Hay momentos que nuestras afanosas actividades llegan a ser más importantes que la adoración a Cristo. Mis mañanas son como un torbellino de ocupaciones en casa; me resultan fatigosas cada una de ellas, aun cuando solo han pasado unas horas de haber iniciado el día. Esposo, niños, desayuno, lunch, mochilas y tareas especiales. Salgo rumbo a la escuela a dejar a mis hijos con una extraña sensación de urgencia.

Por fin encuentro un momento a solas, espacio perfecto para… más abrumadoras labores en casa, pendientes del ministerio, mails y asuntos por revisar. Me detengo para hacer la clase de los martes del grupo de mujeres y cuando me doy cuenta, está sonando la primera alarma anunciando la salida de la escuela de mis hijos. Se acabó mi tiempo a solas.

Esta premura continúa todo el día, todos los días hasta que algo lo cambia todo.

 Quédate en casa

La noticia de “quédate en casa” detuvo mi vida, mis planes y mi ajustada agenda. Y a pesar de estar en casa, aún había afán por mantener el equilibrio entre la familia, la casa, trabajo y ministerio.

Una linda mañana, mi Dios me sentó en un sillón y me invitó una taza de té. Después de un tiempo, por fin me encontró a solas. Y ahí, en ese lugar secreto, fluyó una plática maravillosa, mi corazón se vacío delante de Su Presencia y Su mano con cariño me abrazó. También me di a la tarea de escucharlo, ahí descubrí el estado de mi relación con Él.

A ti, ¿cómo te encontró Dios en medio de esta interrupción divina? ¿Cómo estaba tu relación personal con Él? Cercana y constante ¿o te encontrabas alejada, molesta con Su soberanía?, tal vez te halló creyendo que estabas “bien” espiritualmente.

Seamos sinceras, algunas de nosotras nos encontramos con agendas apresuradas, llenas de ocupaciones, pero, ¿dónde quedó lo que haces en privado con Dios? “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt. 6:6). Llenamos agendas públicas y a veces olvidamos que lo que hacemos en privado es lo mejor. No tengo duda que Dios nos ha puesto un largo periodo en casa para permitirnos ordenar prioridades.

Puede ser que en este tiempo en que Dios detuvo al mundo de forma abrupta atravieses días en los que tu paz sea robada, tus peores miedos emerjan, y hasta hay un indicio de lejanía con Dios. Es ahí donde se pone a prueba el lugar que has dado a cada cosa, incluyendo tu relación con Dios.

 ¿Afanada o a sus pies?

Esto me recuerda la historia de dos mujeres, Marta y María con las que quizá podemos identificarnos: “Mientras iban ellos de camino, Él entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Y ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc. 10:38-39).

Estas dos mujeres tenían algo en común, ambas amaban a Jesús; disfrutaban su compañía y su amistad. De igual forma Jesús amaba a estas hermanas de manera especial (Jn. 11:5). Además, existían contrastes entre ellas. Marta poseía un don especial de hospitalidad y servicio. Seguramente su hogar era un lugar cálido por lo cual Jesús decidió visitarlo en medio de un viaje a Jerusalén.

María, por su parte era observadora, le gustaba escuchar y aprender cada palabra de la boca de Jesús; tanto que en esta escena descrita en Lucas ella decide quedarse a los pies del Mesías para escucharlo y no perderse ni un solo detalle.

Pienso que ese día descrito, fue un día lleno de actividades como los que a veces tengo yo, el afán doméstico tenía abrumada a Marta y esto simplemente la hizo estallar contra su hermana María: “Pero Marta se preocupaba con todos los preparativos; y acercándose a Él, le dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo el Señor, le dijo: Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada” (Lc. 10:40-42).

Marta había elegido servir afanosamente, puso en primer lugar el servir al prójimo y decidió que esta era la clave para estar cerca de Cristo, esto la distrajo de lo importante. Pero observemos que Jesús dice que María había elegido la mejor parte, estar a sus pies.

Pienso que María también tenía responsabilidades en casa, pero esta mujer tenía sus prioridades claras: la adoración, la relación con Jesús antes que cualquier cosa.

 ¿Cuál de estas mujeres eres tú?

Puede ser que el servicio en el hogar, en el ministerio, a tus hijos o nietos, sea una forma hermosa de mostrarle a Dios tu amor hacia Él. Pero por encima del servicio y los afanes, nuestro Padre se agrada de un corazón que le adore, que le escuche y que se rinda a sus pies todos los días.

Este tiempo ha dejado al descubierto mucho de lo que hay en nuestros corazones, el lugar verdadero donde está nuestra confianza y la intención con la que hacemos las cosas. Nada de esto estaba oculto delante de Dios, pero algunas de estas cosas han quedado al descubierto delante de nuestros ojos.

No temas, Dios ama tanto a María como a Marta. Lo mismo hace contigo y conmigo, Él ha reservado este tiempo para que coopere para el bien de los que le amamos y hemos sido llamados conforme a su propósito (Ro. 8:28). Él desea que regresemos nuestra atención total a Cristo.

Más tiempos

Este tiempo me ha hecho meditar en mi plan personal con Dios, en dejar mi ocupada agenda en sus manos y que los tiempos a solas de risas, lágrimas y exhortaciones con Él tengan más, mucho más espacio en mi día a día.

¿Te atreves a reordenar tu relación con Dios? Recupera tu Biblia, no solo como herramienta de trabajo para bendecir a otros en público, ábrela para intimar en lo privado con Dios, solos tú y Jesús.

“Así que deja que la Biblia sea el lugar donde Dios se encuentre contigo y te hable, y permite que la Biblia sea el lugar donde tú le hables a Él. La relación está en esta comunión: Él hacia nosotros y nosotros hacia Él” – John Piper–