dones espirituales. Dios dispensa dones a cada uno de los Suyos, y el día del Señor nos ofrece el campo de entrenamiento más natural para aprender a utilizarlos, así como también es el contexto más natural para ejercitarlos. El momento en que nos reunimos es cuando tenemos oportunidades especiales de usar esos dones para el bien de los demás y para la gloria de Dios: el que tiene el don de animar a otros, anima; el que tiene el don de enseñar, enseña; el que tiene el don de la generosidad, da; y así, sucesivamente.

Es la seguridad para el pecador culpable. Aunque somos justificados por Dios y somos santificados continuamente, seguimos siendo pecadores que transgredimos Su ley todos los días. Seguimos sintiendo vergüenza y culpa por nuestros muchos pecados. El día del Señor nos da la oportunidad de confesar estos pecados y de que se nos recuerde la certeza del perdón amoroso y total de Dios. Aunque ningún hombre tiene la potestad o la responsabilidad de perdonar pecados, el pastor tiene el gozo de llevar a la iglesia a confesar sus pecados y de asegurarles a los que se arrepintieron que son perdonados.

Es el rescate de los imperdonables. Aunque los servicios de adoración son principalmente una reunión de y para cristianos, los incrédulos también están invitados y cálidamente animados a asistir. Cada sermón debe incluir alguna explicación de las buenas noticias del evangelio para que los que nunca las oyeron ni creyeron puedan arrepentirse y ser salvos. De este modo, el día del Señor sirve como un tiempo de rescate en el cual los perdidos pueden ser salvos.

Mientras la vida continúa, descubro más y más que el día del Señor no es simplemente el comienzo de una nueva semana, sino el eje central de mi existencia. No puedo, o por qué no, no podría seguir mi vida sin él. Agradezco a Dios eternamente por dárnoslo y por haberlo ordenado amorosamente


Imagen por Rudy and Peter Skitterians desde Pixabay