Ningún pastor de esta generación, ni siquiera el más antiguo en el oficio, puede considerarse entrenado para enfrentar lo que hoy enfrentamos como líderes de iglesias locales con relación al confinamiento por riesgo de contagiarse con Covid-19.

Tal vez han existido momentos en los que por causas de catástrofes naturales o algún mal clima la iglesia debía permanecer en casa, pero lo que tenemos hoy son las puertas de los lugares de reunión cerrados y a los miembros de nuestras iglesias tratando de respirar gracias a la bala de oxígeno que ha venido a convertirse el uso de la tecnología. Solo imaginemos lo aún más difícil que sería no tener ni siquiera como llamar a un hermano o transmitir nuestros servicios.

Soy pastor y debo decir que uno de los desafíos mas grandes ha sido tener que lidiar con esa idea de no sentirse pastor por no estar en ejercicio pleno y actividad. Es cierto que la identidad del pastorado está ligada al llamado, pero también al oficio y es precisamente por eso que al no poder predicar en un escenario particular, aconsejar cara a cara e incluso saludar con cariño a la congregación puede ser frustrante; sin embargo, hay mucho que todavía podemos hacer para continuar con nuestro trabajo; cuidar la grey en la que el Señor nos ha puesto (1 Pd 5:2).

Quiero por tanto compartir algunas maneras en las que podemos llevar a cabo el trabajo pastoral en una situación como la que atravesamos actualmente.

La predicación: Más allá de un Live

Nuestros púlpitos cambiaron de repente. El sonido, el ambiente y el público. Muchos tenemos que hablar a una cámara y solo imaginar los rostros de quiénes tenemos al otro lado. Pero, ¿te has preguntado qué razones tendrían los miembros de tu iglesia para escucharte y verte a ti y no a uno de los tantos pastores que aparecen haciendo exactamente lo mismo que tu en sus timeline de Facebook un domingo por la mañana?

Esta pregunta me ha hecho reflexionar mucho acerca de lo que nuestra iglesia particularmente necesita y he llegado a la misma conclusión: la iglesia necesita a su pastor.

No estoy en contra de las transmisiones públicas en redes sociales, en realidad son las pocas plataformas gratuitas que podemos usar, pero debemos ser cuidadosos y considerar nuestra audiencia. Me refiero a que en ocasiones, la sola idea de saber que estamos hablando a un público abierto puede de manera directa o indirecta condicionar el uso del lenguaje que nuestra iglesia local ya conoce. Podemos llegar a vernos tan producidos que ya dejamos de ser el pastor que ellos conocen y que necesitan con urgencia.

Por otro lado, debemos recordar que ellos, nuestra iglesia, son nuestro público principal, es a ellos a quienes nos dirigimos directamente. Soy consiente que hay un mundo desesperanzado que necesita el Evangelio predicado abiertamente, pero no podemos hacer lo uno dejando dejando de hacer lo otro. Las aplicaciones de nuestros sermones, las ilustraciones e incluso nuestra forma de comunicarlos deben ser guiados por la necesidad de nuestra primera audiencia, fundamentalmente.

La consejería: Más allá de una llamada

Pero no es solo la predicación lo que representa desafíos importantes, gran parte del trabajo también es aconsejar o guiar al rebaño del Señor por medio de la palabra y proveer ánimo, aliento y dirección.

Ante las dificultades para vernos personalmente, llamar por teléfono resulta muy útil. La consejería requiere de empatía y también dependencia del Espíritu Santo, por eso, antes de cada llamada ora y planea la conversación.

Tener una agenda puede ser útil de modo que puedas hacer preguntas concretas. Normalmente las personas cuando les preguntas sobre cómo se encuentran, responden – Estoy bien – casi que de manera automática, por lo que debemos buscar formas más eficaces de preguntar. Algunos ejemplos:

¿Cómo estás lidiando con esta situación? ¿Cómo el Evangelio te esta ayudando a sobrellevar la ansiedad? ¿Cómo estás aprovechando el tiempo en la oración o la lectura de la biblia? ¿Te estas ocupando de otros hermanos? ¿Tus necesidades están suplidas? ¿Hay algo por lo que podemos orar juntos ahora mismo?

