Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; que se apareció a Cefas y después a los doce” (1 Corintios 15:3-5. 

Los que comunican la Palabra de Dios a tiempo completo —pastores, misioneros y otros en el ministerio aprenden rápidamente en el manejo de la Palabra que si todo es el evangelio, entonces nada lo es 

Pese a que vivimos en el tiempo del híper reduccionismo, a veces el enfoque piadoso es el minimalismo. Y en estos versículos cortos, el apóstol reduce el evangelio glorioso y cósmico a unas pocas estrofas de peso 

Sí, el evangelio es tan grande que abarca la subyugación progresiva de todo el universo a Jesucristo, el Dios resucitado, que culminará en una nueva creación (1 Corintios 15:25-28). Sin embargo, este evangelio del reino en pleno apogeo comienza con la semilla de mostaza de Cristo y Él crucificado (2:2). La Buena noticia es tanto macro como micro, anunciando el reinado de Jesús sobre el universo y transformando a pecadores individuales como tú y yo. Pero todo comienza con la cruz y una tumba vacía, y los ministros no deben quitar esta simplicidad y elegancia del centro literal del evangelio.  

Desafortunadamente, hay una avalancha de buenas intenciones que presionan a los pastores y misioneros de apoyarse más en las herramientas como la retórica elevada y la teoría social que en la Palabra y el Espíritu. Aquí, las palabras del apóstol son particularmente instructivas para nosotros. En 1 Corintios 15, no solo se nos da un resumen de la fe digno de tuitear, sino también tres pequeñas ideas que moldean la labor misionera centrada en el evangelio. 

El Evangelio es entregado

Porque yo os entregué (1 Corintios 15:3). 

El lenguaje lo es todo, y los eufemismos que usamos para hacer evangelismo revelan lo que creemos verdaderamente acerca de él. En la lengua vernácula evangélica, hablamos de “compartir el evangelio”, o “vivir el evangelio”, “hablar el evangelio”, o incluso “ser misional”. Estas expresiones, que tal vez tengan sus méritos, están notablemente ausentes del léxico bíblico. En cambio, en el Nuevo Testamento, el evangelio es “entregado” —proclamado, anunciado, predicado, declarado.  

Estos verbos nos recuerdan lo que es el evangelio: una noticia. No es una opinión, una filosofía ni el relato de experiencias vividas. En cambio, comienza con la realidad histórica de la persona y la obra de Cristo y exige una respuesta.   

A un empleado de correos se le confía un mensaje sin alteración alguna. El fraude postal es un delito. Del mismo modo, el ministro fiel debe transmitir el evangelio de la forma menos adulterada posible. La contextualización, hecha apropiadamente, se trata simplemente de asegurar la entrega directa. La encomienda que se le da al pastor o al misionero es entregar el mensaje de Dios, no inventarse uno propio. 

El Evangelio es preminente

“…en primer lugar …” (v. 3) 

El centro del trabajo en la vida del ministro es el evangelio tal como se expresa en el resumen apostólico: “Cristo murió por nuestros pecados … fue sepultado … resucitó …” (vv. 3-4). Este mensaje sencillo debe ser preeminente. Pero, ¿no es obvio?  

Consideremos lo que significa que el evangelio tiene que ser tratado en primer lugar. El anuncio de la obra redentora de Cristo no siempre se encuentra primero cronológicamente hablando; de hecho, los misioneros sabios se enfocan en desarrollar toda la historia de la redención desde el nesis hasta el Apocalipsis. Esto establece la bondad y la santidad de Dios, la caída en el pecado y la promesa bíblica de un Salvador para resolver el problema. O, puesto en otros términos, la ley establece la necesidad de la gracia.  

Al mismo tiempo, debemos tener en cuenta que Jesús no comisionó simplemente a Su pueblo a que vayan por todo el mundo y establezcan la estructura viable para el evangelio. En cambio, Él ha llamado a la iglesia a mucho más que eso. Y la misión del que predica la Palabra no estará completa hasta que haya colocado a Cristo como la prioridad número uno, es decir, en primer lugar. Sentar las bases por medio de las conversaciones espirituales puede ser útil, pero hasta que no prediquemos a Cristo, nuestra labor quedará incompleta. 

El Evangelio recibido

“…lo mismo que recibí ” (v. 3) 

Recientemente tuve una conversación con un amigo piadoso que es escritor y pastor. Hablamos sobre las tensiones de equilibrar las responsabilidades del trabajo pastoral con la empresa de escribir y determinar dónde se encuentra la línea entre el trabajoy los proyectos personales (si es que, acaso, existe alguna línea). También conversamos sobre el asunto de la propiedad intelectual¿De quién es la propiedad intelectual del libro del pastor? ¿Qué pasaría si él publicara de manera autónoma con sus propios fondos, pero el material fuera recopilado de sermones predicados en el tiempo de la iglesia”? ¿Qué le pertenece a él, y qué le pertenece a su empleador? 

Digo todo esto solo para hacer el siguiente comentario: en vista de la eternidad, absolutamente nada de lo que el ministro o misionero diga o escriba es “suyo. La originalidad en el ministerio es peligrosa. Todos somos plagiarios del Autor divino, según Su mandato:Que todo hombre nos considere de esta manera: como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Corintios 4:1). Esta es la razón por la cual los neófitos teológicos casi siempre están equivocados. El mensaje del evangelio no se origina en nuestra propia creatividad; simplemente, llega a nosotros. 

Pero y esto es importante eso no significa que el evangelio no sea mío. El mensaje no se origina en el ministro, pero éste debe poseerlo. 

No podemos extender gracia si nosotros no la hemos recibido. No podemos darnos el lujo de tener a Cristo en nuestros labios sin tenerlo en nuestros corazones. Demasiados pastores y misioneros en la historia de la iglesia han comenzado como John Wesley antes de convertirse llamando a la gente a recibir el perdón y la gracia mientras que ellos mismos carecen de estas cosas, impulsados por un deseo desesperado de agradar, conformarse y ganarse dolorosamente la aprobación de Dios. A menos que alguien haya recibido el evangelio tan profundamente como alguien pueda recibirlo, en el corazón y en los huesos entonces no es apto para darlo a conocer. 

Y tal vez, sería más probable que ese premio ilustre que todos deseamos la eficaciaen el ministerio llegue a nosotros si primero nos aplicáramos a recibir y a creer la buena noticia que ofrecemos a los demás. 

Nada es más importante que la relación del misionero con su evangelio. Que podamos entregar, en primer lugar, lo mismo que hemos recibido.