En 1680, hacia el final de su vida, el predicador alemán Joachim Neander escribió su himno más famoso, “Alabado sea el Señor, el Todopoderoso”. (Sí, le pusieron su nombre a un valle, el Neandertal, donde más tarde encontraron esos famosos huesos.)  

 Casi trescientos años después, tuve que cantar su himno en el coro de octavo grado tantas veces que deseé que nunca lo hubiera escrito. Pero debe haber tenido algún provecho ya que, después de todo este tiempo, todavía recuerdo la letra: 

 «Alabado sea el Señor, el Todopoderoso, el Rey de la creación, 

Toda mi alma lo alaba, porque es nuestra salud y salvación.» 

En el curso de muchos años como médico, cuidando de mis pacientes, me di cuenta (junto con Neander) de que «nuestra salud y salvación», por tres buenas razones, tienen mucho en común.

La salud, como la salvación, es un don gratiuto.

Cuánto, y cuán a menudo, se nos recuerda en la Biblia que mientras más intentemos obtener lo que sólo se puede dar, más probable es que perdamos lo que esperamos encontrar.  

 Tanto el joven rico de Mateo 19:16 como el abogado de la historia del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37) empiezan con la pregunta equivocada: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?“.  

 En ambos casos Jesús, sabiamente viendo su problema, les señala los mandamientos.  

 Aunque sienten que los han cumplido, las historias se desarrollan de una manera muy incómoda para estos interrogadores, ya que ninguno de ellos es capaz de justificarse. Sin embargo, se les ofrece la vida, imposible de obtener por el esfuerzo individual pero del todo disponible a través del amor de un Dios misericordioso y generoso.  

 Al igual que la salvación, la salud puede ser recibida como un regalo pero no como una posesión.

La salud, como la salvación, debe ser alimentada en comunidad.

 Una de las distracciones y engaños de nuestra cultura contemporánea es nuestro hiperindividualismo. Ha corrompido nuestra visión de la salvación y ha convertido nuestra búsqueda de la salud en América, en su mayor parte, en un esfuerzo individual. 

 Describimos la salud como una responsabilidad personal, que sólo puede ser en pequeña medida, y la exigimos como un derecho propio, que ninguna sociedad puede conceder. 

 Como un esfuerzo individual, la salud individual – como la salvación individual – es una contradicción en términos. La salud, como la salvación, recibida como un regalo, debe ser alimentada en comunidad.  

 Aunque se recibe de forma personal (como Abraham cuando recibió la promesa en el Génesis 12) tanto la salud como la salvación se dan para que podamos ser una bendición para el mundo.  

 Una vez recibidos en cualquier forma que se den, deben ser vividos corporativamente. Porque a menos que nutramos tanto la salud como la salvación con otros, nunca seremos capaces de preservar o proteger ninguno de los dos.

La salud, como la salvación, se ofrecen en una comunidad cualificada de forma excepcional: la Iglesia de Cristo.

 La iglesia, a diferencia de cualquier otra institución humana, existe para proclamar el misterio de la fe de que Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado y Cristo volverá.  

 En este mensaje está la salvación del mundo, y aunque la grandeza del mensaje es mayor que la iglesia, ella ha recibido un llamado único para transmitirlo.  

 Desafortunadamente, la iglesia en los momentos más débiles ha tratado de controlar la salvación como si sólo la iglesia la poseyera, restringiendo el acceso a ella y fallando así en su responsabilidad. 

 En nuestros días, la iglesia puede ser culpable de diferentes errores, olvidando lo valiosa que es Su Palabra, para un mundo ansioso y preocupado.  

 Un lugar donde esto ocurre es en los pasillos y hospitales de nuestros establecimientos médicos, donde el poder y el prestigio de la tecnología médica crea un santuario con sus propios rituales y adoración.  

 Pero la iglesia no tiene por qué retraerse a un rincón cuando sus miembros están enfermos, dejando que la institución de la medicina dicte cómo se mantiene la salud y se trata a los enfermos. Porque sólo la iglesia conoce el valor no empírico de Su pueblo, su lugar en la comunidad, y la verdadera fuente de su salud y salvación. 

 Toda mi alma lo alaba, porque es nuestra salud y salvación.

 De manera lamentable, Joachim Neander murió de tuberculosis cuando tenía sólo treinta años. Según las reglas de la medicina, murió de forma prematura. Pero según los caminos de Dios, su vida era saludable y su salvación segura. 

 ¿Se medirán nuestras vidas de la misma manera, no por cuánto tiempo vivimos, sino por lo fieles que somos con las vidas que se nos dan?