¡Mis hijos me desesperan!

¿Qué tal esos días en que hay tanto por hacer y tus hijos deciden discutir por todo y quejarse contigo cada 5 minutos? ¿Qué tal ese momento en el que tus hijos deciden jugar en el mismo espacio físico donde planeabas concentrarte y meditar en la lectura? O peor aún, ¿qué hay de esas veces que sin importar lo que hagas todos los días por él, tu hijo adolescente, concluye en que tú no lo amas?

Un berrinche en el supermercado, un pleito en el coche mientras manejas, una nota del supervisor de la escuela, y la lista puede seguir. ¿Tus hijos te desesperan? ¡A mí también! Y no somos las únicas, aunque a veces creemos que sí cuando vemos con admiración a una mujer muy templada durante una rabieta, o vemos la obediencia sin renegar de los niños ajenos y nos vemos a nosotras mismas y pensamos que estamos mal. La verdad, es que cada familia tiene sus luchas y procesos, nadie consigue lo antes mencionado, al primer intento.

En mis 6 años de ser madre en diversas ocasiones me he sentido furiosa, impotente, culpable y hasta mala madre, tanto que llegué a pensar que a lo mejor la cigüeña se equivocó conmigo. Pero Dios, en Su soberana voluntad nos eligió para ser madre de nuestros hijos; así que cuando vienen esos momentos de culpabilidad e impotencia ante situaciones que se escapan de nuestro control, solo nos queda recordar que Dios no se equivoca y por alguna razón que a veces no entiendo, nos da la habilidad de ser madre y nos puso en un hogar para ser la ayuda idónea de nuestros esposos y criar a nuestros hijos.

1 Tes. 5:18 nos insta a “dar gracias a Dios en todo, porque esta es la voluntad de Dios para nosotros en Cristo Jesús”. Él nos conoce, sabe cómo somos, sabía que pasaríamos por muchas situaciones que nos parecerían imposibles de sobrellevar, así que, Dios no está preocupado pensando que pasó por alto alguna característica tuya que no coinciden con la crianza de tus hijos. ¡Para nada! Él está en control y debemos agradecer eso.

Algo que me ha ayudado a tener paciencia para con mis hijos es la teología, reconocer que soy pecadora y que mientras viva en este cuerpo corrupto voy a fallarle a Dios cada día, eso me ayuda a ver a mis hijos con más empatía. ¿Recuerdas ese pecado recurrente que te hace venir a Dios arrepentida cada día? ¿Esa debilidad o aguijón que quisieras quitar, pero El señor te dice “bastante mi gracia”?

¡Qué amor tan inmenso! Yo quiero amar a mis hijos con esa misericordia, entiendo que son seres humanos nacidos con la misma naturaleza pecaminosa que sus padres, ¿quién soy yo para juzgarlos? ¿Cómo puedo tacharlos de desobedientes, mentirosos, perezosos o desconsiderados? A lo mejor necesito quitar la viga de mi ojo antes (Mt. 7:5).

¿Qué necesitamos?

Misericordia es la primera clave, Salmos 103:10-12 nos dice: “No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande su misericordia para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones”.

Imagina que un día Dios se canse y decida cortar su misericordia para con nosotros, eso sería el fin de todo; sin embargo, sus misericordias se renuevan cada mañana porque cada día las necesitamos nosotros y nuestros hijos también. Nosotros somos un vago reflejo del Padre celestial en la tierra, la parábola del hijo pródigo fue usada por Jesús para que, de algo conocido, pudiéramos extrapolar el infinito y desconocido amor del Padre Santo. Tenemos la responsabilidad de mostrar a nuestros hijos el amor de Dios y no podremos hacerlo si no tenemos misericordia para con ellos.

Humildad es la segunda clave, necesitamos humildad para reconocer que no podemos manejar cierta situación, y pedir ayuda. A veces no queremos que alguien se entere de las cosas con las que batallamos porque: ¿qué van a pensar? ¿Es la esposa del pastor y no puede educar a sus hijos? O también pueden pensar ¿es consejera de familia y sus hijos no hablan con ella? (Por poner algún ejemplo).

En nuestro hogar nuestro único título es el de madre, y como madres, todas empezamos sin saber nada de este oficio. Al inicio no teníamos ni idea de cuándo le tocaría nacer a nuestro bebé, luego no sabíamos cómo alimentarlo, cómo manejar un cólico, cómo ayudarle con sus tareas de la escuela, cómo hablar de los cambios de la pubertad, y así, hay muchas cosas que no sabías y créeme, nadie sabía cómo hacerlo. Hemos ido aprendiendo en el camino y definitivamente nadie lo ha logrado sola, aún si eres madre soltera o viuda, siempre Dios ha puesto ayuda en el camino.

Y la tercera clave, que creo es la más importante, es el amor. Ese amor de Dios sembrado en nosotros cuando nos escogió, ese amor que cubre multitud de pecados es el que debe sobresalir sobre las faltas de nuestros hijos; ese amor es el que nos debe detener de dañarles física o emocionalmente en un momento de desesperación ante sus malas actitudes.

El amor todo lo soporta y no hace nada indebido (1 Cor. 13:4-7); puede ser que muchas veces nos equivoquemos y perdamos los estribos, pero el amor que Dios nos ha permitido tener por nuestros hijos, nos ayudará a pedir perdón e intentar cada día ser mejores hijos de Dios y mejores padres para nuestros hijos.

Definitivamente no se nos ha encomendado una tarea fácil, los hijos son un regalo y a la vez una responsabilidad, Dios El Padre por excelencia lo sabe, y nos dice: “Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Stg. 1:5).

Es mi oración y deseo, que en la presencia de Dios y en Su Palabra, todas podamos encontrar las herramientas necesarias y la fortaleza para criar a nuestros hijos en amor, misericordia y humildad.

Como criar según la Biblia