Para el joven al que se le ha pedido predicar por primera vez

Me emociona y anima el saber que se te ha dado la oportunidad de predicar este domingo. Y, francamente, no me sorprende—he visto lo seriamente que has tomado tu fe, y cómo estás fielmente comprometido con la Palabra, y has crecido en tu habilidad para comunicarte—. Los pastores deben observar a los jóvenes que están haciendo estas cosas. 

Has pedido algunos consejos rápidos sobre cómo preparar tu primer sermón. He aquí algunos consejos que me vienen a la mente. 

Anímate. Anímate de que un pastor mayor y más experimentado vea en ti la habilidad y el carácter de un hombre que puede ser digno de llevar a cabo la tarea de predicar. Anímate de que él te está dando esta oportunidad. No es poca cosa para un pastor pedirle a otra persona que ocupe su púlpito, así que no tomes esta oportunidad a la ligera. 

Sé humilde. Anímate, pero también sé humilde. Muchos hombres son invitados a predicar una o dos veces antes de que demuestren, bien sea por falta de carácter, de preparación, o por falta de habilidad, que en realidad no están preparados para la tarea. Así que sé humilde. Acepta la invitación con humildad y aborda la tarea con humildad. 

Ora mucho. Nunca se puede orar demasiado durante el proceso de preparación de un sermón. De hecho, para cuando llegue la mañana del domingo, probablemente te encontrarás pidiéndole a Dios que te perdone por no haber orado lo suficiente. Sobre cualquier otra cosa que hagas, asegúrate de encomendar esta oportunidad al Señor. Ora mientras empiezas a buscar un texto, ora al comenzar a estudiar ese texto, ora al escribir tus primeras palabras, ora al completar las palabras finales, ora mientras te preparas para impartir el sermón y ora después de haber predicado el sermón. 

Mantenlo simple. No trates de hacer demasiado en tu primer sermón (o en tus primeros veinte sermones). Haz de tu meta al final del sermón que quienes lo escuchen entiendan mejor el texto y sepan cómo se aplica a sus vidas. Tanto como puedas, predica un sermón sencillo en lugar de uno sofisticado. Esa es una buena meta para tu primer sermón y probablemente una buena meta para cada sermón subsiguiente. Mantenlo simple. 

Comienza con el texto. Creo que el mejor lugar para comenzar es sólo con el texto, no con biblias de estudio, comentarios u otras herramientas. Imprime una copia completa del texto o escríbelo a mano. Comienza el estudio únicamente con la copia del texto y estúdiala cuidadosamente. Consulta el método inductivo OIA (observación, interpretación, y aplicación) si necesitas un punto de partida. 

Sé tú mismo. Uno de los grandes retos (y placeres) de los primeros sermones es descubrir quién eres como predicador. Es encontrar tu propia voz y tu propio estilo. Es importante que, en la medida de lo posible, trates de ser tú mismo en lugar de tu predicador favorito de las redes sociales o incluso tu predicador favorito de la iglesia donde te congregas. ¡Asegúrate de que el sermón suene como tú y no como otra persona! 

Predica un texto, no un tema. Creo que es mucho mejor y más fácil predicar un texto que predicar un tema durante esa primera etapa como predicador. La belleza de predicar un texto es que define los “límites” del sermón. Te obliga a trabajar duro para entender, explicar y aplicar un texto en particular en lugar de permitirte vagar por toda la Biblia. Quizás puedes predicar una historia—Hechos 12:1-19 es un buen lugar para comenzar, o la parábola de la oveja perdida, o Jesús cuando libera al endemoniado gadareno—. En la medida de lo posible, busca un texto que no demande explicar mucho del contexto antes de poder exponerlo. Asegúrate de predicar el texto y no una idea dentro del texto. 

Prepara un manuscrito. Creo que a la mayoría de los predicadores jóvenes les va mejor preparando un manuscrito completo y luego predicar de ese manuscrito. Crear un manuscrito te obliga a afinar cada palabra y cada punto; te obliga a saber exactamente lo que vas a decir. También evita que divagues o te pierdas durante tu exposición. En la medida de lo posible, prepara ese manuscrito como si lo estuvieras hablando y no sólo como si lo estuvieras escribiendo. En otras palabras, trata de capturar una voz que hable en lugar de una voz que escribe. Personalmente, lo hago pronunciando las palabras en voz alta mientras las escribo. 

Empieza con valentía. Probablemente te sentirás un poco nervioso al subir al púlpito por primera vez. La tentación puede ser decir algo trillado o hacer una broma. No lo hagas. Planifica tus primeras palabras, asegúrate de que sean significativas, y asegúrate de comenzar justamente con esas palabras. Considera por ejemplo: “Por favor, ora conmigo”, o, “por favor, saca tu Biblia y vamos al libro de…” Deliberadamente desvía la atención de ti mismo hacia el Señor. 

Obtén retroalimentación. Si es posible, el viernes o el sábado anterior al sermón, busca a algunas personas que puedan escuchar un borrador de tu sermón y que te puedan dar su opinión antes de predicarlo (o como alternativa, leer el manuscrito). La semana siguiente, busca a algunas personas que hayan escuchado el sermón el domingo y que estén dispuestas a darte uno o dos puntos de retroalimentación. Tal vez puedes pedirles que te nombren específicamente una o dos áreas en que lo hiciste bien y una o dos áreas en las que podrías mejorar. La próxima vez que prediques, escoge una cosa en la que trabajar y concéntrate en eso. Cada vez que prediques después de esto, elige una cosa más para mejorar. Establece metas limitadas pero realistas para mejorar tus habilidades. 

Sé humilde. Sí, ya lo dije, pero lo diré de nuevo. Después del sermón, inevitablemente te enfrentarás a la tentación del orgullo. Si las cosas van bien, estarás tentado a estar orgulloso de tu habilidad; si las cosas no van tan bien, estarás tentado a hundirte en la miseria. En ambos casos, estarás lidiando con el orgullo. Toma Lucas 17:10 como tu oración después de haber predicado: “Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan: ‘Somos siervos indignos; sólo hemos hecho lo que era nuestro deber'”. (Lc. 17:10). Cumple con tu deber ante el Señor como un siervo indigno de la gran tarea de predicar, y deja los resultados en sus manos. 

Estas son sólo algunas pautas que me gusta transmitir a los nuevos predicadores. Considera las que son útiles, omite las que no lo son, y ocúpate realizando tus preparativos. Mientras tanto, estaré orando para que Dios te bendiga y bendiga Su iglesia a través de ti.