Lo que perdimos cuando perdimos nuestros himnarios

[dropcap]N[/dropcap]o creo que debamos volver al uso de himnarios. Pero sí creo que es provechoso considerar lo que perdimos cuando, en el transcurso de un periodo de tiempo relativamente corto, cambiamos los himnarios por un proyector. No todos lo hemos hecho, es cierto, pero la mayoría. Vale la pena considerarlo porque esto nos muestra útilmente lo que nos exponemos a perder cuando pasamos de un medio a otro, y especialmente cuando lo hacemos tan rápidamente y sin la debida consideración.

Si volviéramos veinte o treinta años en el tiempo, encontraríamos que la mayoría de las iglesias tenían himnarios. Los tenían porque era la mejor forma de proveerle a cada miembro de la congregación una copia de las canciones. Se escuchaba en todas las iglesias: «Abramos el himnario en el himno 154…». Y luego los himnarios se extinguieron y en su lugar comenzamos a mirar las letras proyectadas en una pantalla. Lo siguiente es parte de lo que perdimos en el proceso.

Perdimos un corpus establecido de canciones. Los himnarios comunicaban que una iglesia tenía una colección establecida de canciones. Esto, a su vez, comunicaba que sus canciones eran cuidadosamente revisadas y añadidas a su repertorio solo después de una atenta consideración. A fin de cuentas, no todos los días se escriben grandes canciones y su valor solo se prueba con el tiempo. Por lo tanto, los nuevos himnos eran escogidos cuidadosamente y añadidos en las nuevas ediciones de los himnarios solo ocasionalmente. Las iglesias actualizaban sus himnarios y, en consecuencia, su corpus establecido de canciones, solo cada diez o quince años.

Perdimos un conocimiento profundo de nuestras canciones. Cuando quitamos el himnario, ganamos la posibilidad de añadir nuevas canciones a nuestro repertorio cada vez que encontramos alguna que nos parece meritoria. Y lo hacemos: añadimos canciones todo el tiempo. Al añadir canciones con mayor regularidad, cantamos las viejas canciones con menor frecuencia. Esto reduce nuestra familiaridad con nuestras canciones, de modo que hoy menos de ellas están grabadas en nuestra mente y corazón. Pocas congregaciones podrían cantar aun los himnos más famosos sin la proyección de la letra.

Perdimos la capacidad de hacer armonías. La himnodia se desarrolló en un tiempo cuando la instrumentación era secundaria respecto a la voz. Los himnos generalmente se escribían para que se pudieran cantar a capela o con mínima instrumentación. Por ese motivo, los himnarios casi sin excepción incluían la música tanto para la melodía como para la armonía y las congregaciones aprendían a cantar las partes. La pérdida del himnario y el paralelo surgimiento de las bandas de adoración han reducido nuestra capacidad de armonizar y así cantar al máximo de nuestras capacidades.

Perdimos la capacidad de cantar hábilmente. A medida que las congregaciones han perdido el conocimiento de sus canciones, han perdido la capacidad de cantarlas bien. Tendemos a compensar nuestra pobre interpretación de las canciones subiendo al máximo el volumen del acompañamiento musical. La pérdida de la voz ha cedido terreno al volumen del amplificador. Esto ha causado que nuestra música esté dominada por unos pocos músicos y tal vez un par de vocalistas con micrófono, mientras que la congregación general solo desempeña un rol minúsculo. En efecto, a menudo pareciera que lo único que queremos de la congregación es su entusiasmo.

Perdimos la capacidad de tener las canciones en nuestro hogar. Los himnarios normalmente estaban en la iglesia, descansando de lunes a sábado en los pequeños estantes detrás de los bancos. Pero la gente además compraba himnarios y los llevaban a la casa para que la familia también pudiera tener ese corpus establecido de canciones. Las familias solían cantar unidas como parte de su adoración familiar. Es fácil imaginar a una familia cantando «Estoy bien con mi Dios» después de cenar juntos, pero es casi imposible imaginarlos cantando «Océanos».

Tal vez sea demasiado tarde para volver al himnario. No estoy totalmente convencido de que debamos hacerlo. Pero aún vale la pena considerar lo que perdimos en el trayecto y la manera en que el canto congregacional ha sido sumamente transformado por lo que puede haber parecido un simple y práctico cambio de medio. Ese pequeño cambio del libro al proyector lo cambió casi todo.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Challies.com.