Meditando en los sufrimientos de Cristo | Parte 1

En el estudio de la doctrina de Cristo se suele hacer una distinción entre los estados de nuestro Señor durante la obra de redención. A saber, Su estado de humillación y el de exaltación. El primero comprende desde la encarnación hasta su muerte en la cruz -incluyendo Su sepultura- y el segundo desde Su resurrección hasta la ascensión. Esta distinción nos ayuda a entender mejor cada aspecto de Su obra.

A través de los siglos, la Cristología bíblica ha sido una materia que ha ocupado la atención y el interés de la iglesia cristiana. Páginas, libros, tratados y credos se han escrito acerca de la persona, los oficios, los estados y el sacrificio de nuestro Señor, como una evidencia de su gran importancia.

Ahora bien, tomando en cuenta lo extenso del asunto, querer describir con un solo artículo todo lo que sufrió Jesús desde el momento de su arresto hasta la cruz, sería una pretensión irrealista. Ni siquiera un sólo libro le haría justicia al tema. Sin embargo, en esta serie de artículos ‘Meditando en los sufrimientos de Jesús’ podemos hacer algunas consideraciones al respecto.

Un dolor más profundo que el físico

Para ser justos y precisos debemos mirar no solo a los relatos de la crucifixión que encontramos en los cuatro evangelios, sino también al Antiguo Testamento. En particular al Salmo 22 y al capítulo 53 de Isaías, entre otros, ya que estos son textos en su naturaleza mesiánicos, pues hacen referencia a la persona y al ministerio de Jesús, en particular a sus sufrimientos.

¿Por qué usualmente el elemento que más se acentúa tiene que ver con los padecimientos físicos de nuestro Señor? Es decir, el dolor físico de Jesús es lo que primeramente viene a nuestras mentes cuando pensamos en la cruz. Seguramente las películas que se han producido acerca de la crucifixión han contribuido a esta noción. Además el dolor físico es un aspecto común de la experiencia humana y por eso podemos identificarnos más fácilmente con él.

Pero a pesar que el dolor fue un factor de su humillación, hubo otra sensación que fue causa de un mayor dolor que los latigazos, los golpes y los clavos en sus manos y sus pies: el dolor que le produjo el abandono de sus discípulos. Y aunque este abandono empezó desde el momento de su arresto, también lo experimentó cuando colgaba en el madero.

“No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; Porque no hay quien ayude”(Salmos 22:11) decía el salmista en alusión a lo que Jesús experimentó.

Abandonado por Sus amigos

Los hombres somos consolados en medio de nuestro dolor cuando tenemos la compañía de los amigos. En ocasiones, ellos son los instrumentos que Dios usa para consolarnos en nuestras tribulaciones (2 Corintios 1:3-5). Sin embargo, todos sus discípulos lo dejaron en la hora más dura de su vida. Marcos es preciso al decir que luego del arresto de Jesús, “todos los discípulos, dejándole, huyeron” (Marcos 14:50).

Aun el mismo Pedro quien había procurado seguirle a distancia, lo negó tal como el Señor lo había profetizado (Mateo 26:69-75). Aquellos quienes convivieron con Él, habiendo sido recipientes y testigos de su poder, sabiduría y bondad, ahora estaban abandonando a Su maestro, dejándolo a merced de los soldados y solo en la cruz.

Esperanza en medio de nuestro sufrimiento

Todos sabemos que la tristeza es insoportable cuando lloramos solos. El sufrimiento sabe a desgracia, cuando la soledad asoma. Y nuestro Señor murió por nuestros pecados, sufrió el castigo que merecíamos y también fue humillado, saboreando el trago amargo del abandono de sus discípulos.

En virtud de estos sufrimientos sabemos que solo Él puede compadecerse de nosotros, porque también padeció y fue probado en todo según nuestra semejanza (Hebreos 4:15). Por eso, podemos confiar que tenemos un sumo sacerdote que puede entendernos y socorrernos en todo tiempo, aun cuando experimentamos el abandono de los más cercanos.