De niña tenía sobrepeso, usaba zapatos ortopédicos para corregir mis pies planos y al inicio de mi adolescencia fui diagnosticada con miopía severa, por lo que tuve que usar unos anteojos muy poco estéticos. Y, como era de esperar, muchas veces fui el motivo de las burlas de mis compañeros de la escuela.  

No era precisamente una niña bonita, y desde muy temprana edad comencé a compararme con otras niñas y a sentirme muy insatisfecha con mi aspecto físico. Esa inseguridad me persiguió durante toda mi adolescencia y aun en mi vida adulta.  

Nunca me gustaba lo que veía al espejo, pues ante mis ojos siempre estaba esa niña gordita con feos anteojos y zapatos de varón. Con el pasar del tiempo, lógicamente mi aspecto cambió, todos lo notaron menos yo. Mi autoconfianza estaba muy dañada, al punto de que me parecía difícil despertar el interés en algún muchacho, y si pasaba, dudaba de su sinceridad.  

Algunos días lograba verme bonita, pero el más mínimo comentario negativo sobre mi aspecto como: “has subido de peso” o “Te ves cansada”, arruinaba mi día. Parece ridículo e incluso superficial, pero para las personas que fuimos lastimadas de ese modo, desde la infancia, la inseguridad es una debilidad con la que debemos bregar día con día. 

Escuchar mensajes motivacionales y de autoestima para la mujer, de esos que actualmente inundan los medios de comunicación, me brindaron un poco de alivio que duraba hasta el próximo comentario de mal gusto o la siguiente vez que me paraba en una báscula. Lastimosamente, vivimos en un mundo donde hay estereotipos de belleza  y todas debemos caber en el mismo envase y si no es así, algo anda mal con nosotras.  

Se nos ha introducido en lo más profundo de nuestro pensamiento que todas debemos ser de la misma talla, que debemos tener un cutis perfecto y que el tiempo, los desvelos, los embarazos y las enfermedades no deben afectar para nada el modo en que nos vemos.  

Con el pasar de los años, veo atrás y quisiera haber entendido el evangelio un poco más en esa época donde estaba tan insatisfecha con mi aspecto, pero también agradezco a Dios que me ha concedido conocer y vivir la libertad que nos brinda Su Palabra.  

Sé que más de alguna mujer ha pasado lo que yo pasé y quisiera compartirles como el evangelio me ha dado satisfacción y gozo por la persona que hoy soy. Léelo como si fueras tú misma la que está escribiendo estas palabras, y créelo porque el evangelio es para todos aquellos que necesitamos de un salvador. 

Fui maravillosamente creada por Dios

Él hizo cada parte de mí, mi cuerpo funciona perfectamente y mi aspecto fue pensado por Él. Sal. 139: 15 y 16: “No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.” 

Jesús sanó mis heridas

Innegablemente, las burlas y desprecios por mi aspecto en el pasado me hicieron mucho daño y dejaron amargura en mi corazón; pero El Señor vino a dar libertad a los espíritus oprimidos y quebrantados, a dar vista a los ciegos, a aquellos que no podíamos ver más allá de lo que el mundo nos mostraba (Lc. 4:18) 

Todo pasa y todo cambia

Yo puedo esforzarme por conseguir el cuerpo que deseo, pero eventualmente eso pasará y solo el amor de Dios, Su palabra y Su voluntad permanecerán para siempre (1 Jn 2:16-17). 

Conocer a Dios, cambia nuestra forma de vernos a nosotras y a los demás

El amor de Dios en nuestras vidas nos hace ver a nuestro prójimo con amor y misericordia, es lógico que el mundo nos juzgue, pues al no conocer a Dios no puede ver más allá de nuestra apariencia física (1 Jn. 3:1), pero nosotras que hemos sido redimidas debemos vernos entre nosotras como Dios nos ve y amarnos como Jesús nos amó. Seamos amables y amorosas, dándonos ánimo unas a otras (Ef. 4:32). 

Conclusión

No es malo querer vernos bonitas, pues nuestro cuerpo es un templo que Dios nos ha dado (1 Cor. 6:16) y debemos amarlo y cuidar de él, pero si lo hacemos, que sea para la gloria de Dios. Existen muchas acciones que a los ojos humanos parecen buenas, pero el pecado está en el corazón.  

Podemos preguntarnos y responder con total sinceridad: ¿Cuál es mi real intención? ¿Cuál es mi prioridad? Y reflexionar en que si cuidar de nuestro aspecto se interpone en nuestra relación con Dios, entonces estamos quebrantando el primer mandamiento (Deut. 5:7). Si lo que vemos en el espejo nos quita el gozo, entonces estamos menospreciando el regalo de la salvación que es la mayor bendición que tenemos.  

Recordemos que la verdadera belleza está en nuestras buenas obras y en un carácter piadoso (1Tim. 2:9-10). No permitamos que el mundo nos imponga su molde, más bien dejemos que el evangelio renueve nuestra forma de ver y pensar sobre nosotras mismas y los demás. 

Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto” (Rom. 12:2).