A menudo me he preguntado si los niños en la escuela siguen leyendo Las Aventuras de Huckleberry Finn. Es una historia realmente grandiosa, escrita por un excelente cuentacuentos y es un libro que disfruté mucho cuando lo leímos en el octavo grado. Aún recuerdo a mi maestro, que también era el director de la escuela, leyéndonos el cuento en voz alta y ayudándonos a entenderlo. Aunque es una gran historia, también es una que tiene una cierta palabra que aparece muchas veces. Es esa palabra que sólo recientemente, creo, ha llegado a ser conocida como la palabra “N”. El simple hecho de decir esa palabra en estos días es suficiente para terminar con oportunidades profesionales y destruir amistades. Sin embargo, hace unas décadas atrás, esta palabra se consideraba aceptable en una historia. No me sorprendería en absoluto saber que Las Aventuras de Huckleberry Finn ya no se lee en las escuelas simplemente por esa palabra.

Las palabras van y vienen. Hay miles de palabras que han dejado de usarse o cuyo significado ha cambiado con el paso del tiempo y la evolución del idioma. Y, por supuesto, muchas miles otras se han introducido en el idioma, algunas inventadas para expresar algo muy específico (por ejemplo, “metrosexual”) y otras para describir un nuevo objeto o tecnología. A veces es bueno que las palabras ya no sean de uso común, y la palabra “N” es una de estas palabras. Y esto porque es una palabra hiriente, despectiva y cargada de malos recuerdos, además de que no hay ningún beneficio en mantenerla. Pero hay otras palabras que necesitamos mantener, necesitamos mantener en nuestro léxico común.

Una de estas palabras, a la que debemos aferrarnos, es la palabra “pecado”. Esta palabra raramente se escucha fuera de la iglesia, y tristemente, tampoco se escucha mucho dentro de la iglesia. En las últimas semanas he leído varios libros que hablan de errores, equivocaciones y mal juicio, pero nunca de pecado. Todos estos libros están escritos por cristianos y sobre los cristianos. En su autobiografía, Shawn Alexander escribe acerca de los muchos errores que cometió en su vida, pero nunca de haber cometido pecado. Al escribir sobre Joel Osteen, su biógrafo admite errores en la vida de Osteen, pero nunca lo acusa de pecado. La esposa del Dr. Phil, Robin McGraw, ha hecho muchas tonterías, pero hasta donde he leído el libro, no ha pecado. Y así sucesivamente. Los humanos parecen estar ansiosos para admitir los errores y la equivocación, pero detestan admitir el pecado.

Hay algo sobre esta palabra, la palabra “P” , que ofende a la gente. No estamos ofendidos por los errores. Nos ofende el pecado. El problema es que el pecado y los errores no son la misma cosa.

He pensado en esto por un tiempo y me parece que la razón por la cual tenemos miedo de admitir el pecado está en su definición. Donde un error es algo como “una acción errónea atribuible a un mal juicio o a la ignorancia o a la falta de atención”, el pecado de acuerdo a al Catecismo Menor de Westminister* es “la falta de conformidad con la ley de Dios o la transgresión de ella. Los errores son inevitables en esta vida y, aunque pueden ser un producto de la Caída en el huerto del Edén, no son necesariamente un pecado. Puedo cometer un error acerca de la hora en que debo recoger a mi hijo de la escuela y llegar quince minutos tarde. Esto no es un pecado, sino es un error. He cometido un error y mi hijo ha sufrido un poco al tener que esperar unos minutos. Así que le pido disculpas a mi hijo y la situación ha terminado. Pero cuando peco contra mi hijo, tal vez al hablarle bruscamente cuando él es inquisitivo y yo estoy cansado y malhumorado, no he cometido un error; he pecado. He ofendido tanto a mi hijo como a Dios. He ofendido a mi hijo, pero ante todo he ofendido a Dios. David dice en el Salmo 51:4 “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos.” Por supuesto que David había pecado también contra Betsabé y Urías y toda la nación de Israel. Sin embargo, él sabía que su mayor pecado era contra Dios.

De la misma forma parece que nosotros tenemos miedo de admitir el pecado porque requiere que admitamos que hemos ofendido a Dios. Y cuando admitimos haber ofendido a Dios, admitimos que merecemos Su castigo. Somos merecedores de Su ira. Somos merecedores del infierno. ¿Y quién quiere admitir esto? Admitir esto es ir en contra de nuestra naturaleza pecaminosa y de todo lo que creemos acerca de nosotros mismos.

Cuando nos negamos a pronunciar la palabra “p”, y peor aún, cuando nos negamos a vernos a nosotros mismos como pecadores, nos negamos a admitir nuestra necesidad de un Salvador. Sugerimos tácitamente que podemos remediar nuestros propios errores en lugar de confiar en el Salvador que ha pagado por el pecado.

*En 1643, el parlamento inglés convocó a “teólogos piadosos, doctos y juiciosos” para que se reunieran en la Abadía de Westminster para dar su opinión sobre cuestiones de adoración, doctrina, gobierno y disciplina de la Iglesia de Inglaterra. Sus reuniones, que se llevaron a cabo a lo largo de cinco años, produjeron el Catecismo Mayor y un Catecismo Menor. Por más de tres siglos, varias iglesias a lo largo del mundo han adoptado sus catecismos como su estándar de doctrina, subordinado a la Biblia. El catecismo es una práctica de la enseñanza de la fe cristiana.