Oración ferviente ¿por qué?

Cuando consideré por primera vez escribir un artículo sobre el tema de la oración ferviente, mi primera reacción fue decir, “no”. Después de todo, esta es un área en la que tengo luchas, al igual que otros pastores  a quienes conozco bien. ¿Qué persona piadosa puede examinar honestamente su corazón y decir: “Clamo a Dios lo necesario. Me arrojo a la misericordia de Dios tanto como los demás deberían hacerlo. Hablo mucho con el Dios del universo”? ¡Ciertamente, yo no puedo decir eso de mí! 

Pensé en mitigar mis preocupaciones al empezar con un espíritu de confesión: como mucho, mi mayor impulso de manera consistente como ministro es entrar al estudio e inmediatamente, ponerme a leer el texto de la Escritura y planificar el mejor método de ataque cuando trabajo en un sermón.

Con demasiada frecuencia, odio admitir que mi primer impulso no es buscar el rostro de Dios, ni rogarle que me alimente a mí y a Su pueblo una vez más. Sinceramente, a menudo me dedico a la preparación del sermón los lunes por la mañana antes de comenzar a darme cuenta de que tengo un bloqueo de todo tipo. Es allí cuando caigo en la cuenta de que no he estado orando, de mi tendencia a ocuparme de cumplir con la tarea. En mis peores días, llego a creer que la oración ferviente, necesitada y apremiante es opcional. 

Sin embargo, nuestro Señor no considera que la oración privada sea opcional para ningún cristiano, mucho menos para un ministro. Jesús no manda a Sus santos a orar en privado; más bien, lo asume. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto” (Mt. 6:6). ¿Por qué asume que oraremos en privado? En parte porque Él sabe que es un hecho que necesitamos a Dios, y que necesitamos todo lo que nos puede proveer. 

Vemos la práctica de la oración ferviente en la Escritura. La primera vez que vemos la “oración ferviente” en la Escritura se encuentra en la interpretación del griego en Jonás 3:8. En un momento de desesperación, la gente de Nínive “clamaba a Dios con fuerza”. La palabra que se usa para “fuerza” en la Septuaginta es la palabra para “ferviente”. La gente no clamaba, simplemente, sino que clamaba “fervientemente”, clamaba “con fuerza”. 

Más adelante, en Hechos 12:5, Lucas nos dice que “Pedro era custodiado en la cárcel, pero la iglesia hacía oración ferviente a Dios por él”. En estos dos ejemplos bíblicos, la gente estaba verdaderamente en serias dificultades, completamente indefensa por sí misma. 

La oración ferviente es una oración apremiante, ávida e intensa. No se necesita tener una espiritualidad especial en exceso ni ser una persona especialmente santificada para orar con fervor. 

Después de todo, si los ninivitas pudieron hacerlo, ¡nosotros, también! De hecho, el verdadero secreto para la oración ferviente no es tener una aureola brillante ni una disposición de rectitud; el verdadero secreto es la debilidad y la necesidad. Cuanto más nos damos cuenta de nuestra falta de santificación y de andar en el Espíritu, mayor será nuestra necesidad, y más ferviente será nuestro clamor. 

Entre otras cosas, la oración es nuestra declaración de incapacidad. Con cada cosa que le traemos a Dios en oración, le estamos diciendo que está fuera de nuestro alcance, algo que no tenemos la capacidad de controlar. Cuanto más confiemos en que la respuesta a nuestras oraciones descansa solamente en Dios, más conscientes seremos de nuestra necesidad y más impotentes nos sentiremos; y, por consiguiente, nuestras oraciones serán mejores y más fervientes. 

A veces me pregunto… cuando la gente nos escucha en el púlpito, ¿escuchan a una persona confiada, educada y que transmite información? ¿O escuchan a una persona débil que suena más como Pablo que ministraba en debilidad y mansedumbre (ver 2 Cor. 2)? ¿Escuchan a un hombre que necesita todo de Dios? Pablo dijo: “De mí mismo en nada me gloriaré, excepto en mis debilidades”. La oración es la forma en que ponemos en práctica esta clase de jactancia. La oración es la muestra de todas las maneras en que somos débiles y necesitados. La oración pastoral de cada semana, literalmente, es el ministro que se sube al púlpito y dice en voz alta todas las cosas que nosotros, como pastores, no podemos hacer por esta iglesia. 

El asunto de la manera en que un pastor ora desde el púlpito no refleja necesariamente la forma en que lo hace en privado. Después de todo, es totalmente posible que una persona haga oraciones bien organizadas, incluso dichas con el mayor fervor en el púlpito y sin embargo, resulta que es el único lugar donde sus oraciones son fervientes y familiares. 

Ciertamente es una cosa hablar con Dios en el púlpito y otra, saber lo que es tener “una conversación íntima” con Dios, como lo denominaba John Knox. 

J.I. Packer nos recuerda que; “La oración es un medio para conseguir energía… la vigilancia, el vigor y la confianza espirituales son los derivados regulares de la oración ferviente en cualquier individuo. Los puritanos hablaban de la oración como el “aceite de las ruedas del alma” (“Conociendo el cristianismo”, 128). La oración ferviente en privado alimentada por un profundo sentido de necesidad se convierte en el combustible de las oraciones en público de un ministro. De hecho, de algunas maneras, se convierte en el medio de nuestro sustento. 


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