Somos personas con prisa todo el tiempo. Llevamos vidas aceleradas en una cultura acelerada. Nunca logramos ir lo suficientemente rápido como para mantenernos al corriente; nunca hacemos lo suficiente para completar cada tarea; nunca logramos lo suficiente para satisfacernos a nosotros mismos ni a los demás. Pero aun así intentamos seguir adelante, aun así nos apresuramos.

Sin embargo, la vida cristiana tiene una manera de desafiarnos, de detenernos en  nuestros afanes. Nos desafía el hecho de que el estado ordinario de las cosas en lo que respecta al crecimiento espiritual es más lento de lo que nos gustaría y más lento de lo que habríamos esperado. Nos desafía a no esperar atajos, sino a aceptar avances lentos. Nos desafía a tener confianza en el proceso.

Como individuos, crecemos en nuestro entendimiento de los caminos y las obras de Dios no solamente leyendo la Biblia una vez, sino leyéndola cien veces. La leemos y poco a poco, día a día, llegamos a comprender y aplicar sus verdades. No nos damos por vencidos después de leer la Biblia completa una vez o después de leerla durante apenas un año. Más bien, mantenemos nuestra confianza en un proceso largo, y con el paso de años y décadas llegamos a conocerla y a ser transformados por ella.

Como congregaciones, crecemos en santidad no simplemente escuchando un sermón, sino escuchando miles de sermones. La mayoría de los sermones no representan un gran avance en una carrera corta hacia la santidad, sino apenas un par de centímetros a un paso arrastrado. Durante esos 45 minutos, escuchamos, luego nos desviamos, oímos, luego nos distraemos, dejamos que nuestras mentes y corazones se conecten con el sermón, pero luego nos damos cuenta de que de alguna manera se han desconectado. Sin embargo, a través de cientos y luego miles de estos sermones, nos damos cuenta de que nuestras mentes se han renovado de manera sustancial y nuestros corazones se han transformado de manera alentadora. Dios trabaja a través de Su Palabra siempre y cuando nos conformemos al proceso y no nos rindamos demasiado pronto.

Como padres, les enseñamos a nuestros hijos a conocer a Dios y a obedecer Su Biblia. Y sí, tenemos oportunidades esporádicas de hablar largo y tendido, pero la mayor parte de nuestro trabajo se da en breves intercambios de palabras y prolongados hábitos devocionales. Nuestros hijos llegan a seguir a Cristo no a través de un momento transformador, sino a través de veinte años de momentos mayormente olvidados. Mientras que esas citas especiales y exclusivas con papá o los fines de semana de viaje son muy importantes, lo que más importa es que afirmemos y reafirmemos nuestra confianza en cómo Dios obra, y que confiemos en que Él llevará a cabo su trabajo a lo largo de los años.

En todos los aspectos de la vida cristiana, necesitamos tener y mantener la confianza en el proceso. Tenemos que creer que Dios realmente hace su obra y que realmente la hace a través del tiempo. Con demasiada frecuencia, le damos más importancia al crecimiento que podemos obtener en una semana, pero subestimamos el crecimiento que podemos obtener en un año. También le damos más importancia a lo que Dios hará en nosotros durante un año, pero subestimamos lo que Dios logrará en nosotros durante toda una vida se sujeción a Su proceso, a Sus grandes medios de santificación. Aunque es correcto ser rigurosos con nuestro pecado, también lo es ser pacientes con nuestro crecimiento.