Pastores y diáconos en la iglesia local

Una tendencia en las organizaciones seculares a nivel mundial es hacia la horizontalización de los organigramas. Se busca con ello la optimización en la productividad mediante la distribución de responsabilidades entre colegas y no entre gerentes y cadenas de mando. Es decir, el mundo se ha dado cuenta de lo costoso de las estructuras burocráticas y tienden hacia holocracias1 mucho más efectivas y productivas. La holocracia es un sistema de organización para organización con o sin fines de lucro en el que la autoridad y la toma de decisiones se distribuyen de forma horizontal en lugar de ser establecidas por una jerarquía de gestión. Pero ¿ha de ser así en la iglesia local?

Todos conocemos pastores que lideran como gerentes de empresas y hay congregaciones manejadas como negocios o franquicias con estrategias evangelísticas diseñadas con principios mercantiles de éxito, penetración y alcance. Ellos explican, como a empleados, las relaciones entre ministerios y hermanos con pirámides, círculos concéntricos y niveles de jerarquía y funcionabilidad.

Es pertinente por tanto, recordarnos que si bien no es ni un negocio ni una empresa, ni una franquicia, cada iglesia local se debate entre el balance entre ser una entidad orgánica con vida y responsabilidades propias pero con necesidades organizativas muy particulares. Por su puesto, por su propia naturaleza y diseño, este organismo organizado necesita liderazgo para poder tener dirección, mantenimiento, propósito y orden. Y Dios en su infinita sabiduría no nos dejó un organigrama ni un listado de puestos, funciones y relaciones laborales que obligatoriamente tenemos que llenar si pretendemos ser verdaderamente una iglesia. En vez de eso, nos dejó unas instrucciones bien claras en 1 Timoteo 3:1-13, Tito 1:6-9 y 1 Pedro 5:1-4 para que la iglesia de todas las edades sepa cuáles deben ser los atributos de aquellos que pueden llegar a servir (y mantenerse) como líderes de una congregación local.

De esa manera, el patrón bíblico sólo establece a los pastores y a los diáconos como los oficiales de la cada iglesia local y establece preceptos para definir sus características, diferencias y relaciones. Por lo tanto, y a pesar de reconocer entre nuestros lectores distingos fundamentales respecto a la estructura del liderazgo de sus iglesias, queremos listar una serie de diferencias entre los oficios de pastores y diáconos que nos permitan filtrar nuestras tradiciones a través del patrón escritural con el propósito de caminar más firmemente en el terreno bíblico que bendiga a nuestras iglesias hoy en día mientras honramos a nuestro Señor y Salvador.

Diferencias teológicas

Pablo usa intercambiablemente en diferentes ocasiones el trío de títulos ancianos-pastores-obispos para referirse  al mismo grupo de hombres que lidera la iglesia (Hch. 20:28). Adicionalmente, el sustantivo griego diakonos fue transliterado al español como diáconos para señalar a los servidores de la iglesia. Por ejemplo, Pablo saluda a “todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, incluyendo a los obispos y diáconos” en la introducción a Filipenses.

Cuando Jacobo y Juan pretendían jerarquía sobre el resto de los apóstoles, Jesús los reprendió durante un evento registrado en los evangelios sinópticos (Mateo 20:25, Marcos 10:42 y Lucas 22:25): “Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”. Esto debe servirnos a todos nosotros, incluso hoy en día, para erradicar las pretensiones jerárquicas y las ínfulas de grandeza en nuestras iglesias locales. Es decir, nadie puede asegurar: “yo no soy siervo sino líder en esta iglesia”; y, por lo tanto, en el sentido más práctico de los ejemplos bíblicos, todos los creyentes debemos ser diáconos en nuestra iglesia local sirviendo a la congregación en diferentes capacidades.

A través de una lectura exhaustiva de las listas de requisitos que la Escritura establece para ancianos y diáconos en 1 Timoteo 3 y Tito 1 notamos que la única diferencia significativa es la omisión de “apto para enseñar” en la lista de las características de los diáconos. Es decir, si bien es cierto que no necesariamente todo diácono debe ser capaz de enseñar a la iglesia en algún evento comunicativo, es también cierto que un anciano sí debe tener esa capacidad, aunque no la ejerza regularmente.

