El gran día llegó. El vestido de novia es hermoso, los zapatos están impecables, cada detalle en ti es perfecto para este momento con el que has soñado desde que te cruzaste con ese hombre maravilloso que es tu mejor amigo y que ahora está a punto de convertirse en tu esposo. Un nudo en el estómago te acompaña, tienes muchísimas emociones contenidas y estás llena de ilusiones. No puedes esperar más para decir “sí acepto”. 

Llegas a la luna de miel con grandes maletas que, además de ropa hermosa, guardan un montón de expectativas. Expectativas sobre la felicidad que nunca se agotará, la firme intención de no repetir la historia de tus padres, la convicción de llegar a acuerdos rápidamente por el bien del matrimonio, la intimidad en pareja… podría seguir con la larga lista que has traído contigo. 

Adiós expectativas 

La esperanza que se demora enferma el corazón, pero el deseo cumplido es árbol de vida”. (Prov. 13:12) 

Llegamos al matrimonio deseando ser “felices para siempre”. Nos emocionan las primeras veces de muchas experiencias que estamos a punto de vivir. Aunque algunas cosas no salen como esperas, sonríes con optimismo con la esperanza de que la siguiente ocasión sea mejor.  

Con el paso del tiempo, te das cuenta de que algunas situaciones no mejoran y de que esta es tu nueva realidad. Este descubrimiento viene acompañado de sueños rotos, frustración y enojo. Algunas expectativas están tan lejanas de tu realidad que te despides de ellas. 

Caos a la vista 

Nadie desea iniciar un matrimonio para fracasar o ser lastimado, pero en ocasiones nos enfrentamos a situaciones que hieren profundamente nuestro corazón y nuestra relación de esposa-esposo. Esto nos lleva a afirmar que el matrimonio no era lo que esperábamos.  

Con frecuencia, olvidamos que nos hemos casado dos personas pecadoras con una total necesidad de Cristo y en camino a ser transformadas. Al decir “sí acepto”, omitimos la verdad descrita en Rom. 3:23: “por cuanto todos pecaron”. “Todos” te incluye a ti, a mí y a nuestros esposos.  

El pecado implica traer al matrimonio el egoísmo, el enojo, los temores del pasado y las frustraciones del presente. 

Reconocer la condición de tu corazón es el primer gran paso para entender que el pecado que hay en tu vida posiblemente dañe a tu esposo. Debes reconocer que no necesitas terapia en pareja urgentemente: necesitas un salvador, que es Cristo Jesús, quien te ofrece el regalo de ser restaurada, renovada y salvada de una muerte eterna separada de Él. Esta es tu única oportunidad. 

Reconoce tus propias faltas 

  Si ahora comprendes tu estado de necesidad, te animo a que con valor pidas a Dios que te muestre con amor aquellas actitudes, pensamientos y palabras que pudieran estar dañando tu vida, tu matrimonio y tu relación con Cristo.  

Sé sincera con Dios y atrévete a orar de esta manera: “Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24). 

Antes de hacer una larga lista de los pecados y las ofensas de tu esposo, y de las expectativas que no ha cumplido, sé humilde para identificar tus propias faltas. Sé humilde para reconocer que necesitas someterte más a Cristo, sé humilde para detenerte y admitir que lo necesitas incluso cuando tu matrimonio marche “bien”. Sin importar el estado actual de nuestro matrimonio, necesitamos constantemente ser examinadas, perdonadas y ayudadas por el creador del matrimonio: Dios. 

Recuerda: Los que encubren sus pecados no prosperarán, pero si los confiesan y los abandonan, recibirán misericordia” (Prov. 28:13). 

¡No temas, hay esperanza! 

“No temas, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de mi justicia” (Isa. 41:10). 

Puede ser que tengas un esposo piadoso que haga más fácil la experiencia del matrimonio, tal vez tengas un esposo con corazón de piedra; pero, en cualquier caso, él carga con pecados y temores al igual que tú. Quizá pienses que te equivocaste al decidir casarte con este varón. Querida amiga, tienes que saber que hay esperanza en Dios. Busca la plenitud que anhelas en la persona correcta: Cristo. 

Plenitud significa estar completas en Él por medio de Su gracia y amor plasmados en la cruz. Tú, siendo pecadora, fuiste rescatada de la muerte solo por gracia y misericordia. El regalo de una amistad con Dios que no merecías te fue dado, y el castigo que sí debías recibir fue pagado por Jesús. Solamente al entender esta verdad, podemos vivir nuestras vidas matrimoniales de otra manera. 

Gran parte de nuestras frustraciones y enojos tienen su raíz en el egoísmo de pensar que solo merecemos recibir. Ahora ya sabes que obtenemos el amor de Cristo por gracia. Con esa misma compasión y amor, estemos dispuestas a respetar generosamente a nuestros esposos, perdonar profundamente las ofensas y obedecer voluntariamente a Cristo. 

No estás sola 

“Más valen dos que uno solo, pues tienen mejor remuneración por su trabajo. Porque si uno de ellos cae, el otro levantará a su compañero; pero ¡ay del que cae cuando no hay otro que lo levante!”. (Ecl. 4:9-10) 

Somos muchísimas mujeres pasando por este proceso de soltar las expectativas humanas y aferrarnos a la voluntad de Dios. Somos muchas las que hemos decidido llorar en los brazos de Cristo nuestra desilusión. Somos muchas las que hemos entendido nuestro verdadero valor y hemos sido sanadas y restauradas.  

Dios puede cambiar tu situación actual.  Amiga y hermana, no estás sola. Iniciativas Femeninas somos un grupo de mujeres tan humanas como tú, con una necesidad ferviente de Dios. Deseamos acompañarte en este momento difícil en tu matrimonio, orar por ti y contigo. 

No pienses que tu situación es tan mínima como para no contactarnos, ni tan dolorosa que no pueda ser escuchada. Cristo te ama, y nos sentimos bendecidas al poder ser sus brazos para ti en este momento. Escríbenos a if@sdejesucristo.org para compartirnos tus inquietudes.  

Una sola puede ser vencida, pero dos pueden resistir; amiga y hermana, vamos juntas animándonos en esta aventura llamada matrimonio, buscando la plenitud en Cristo. Él nos quiere regalar vidas, matrimonios y una eternidad en plenitud y santidad.  

Decir adiós a tus expectativas es soltar lo que no puedes controlar para sujetarte fuertemente a la obediencia a Dios. 

Oremos juntas 

Padre amado, conoces el corazón de cada una de las mujeres que leerán este escrito. Conoces todas y cada una de las expectativas rotas, de las ofensas, de las intenciones más íntimas de nuestro corazón. Examínanos y alértanos si estamos haciendo algo que te lastima y que daña a nuestro esposo; de igual manera, exhórtanos si dejamos de hacer algo que nutre y bendice nuestro hogar. Restaura nuestros corazones, límpialos. Danos nuevas fuerzas para disfrutar del matrimonio en plenitud de acuerdo con tu plan. En el nombre de Jesús, amén.