No todas las llamadas deben ser de tipo indagatorio, no podemos imaginarnos preguntándonos lo mismo cada semana, puede hacer que pierda sentido. Tambien puede ser útil solo conversar, traer ánimo, saludar, pedir pasar al teléfono a los niños de la casa o algún otro miembro de la familia con el que puedas hablar.

Si se trata de un proceso de consejería formal, puede ser de ayuda tener días y horas concretas para la llamada, así como establecer con el aconsejado el tiempo de duración de la llamada. Todavía puedes prepararte para la tarea como si fuera presencial. Organiza la reunión, establece un bosquejo de la reunión y procura compartirlo con el aconsejado antes de la llamada.

Es posible que las tareas asignadas al aconsejado tengan alguna variación; reporte breve de lectura de un libro, anotaciones del sermón [transmitido] del domingo, memorización etc, sin embargo todas ellas pueden ser supervisadas.

La comunión: Más allá de las videoconferencias

Una de las cosas más difícil de sustituir en este periodo de confinamiento, sin duda es la comunión. El fortalecimiento de las relaciones se da dentro de la iglesia reunida, por obvias razones, tenemos comunión al cantar juntos, al exhortarnos los unos a los otros y al vernos a la cara. Es cierto que parte de estas cosas pueden resolverse con una videoconferencia, pero debemos ser cuidadosos de pensar que eso es todo.

Tengo temor que todo esto produzca un daño colateral en la manera en que percibimos la comunión real. Hay todavía otras formas en las que podemos preservar la comunión incluso en confinamiento. Un ejemplo de esto lo vemos en la iglesia de los Hechos, quienes manifestaban la comunión en formas profundas.

Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno (Hch 2:44-45 NVI. Énfasis agregado)

La comunión descrita era literalmente, tener todas las cosas en común. Nadie consideraba lo suyo como propio sino que repartían con liberalidad conforme a las necesidades de cada uno.

No nos engañemos, no podemos exhibir comunión profunda con una foto en redes sociales de nuestra última videollamada mientras no nos estamos ocupando de los que siendo parte de la familia de la fe están en gran necesidad incluso dentro de nuestras propias iglesias locales.

Vivimos en un contexto en el que algunos miembros de nuestras iglesias ni siquiera tienen acceso a internet, limitaciones para poder trabajar, sumado a los despidos masivos y el alza de precios en productos de consumo.

Tenemos una tremenda oportunidad de testificar al mundo lo que significa la comunión cristiana. Una oportunidad de mostrar el Evangelio del Dios viviente poniendo nuestros recursos, en la medida de nuestras posibilidades, al servicio de los demás.

La oración: Más allá de orar por necesidades económicas

Nuestra oración sin duda debe ir más allá de la situación. Dios sigue estando en su trono y él sigue siendo soberano. El mundo se sigue moviendo y hay mucho más que llevar a su presencia que un clamor por esta situación temporal.

Es momento de orar por un avivamiento en la iglesia, por la salvación de tantos perdidos, por el resplandecer de la iglesia. Es momento de orar para que el Señor nos transforme, nos lleve a depender menos de nosotros y más de él, que nos ayude a liderar a nuestras familias, a pastorear a nuestros hijos y a servir a nuestras esposas.

Nos hemos pasado mucho tiempo sumergidos en dar y recibir conocimiento acerca de él, lo cual está bien, pero Dios ha dispuesto este tiempo para que le conozcamos a él y anhelemos estar tiempo con él. Experimentar la verdadera vida de oración.

Nos hemos preocupado mucho por la elegancia y locuacidad de nuestras oraciones, pero Dios ha dispuesto esto para que clamemos, para que lloremos, para que gimamos, para que nos arrepintamos de todo corazón y nos volvamos a él.

Es momento para orar por Su venida con mucho más fervor.
¡Ven pronto Señor Jesús, ven pronto Señor!

Que así sea Señor.