¿Enseñarías a una clase de preescolares en la misma manera que a una clase de adultos? Obviamente que no; esto sería ignorar las diferencias que hay entre preescolares y adultos.  Por ejemplo, preescolares son inquietos, siempre quieren moverse, mientras adultos pueden sentarse por largos ratos sin moverse.  Ser maestro requiere entender estas características de nuestros alumnos.

Dios ha creado al ser humano de tal forma que pasa por seis etapas de desarrollo durante su vida: infancia, niñez, adolescencia, juventud, adultez, y adultez madura. Cada etapa se caracteriza por aspectos específicos de desarrollo. Por ejemplo, los infantes generalmente aprenden a caminar, tomando sus primeros pasos, entre los nueve a doce meses de edad.

El desarrollo de un individuo tiene implicaciones para su aprendizaje. El hecho de que los preescolares no saben leer, pero escolares sí, impacta como los enseñas. En este artículo estaremos enfocando dos aspectos del desarrollo de los niños que tienen implicaciones importantes para su enseñanza.

Desarrollo físico y la enseñanza de niños

La niñez es una etapa de mucho crecimiento físico. Si te encuentras con un niño que no has visto por tres años, te llamaría la atención cuanto ha crecido.  Hay una norma que dice, “músculos en crecimiento no se mantienen quietos”.  Los niños viven andando, corriendo y saltando.

No se puede ignorar esta realidad al estar enseñando una clase de niños. Difícilmente se sientan por largos ratos sin moverse. Hay que planear actividades que les permiten cambiar de posición regularmente durante la clase. Por ejemplo, pedir que se pongan de pie para cantar una canción, usar ademanes para memorizar un versículo, etc.  Es mejor tomar en cuenta esta necesidad que tienen los niños de moverse en vez de estar siempre detrás de ellos insistiendo que estén quietos.

De paso, una sugerencia.  No incluir actividades solamente para que tus alumnos no se pongan inquietos. Mas bien, aprovecharlas como momentos de aprendizaje – usar una manualidad que ilustra la lección, escoger un versículo que refuerza el tema de la clase.

Desarrollo cognoscitivo y la enseñanza de niños

Además de lo físico, hay que tomar en cuenta el desarrollo cognoscitivo de los niños.  La niñez es una etapa de crecimiento en su habilidad de comprender y razonar. Pero, hay que recordar que su capacidad mental todavía está en desarrollo. No han llegado a una madurez completa. Vamos a notar dos aspectos de esta realidad que tienen implicaciones para la enseñanza.

Lo primero tiene que ver con su habilidad de concentrarse.  Aunque varia de individuo a individuo, el tiempo de concentración de un niño es aproximadamente tres minutos por año. Un preescolar puede enfocarse en una actividad por aproximadamente 12 minutos; un escolar hasta 20 minutos.  Esto significa no prolongar la misma actividad por largos ratos para no correr el riesgo de que los niños pierdan la atención.

Tomar en cuenta el tiempo de concentración de los niños significa planear la clase en “segmentos”. Cada segmento sería un cambio de actividad que ayuda a los niños reenfocar su atención. Otra vez, subrayamos la importancia de que cada actividad enfoque el tema de la lección, no solamente para mantener la atención de los niños.

De repente, alguien pregunta, “¿Qué de relatar una historia bíblica?  ¿No hay peligro de prolongarse al punto de perder la atención de los niños?  Es cierto, relatar la historia significa extender más del tiempo de concentración de algunos niños. Pero, no hay que acortar el tiempo para la historia. Mas bien, en momentos claves de la historia introducir una dinámica que ayuda a los niños reenfocar su atención. Por ejemplo, detenerte para pedir que los niños se pongan de pie para repetir un lema que resume el enfoque de la lección. Después vuelva otra vez a la historia.  Así, se puede extender el tiempo dedicado a este aspecto importante de la lección.

Otra realidad del desarrollo cognoscitivo de los niños es que ellos piensen en términos concretos.  Por ejemplo, si dirías a un niño, “vamos a la iglesia”, ¿qué vendría a su mente?  Inmediatamente pensaría en el edificio donde asiste a la iglesia con su familia.  En contraste, para un adulto, “vamos a la iglesia”, significa congregarse con la comunidad de fe para alabar al Señor. Niños piensen en términos concretos (el edificio), adultos tienen la capacidad de reflexionar sobre conceptos abstractos (la comunidad de fe).

El reto, al enseñar niños, es que constantemente usamos términos abstractos para hablar de nuestra fe: “creer”, “poner fe en Jesús”, “redención”, etc. ¿Cómo enseñar estos conceptos a una clase de niños?  Lo que uno tiene que hacer es pensar en algo que el niño ha visto o experimentado en su vida, algo concreto, para ilustrar el concepto abstracto.  Por ejemplo, al estar enseñando acerca del fruto del Espíritu Santo, se podría llevar una planta a la clase para ilustrar que, tal como la planta crece y produce flores, el Espíritu produce fruto espiritual en nuestra vida.

Conclusión:

Niños están en desarrollo, física como mentalmente. Hay que tomarlo en cuenta al estar enseñándolos. Significa incluir dinámicas que les ayudan reenfocar su atención, ilustrar la lección con lo que han visto o experimentado en su vida, y dar oportunidades para que cambien de posición.

Jesús dijo: “…Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el reino de Dios” (Marcos 10.14).  Niños tienen una fe sencilla. Son sensibles al mensaje de la Palabra. Es el momento preciso para introducirlos al evangelio.