El ser humano siempre vive con expectativas. Todos estamos esperando un día mejor, o que la oportunidad que tanto deseamos llegue. Es normal que todos tengamos expectativas, sin embargo, éstas se convierten en un problema cuando las trasladamos al esposo como demanda y fuente. 

¿Dónde nacen esas expectativas? 

De lo que vemos y hemos aprendido. La cultura de este mundo permea de manera profunda y sutil. Los cristianos no son la excepción en cuanto a ser contaminados por la perspectiva mundana sobre asuntos que le pertenecen a Dios. El matrimonio es uno de ellos.  

Algunos padres enseñaron fielmente la Palabra de Dios a sus hijos, algunos no. Otras personas tuvieron mentores que les presentaron filosofías vanas. Algunas aprendieron sobre el matrimonio por observar el de sus padres, o por medio de películas, novelas, revistas y visión superficial de otros matrimonios.  

Aunque digamos “yo sé que los príncipes azules no existen”, muy en el fondo nuestras expectativas han sido alimentadas por todo lo que no ha sido renovado por la Palabra de Dios. Mientras transitamos en este mundo, parece más real la necesidad de nuestro príncipe azul, que no necesariamente es el mismo para todas, pero que apunta a la necesidad del verdadero Señor que suple todas nuestras carencias. 

Del pecado en el corazón engañoso 

Somos pecadoras. Nuestro corazón necesita ser transformado porque es engañoso, malvado y perverso. El corazón pecador nos miente al decirnos lo que realmente necesitamos: el esposo de mi amiga, el trato del esposo de mi prima, la forma de ser del pastor con su esposa, las palabras que le dijo este hombre a su novia, la forma de ser de mi padre con mi madre, y el hombre que elaboré en mi mente que considero es el que necesito y es justo tener. 

¡Vaya si el corazón nos engaña! La idolatría a nosotras mismas nos hace el centro de esas expectativas para responder equivocadamente a la gloria y dependencia absoluta de Dios. 

Las expectativas irreales en acción 

Solo piensa en las discusiones que tienes con tu esposo. Él hace algo que no te gusta, o vuelve ha decir algo que te lastima. Este pensamiento rápidamente se conecta con el estándar expectante que tienes de él.  

Has orado, soportado tanto, vas a la iglesia, sirves a tus hermanas, cuidas de tus hijos, y “¿dónde está mi recompensa?” Quizás piensas, “sé que no todo será perfecto, y no quiero alguien perfecto, pero…” Y la amargura crece hacia el egocentrismo.  

Si bien es cierto que tu esposo está llamado a crecer en santidad y obediencia, tu función no es ser el Espíritu Santo, sino ser su ayuda idónea aún cuando él no es todo lo que esperabas. ¿Por qué? Sencillamente, porque tú no eres Dios y tu esposo no es tu Salvador. 

¿Cuál es el problema? Primero, nuestro pecado. No me mal entiendas. Tu esposo también es pecador pero si te enfocas sólo en él, lo haces tu dios. Dejas de ver tu pecado. Dejas de crecer para el Señor.  

Te será más difícil sobrellevar las luchas de un matrimonio si te engañas pensando que el problema es tu esposo y su actuar, o minimizas tu pecado ante Dios justificando tu obrar.  

Segundo, nuestras expectativas. Tu esposo no está para hacerte feliz. Tu felicidad radica en Cristo. Tu esposo no está para ser la fuente de Verdad, identidad, alegría y seguridad. Cada una de éstas las provee Cristo completa y perfectamente.  

Tu satisfacción en la vida no proviene de cómo es tu esposo, sino en que Cristo te ha salvado, amado y perdonado eternamente. Podemos tener expectativas bíblicas, pero aun estás serán formadas en tu esposo por Dios en Su tiempo, y te usa con tus fortalezas y pecados. 

Tu esposo da cuentas a Dios por su trato contigo como vaso frágil, si te limpia con la Palabra de Dios, ama y sirve como Cristo lo hizo con Su iglesia. Dios se encarga de lo que Él ha dicho que hará. ¿Puedes confiar en Dios?  

Seguramente no tienes el esposo que esperabas, pero si  él está en Cristo, seguramente el Espíritu Santo está obrando en Él pero en Su tiempo. Si tu esposo no está en Cristo, Dios está obrando en ti para mostrarle el evangelio a través de tu vida (1 Pe. 3:2).   

El punto es: ¿Para quién vives? ¿En quién esperas? ¿Quién es tu fuente de gozo e identidad? ¿Quién es el centro? ¿Tú o Dios? 

