Pedro: cuando el temor al hombre te lleva a mentir

En el pasaje muy conocido de Juan 18:15-18 y 25-27, leemos que Pedro negó a Cristo tres veces. Me gustaría considerar este pasaje desde un ángulo diferente al examinar la conexión con el temor del hombre de Pedro y su acto de mentir y luego, ver la manera en que ese patrón de temor que conduce a mentir se encuentra en otras partes de la Biblia.

Inmediatamente antes de este pasaje, leemos que Pedro tomó su espada valiente y precipitadamente, y la usó para cortarle la oreja a Malco, en un intento de defender a Jesús. Antes de eso, había dicho que, aun cuando todos abandonaran a Jesús, él no lo haría.

Ahora, vemos aterrado al discípulo que antes fue valiente y leal. Su terror lo llevó a mentir al responder una pregunta sencilla que le hizo una sierva irrelevante. A él le aterra la posibilidad de tener que soportar la misma vergüenza que Jesús. A él le aterra la posibilidad de ser arrestado e interrogado. A él le aterra incluso la posibilidad de ser condenado a morir al lado de Jesús. Y por eso, miente. El temor del hombre que Pedro tiene lo lleva a mentir.

Y no es una sola mentira, sino varias. Presta atención a la manera en que va progresando en sus mentiras. Una mentira lleva a la otra y luego, a otra. Por lo general, un pecado no controlado lleva a cometer más pecados, pero mentir  se vuelve especialmente más prolífero. La mentira lleva a más mentiras. El puritano Matthew Henry dijo: “La mentira es un pecado fecundo y por lo tanto, es extremadamente pecaminoso: una mentira necesita de otra que la sostenga y luego, otra. Esta es una regla en la política del diablo: encubrir el pecado con más pecado para que éste no sea detectado”.

Primero nos deslizamos diciendo algo que no es verdad y luego, necesitamos alguna mentirita piadosa para encubrir lo que dijimos, y después, otra, y otra. Esas mentiras crecen en magnitud y la historia se vuelve más y más elaborada hasta que quedamos atrapados en nuestras propias mentiras y esclavizados a un cuento falso; todo por el temor a ser descubiertos, por temor a ser expuestos, por temor a lo que otros podrían pensar de nosotros, o por temor al castigo que podría caer sobre nosotros.

También, hemos visto este patrón de temor y de mentira en la Biblia.

En los capítulos 12 y 20 de Génesis, Abraham mintió dos veces sobre su esposa; incluso, le pidió que ella también mintiera acerca de su identidad, porque tuvo temor de que los egipcios lo mataran y le quitaran a su hermosa esposa. Su temor lo llevó a quebrantar la ley de Dios y a pedirle a su esposa que hiciera lo mismo.

O más Adelante en 1 Samuel 15, Saúl desobedeció a Dios, desechó las palabras del Señor por medio de Su profeta Samuel y no destruyó a todos los amalecitas como se suponía que debía hacer.

Samuel lo confrontó y le preguntó, “¿Por qué, pues, no obedeciste la voz del Señor, sino que te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo ante los ojos del Señor?” (15:19)

Entonces Saúl dijo a Samuel: “Yo obedecí la voz del Señor, y fui en la misión a la cual el Señor me envió, y he traído a Agag, rey de Amalec, y he destruido por completo a los amalecitas. Mas el pueblo tomó del botín ovejas y bueyes, lo mejor de las cosas dedicadas al anatema, para ofrecer sacrificio al Señor tu Dios en Gilgal” (15:20).

¿Te das cuenta? “Yo obedecí la voz del Señor, y fui en la misión, pero el pueblo, ellos desobedecieron”.

Se parece a lo que hizo Adán en el huerto. Adán sabía que había pecado, así que cosió unas hojas de higuera para cubrir su vergüenza, pero Dios podía ver a través de ellas. Después, confeccionó una mentira, una cubierta verbal para su vergüenza: “La mujer que me diste fue la que me llevó a hacerlo”. Pero al igual que las hojas de higuera, Dios podía ver a través de la mentira.

Y Saúl, al igual que Adán, tenía temor; él sabía que había pecado y trató de usar una mentira para encubrir su pecado. Entonces, Samuel le dijo a Saúl que Dios lo había rechazado como rey porque él rechazó las palabras del Señor. La respuesta de Saúl a este rechazo fue importante. Saúl le dijo a Samuel: “He pecado; en verdad he quebrantado el mandamiento del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz” (15:24). temí al pueblo y escuché su voz. El temor llevó a Saúl a pecar. Imagínate; el rey tenía temor de lo que sus súbditos podrían decir: temor a no ser popular, temor a perder reputación, de no ser alabado por los hombres. Temor a perder su posición favorable en los corazones de sus súbditos. El temor lo llevó a quebrantar la ley de Dios y a mentir para intentar encubrir su falta.