Otro distingo importante es el género de los diáconos. Es decir, ha sido muy evidente desde el primer siglo que los líderes de la iglesia deben ser hombres calificados según el perfil de 1Timoteo 3 y Tito 1; pero en Romanos 16:1 Pablo recomienda a “la hermana Febe, diaconisa de la iglesia en Cencrea”, porque sin duda ella era una mujer que servía a la iglesia y Pablo dice que “ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo”. Por lo tanto, y contrario a la ausencia de evidencia de pastoras en todo el Nuevo Testamento, y aunque algunos no estén de acuerdo con ello, la sola mención de Febe como diaconisa nos permite avalar, al menos como ejemplo y no como mandato, el diaconado femenino en nuestras iglesias de hoy.

Diferencias prácticas

La mayor diferencia entre las funciones pastorales y diaconales reside en la dedicación exclusiva de los pastores a las tareas asociadas a “la oración y el ministerio de la palabra” (Hch. 6:3-4). Es decir, los pastores deben estar enfocados principalmente en todo lo que involucre la enseñanza, predicación, interpretación, revisión, memorización de la Biblia y su debida aplicación a la iglesia local. A nivel congregacional esta implicación incluye la predicación regular de sermones fieles a la Escritura, la planificación litúrgica de los servicios dominicales, el diseño de estrategias educativas para equipar a los santos para la obra del ministerio, la refutación de los lobos y falsos maestros y la vigilancia de la sana doctrina. A nivel individual, el ministerio de la Palabra incluye la visitación de familias, la consejería personalizada, el seguimiento del crecimiento de cada creyente (sí, de cada creyente en particular), la exhortación de los descuidados, etc. Los diáconos, por su parte, pueden y deben dedicarse a prácticamente cualquier otra necesidad de la iglesia con los únicos objetivos de glorificar a Dios, servir a la iglesia y liberar a los pastores de funciones que los distraigan de su dedicación exclusiva.

Por lo tanto, dependiendo de sus propias particularidades, retos, necesidades y desafíos, cada congregación local puede decidir quién, cómo, cuándo, dónde y por cuánto tiempo deberá servir a la iglesia satisfaciendo una necesidad del cuerpo. Las asignaciones más comunes para los diáconos de la iglesia son finanzas, jóvenes, hombres, mujeres, escuela dominical, secretaría, protocolo, evangelismo, audiovisuales, misericordia y mantenimiento. Pero en mis años de servicio al Señor, he sabido de las más pintorescas asignaciones para diácono alguno con el propósito de servir amorosamente a sus hermanos. He sabido de diáconos o diaconisas de mensajería, de estacionamiento, de relaciones públicas, de vigilancia nocturna, de organización de eventos, de decoración navideña, de visitación de enfermos, de trabajo social y hasta de fumigación.

Diferencias tradicionales

En su sola gracia, Dios me ha permitido visitar muchas iglesias para servirles en diversas áreas. A veces para predicar, a veces por diversos eventos, a veces para mediar en problemas internos, a veces simplemente por compañerismo. Y muchas de esas veces, me he encontrado que en algunas iglesias y denominaciones tienen a los diáconos como esos hermanitos que “solamente” recogen la ofrenda, reparten la Santa Cena, ah, y muy importante, abren y cierran el templo. Pero en el Nuevo Testamento,  y sin menospreciar la fidelidad de los siervos que han realizado estas importantes funciones por años, la función diaconal es mucho más que eso. Según 1 Timoteo 3:13, “los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús”. Desde este punto de vista, el perfil diaconal de 1Timoteo 3 puede y debe ser aplicado a todo aquel que vaya a representar públicamente a la iglesia en cualquier capacidad, desde la secretaría de la iglesia, los maestros de escuela dominical, el administrador financiero, el director de alabanza, el líder juvenil, los líderes de grupos comunitarios (o células) y hasta el hermanito que acomoda los carros en el estacionamiento.

Otra diferencia que he encontrado es la temporalidad del cargo. Los pastores siempre son necesarios. Su llamado y dedicación es completamente vocacional y la necesidad de la buena enseñanza de la Palabra nunca cesará de este lado del cielo, porque eso precisamente constituye una marca inequívoca de la iglesia. Aunque cambien los nombres, siempre deberá haber pastores que ejerzan ese oficio en las iglesias. Los oficios de los diáconos sin embargo, pueden mantenerse siempre cuando persista la necesidad. Ninguna iglesia debe verse obligada a mantener los cargos diaconales si ya no existe la necesidad para la cual fue necesario el nombramiento de un diácono o diaconisa.

Oramos y agradecemos a Dios por los miles y miles de pastores y diáconos fieles a todo lo largo y ancho de Iberoamérica que no aspiran jerarquía sino que ejecutan sus funciones con el mismo “actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo  tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:5-11).