La gracia en la expectativa 

Dios te ha dado a la pareja que tienes aún si piensas que te equivocaste en el tiempo, en la edad, en las circunstancias, Él Soberano de tu vida ha permitido que tu esposo sea tu esposo hoy.  No hay otra mejor pareja para ti que la que tienes, ¡con todo y sus fortalezas y pecados! 

Podemos entender esto cuando conocemos que hemos sido creadas para la Gloria de Dios, (Ef. 1:6-10). Cuando conocemos que nuestro matrimonio es para Su Gloria (Ef. 5:25-27). Cuando conocemos que Dios nos está formando a la semejanza de Cristo (Ro. 8:29).  

Dios nos da estos propósitos. Cristo se ha dado por nosotras en una Cruz para acercarnos a Dios para siempre (Ro 5:9-11). El Espíritu Santo mora en nosotras convenciéndonos de pecado, obrando en nuestros deseos en el querer como en el hacer para obedecerle (Jn. 16:8; Fil. 3:12). Su Palabra es la lumbrera en nuestro camino para depender de Él (Sal. 119:105; Lc. 24:27).  Su Gracia nos sustenta en nuestra debilidad (2 Co. 12:9).  

Entiendo que no es fácil. Claro que no está supuesto a ser fácil, o no necesitaríamos a un Salvador poderoso. Vamos comprendiendo éstas verdades a medida que nuestro alfarero nos moldea y quebranta para ser usadas como instrumentos de redención en la vida de nuestro esposo.  

Nuestro esposo no es nuestro enemigo, ni la frustración más grande, si realmente lo amamos, desearemos su salvación y transformación porque nosotras estamos satisfechas en Cristo. 

Cuando ves a Cristo, tus expectativas dejan de ser una queja, un estorbo pecaminoso, y se convierten en una oración a Dios. Él moldeará tus palabras para pedir como conviene por tu esposo en la proporción que lees Su Palabra. Tu “yo” muere y Él crece. 

Hay una Gracia que te fue extendida en salvarte, una paciencia en cuanto a tu proceder por tus pecados. 

Las expectativas en La Persona Correcta 

Ora para colocar tus expectativas en el Único que las llena, completa y satisface, Cristo Jesús. ¡Se dio en una Cruz para ello! ¡Ya está hecho! ¡Él es todo lo que tu alma necesita!  

Hermana, deja tu queja, insatisfacción, frustración, que no niego puedan ser válidas, a los pies de la Cruz, llévalas a quien juzga tu caso con justo juicio. Espera en el esposo eterno para poder ser ayuda idónea y no una gotera rencillosa (Pr. 27:15-16).  

Cuando meditas más en lo que Cristo hizo por ti para comprarte y hacerte Su Novia, cada día  tu corazón será quebrantado por esta verdad, es una promesa.  Sólo así podrás comprender que tu esposo es otro pecador que necesita a Cristo, otro que seguro también tenía o tiene expectativas acerca de ti.  

Las emociones tienen su lugar dentro de nuestra vida, éstas necesitan ser informadas por Su Palabra que nos dirigirá a Cristo. El diario vivir es una lucha, desde las cosas más cotidianas, hasta las más grandes. Fácilmente podemos olvidar el depósito de Verdades que tenemos.  

Cristo comprende esto, aunque no pecó, fue humano como tú y yo, se compadece e intercede constantemente ante Nuestro Padre para que no decaigamos y permanezcamos creyendo que Él perfecciona Su obra. Podemos vivir confiadas y creer en Su Fidelidad de proveernos un corazón como el de Él.  

Cristo es todo lo que necesitamos. Si meditas en tu vida, Él siempre te ha estado buscando, cortejando para llamarte a ser Suya. Él es el verdadero amor de tu vida. Él es quien ha hecho todo con amor y misericordia eterna.  Él es quien te ha amado desde antes que nacieras. Él es quien te ha perdonado primero. Él es quien se acerca, permanece y permanecerá sin cambiar Su amor por ti. Cristo es el Esposo con el que viviremos eternamente, empecemos desde ya. 

Hermanas, ponemos nuestras expectativas en la persona equivocada pues estas necesitan ser eco de lo que la Biblia dice y colocarlas en quien nos ha rescatado de la esclavitud del pecado para siempre, Cristo.  Que seas exhortada a cultivar más tu relación con Él, y esperar en Él. 

 “Pero yo esperaré continuamente,  Y aún te alabaré más y más” (Sal 71:14).