Nuestro temor pecaminoso nos puede llevar a mentir, también.

Tuve una experiencia como padre que ilustra maravillosamente este punto; cualquier padre que esté leyendo esto probablemente haya tenido experiencias similares. Un día entré a la cocina y encontré una caja abierta de galletas Oreo en la alacena. Había migajas en la alacena y en el piso.
Teníamos un caso obvio de irrupción e ingreso ilícitos al escondite de los bocaditos. Así que, llamé a mi hijo para interrogarlo. Él llegó y tenía una aureola visible de restos de galletitas de chocolate alrededor de la boca y migajas en sus manos. Le pregunté: “Hijo, ¿tomaste algunas galletas sin preguntar?”
Él me miró a la cara, con su propia cara cubierta de evidencias de Oreo, y me respondió: ¡No!.
Le pregunté de nuevo: “¿Estás seguro de que no comiste ninguna Oreo?” Él negó haberlo hecho.
Entonces le pregunté por las migajas en sus manos y la aureola de chocolate alrededor de la boca. Él replicó que no sabía cómo llegó todo eso allí, pero él me aseguró que no era porque él hubiera comido las galletitas y no las Oreo.

Es posible que no seas tan evidente como el niño que tiene migajas en sus manos, pero tal vez te sientas tentado a mentir de otras maneras. Cuando se nos ha sorprendido en algo, podemos engañarnos a nosotros mismos al pensar que podemos encubrir nuestras huellas y ocultar nuestro pecado al encubrirlo. Es posible que hayas dicho mentiritas blancas.

O tal vez, no hayas hecho algo de tan mal gusto como decir una mentira real, pero crees que eres lo suficientemente inteligente como para omitir ciertas verdades y engañar al desorientar y confundir. Eso también es mentir.

Nuestro temor del hombre puede tentarnos a mentir y a tratar de aparentar que somos mejores a los ojos de otras personas. La gente nos pregunta cómo estamos, y nosotros no decimos la verdad acerca de nuestras luchas, de nuestro pecado que nos domina porque no queremos que piensen que somos pecadores, ni que nosotros también luchamos.

Al igual que Pedro, nosotros también intentamos encubrir la vergüenza que sentimos con más mentiras. Somos sorprendidos en algún pecado y lo negamos. Redoblamos la apuesta, tratando de encontrar la manera de salir de la situación siguiendo en la farsa, mintiendo y construyendo una fachada aún más compleja. Pero, al igual que Pedro y Adán, Dios puede verlo todo a través de las grandes hojas de higuera del engaño que utilizamos para intentar encubrir nuestro pecado.

Somos como Adán, desnudos y expuestos delante de Dios. Con seguridad, Él tiene muchas más evidencias de nuestras mentiras que las migajas de Oreo en nuestros dedos. Él ve nuestros corazones. Él sabe todas las cosas, sabe toda la verdad y nos conoce hasta lo más profundo de nuestro ser. Como hemos oído esta mañana, Dios ve nuestros corazones. Nuestras vidas y nuestras mentiras están expuestas ante Él con una claridad aún mayor que la de este texto que tienes delante de ti.

Tal vez te sientas atrapado en algunas mentiras en este preciso momento, te sientes atascado o aún esclavizado en una telaraña de engaños, avergonzado de haberte conducido por el temor en una farsa que te tiene aprisionado.

Óyeme: seguir mintiendo no te salvará. Debes venir a la verdad, a la luz, a la libertad que te salvará y no a las mentiras engañosas que te esclavizarán.

Hoy, Cristo te ofrece el perdón de tu vergüenza, el perdón de tu temor, el perdón de tus mentiras y engaños. Él te ofrece el regalo de la paz con Dios, el regalo de la seguridad en vez del temor, una promesa de protección.

La buena noticia para Pedro, y para ti, es que no tenemos que estar dominados por el temor, y que no estamos descalificados como cristianos por haber mentido.

Más adelante, en Juan, veremos la restauración de Pedro. Aun a pesar de que Cristo fue abandonado por Pedro, Pedro no fue abandonado por Cristo. Cristo perdonó y restauró a Pedro, y ese mismo trato es el que se te ofrece a ti.

Cristo está de pie listo para perdonarte y restaurarte, si vienes a Él por la fe. Mira Su gran amor por ti, mira cómo Él jamás se deja llevar por el temor y jamás mintió para protegerse a Sí mismo.

Realmente, Cristo fue condenado con mentiras para que puedas ser restaurado por la verdad. Él fue molido por los que temieron al hombre para que jamás tengas que vivir en temor del hombre. Él fue acusado falsamente para que jamás tengas que temer a las acusaciones falsas, y la verdad eterna encarnada fue llevada a la muerte para que puedas vivir en la verdad y andar en la luz.