El pueblo de Dios había rechazado al profeta de Dios. Samuel había servido a la nación de Israel durante muchos años. Aunque sus hijos se habían alejado de Dios, él había permanecido fiel. Él había servido bien. Él había hablado las palabras de Dios a la nación. Él había nombrado jueces para que los gobernasen. Aun así, llegó el día en que el pueblo lo rechazó. 

Entonces se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a Samuel en Ramá, y le dijeron: Mira, has envejecido y tus hijos no andan en tus caminos. Ahora pues, danos un rey para que nos juzgue, como todas las naciones(1 Sam. 8:4-5). Samuel había nombrado jueces, pero ahora el pueblo exigía un rey. Esto le desagradó a Samuel. Literalmente era algomalo ante sus ojos”. Él sabía que el pueblo lo había rechazado, que lo estaban repudiando. Estaban expresando descontento hacia su liderazgo y anhelaban no solamente un nuevo líder, sino todo un sistema de gobierno nuevo. El rechazo del pueblo y el desánimo de Samuel eran absolutos. 

Samuel hizo lo correcto, llevó sus preocupaciones ante Dios. Dios le habló a este profeta y lo animó de una forma poco común. El mensaje de aliento fue el afirmar que en realidad el pueblo no estaba rechazando a Samuel el profeta, sino a Dios el Rey. “Y el SEÑOR dijo a Samuel: Escucha la voz del pueblo en cuanto a todo lo que te digan, pues no te han desechado a ti, sino que me han desechado a mí para que no sea rey sobre ellos” (1 Sam. 8:7). Aunque Samuel pudo haber tenido derecho a ofenderse por las exigencias del pueblo, Dios tenía mucho más derecho de estar aún más ofendido, ya que Samuel había gobernado de manera imperfecta, pero Dios había gobernado de manera perfecta. Samuel había gobernado por poco tiempo, Dios tenía un largo e intachable legado de amor, guianza y protección hacia su pueblo. Aun así Dios le dijo a Samuel, “Oye su voz y nómbrales un rey” (1 Sam. 8:22). 

El profeta Samuel era el vocero de Dios ante la nación de Israel. Había sido llamado y equipado por Dios para hablar las palabras de Dios. Los que rechazaron las palabras de Samuel en realidad estaban rechazando las palabras de aquel que había llamado a Samuel. Rechazar al vocero de Dios era rechazar a Dios. En el presente Dios nos ha llamado a ti y a mí para ser sus voceros ante el mundo. De Samuel podemos aprender que nuestra tarea consiste en comunicar con fidelidad las palabras que Dios nos ha dado, y tener en mente que quienes aceptan sus palabras están aceptando a Dios, no a nosotros, y quienes rechazan sus palabras están rechazando a Dios, no a nosotros. 

Así que nosotros, de manera obediente y fiel, anunciamos el evangelio al mundo, los llamamos a que se arrepientan de sus pecados y busquen a Cristo, el Salvador. Les hablamos de aquel que de tal manera amó al mundo “… que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna” ( Jn. 3:16). Si le prestan atención a este mensaje del evangelio y se vuelven a Cristo entonces sabremos que le han prestado atención a Dios. Si rechazan el evangelio y se alejan aún más de Cristo entonces sabremos que han rechazado a Dios. 

Puede haber consecuencias al hablar en nombre de Dios. Podremos enfrentarnos a la censura, a la burla, a la violencia y a la muerte. Sin embargo, cuando hayamos hablado en nombre de Dios podemos tener la certeza de que el odio de ellos está principalmente dirigido hacia Dios. Las palabras de Dios hacia Samuel se convierten en palabras para nosotros: No te han rechazado a ti, me han rechazado a mí.