Por qué amo al apóstol Pablo

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Muchas personas religiosas en el mundo creen que Dios es absolutamente soberano sobre todas las cosas, que Él controla el curso de la historia y gobierna las vidas de cada persona. La mayoría de los musulmanes creen esto, y muchos cristianos. 

Y muchos cristianos creen que aquellos que no creen en Jesús no poseen la salvación, y sienten compasión por ellos. 

Pero no es tan común encontrar gente que conjugue  esta convicción acerca de la  soberanía de Dios y esa compasión por los perdidos de manera profunda y auténtica. Y sin embargo el apóstol Pablo lo hizo. Pablo abrazó y expresó la soberanía de Dios sobre todos los eventos históricos y en la vida de las personas. Y el abrazó también con anhelo y compasión al mundo perdido. 

De Él, por Él y para Él

En Romanos 9:15-18, Pablo establece la absoluta soberanía de Dios por sobre toda voluntad humana: 

(Dios dijo,) “Tendré misericordia del que tendré misericordia, y tendré compasión de quien tendré compasión» (Éx 33:19). Así que no depende de la voluntad ni el esfuerzo humano, sino de Dios, quien tiene misericordia. Porque La Escritura dice a Faraón, “por esta razón te he permitido permanecer: para mostrarte mi poder y para proclamar mi nombre por toda la tierra.» (Éx 9:16). De manera que Él tiene misericordia de quien quiere, y endurece a quien quiere. 

Pablo expresó la soberanía de Dios en una frase en Efesios 1:11: Dios «obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad». Y da la declaración más contundente de todas en Romanos 11:36: “Porque de Él, por El y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre 

Pablo sabía que todos nosotros estamos espiritualmente muertos y ciegos en nuestro pecado, y que nuestra única esperanza es que un Dios todopoderoso cree en nosotros nueva luz y vida (2 Cor 4:6; Ef 2:5). Los agentes humanos son cruciales en el proceso de nuestra conversión. Pero la gracia soberana de Dios es decisiva: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Cor 3:6). 

Gran tristeza y continuo dolor

Para algunos, esta noticia de la soberanía de Dios en la obra de la salvación parece entumecer su compasión por los perdidos. Algo está muy mal cuando eso sucede. Y sabemos que está mal, porque para Pablo sucedió lo contrario. Su confianza en la gracia soberana de Dios para salvar a los peores pecadores se intensificó junto con su apasionada preocupación por los pecadores que perecían: 

 Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne. (Rom 9:1–3) 

 Y no sólo había gran tristeza y angustia en el corazón de Pablo, sino que había oraciones que rebosaban de sus labios. La soberanía de Dios, para Pablo, no hizo que la búsqueda de los pecadores fuera inútil, sino que la hizo esperanzadora. Nada en el hombre puede impedir que este Dios soberano salve al peor de los pecadores: “Hermanos, el deseo de mi corazón y la oración a Dios por ellos es que sean salvos” (Rom 10:1). La compasión de su corazón rebosaba en oración porque sabía que el poder soberano de Dios podía vencer cualquier obstáculo que el hombre pecador levantara contra su propia salvación. 

Tejido de Justicia y Misericordia

Amo la soberanía de Dios. Me encanta unirme a los salmistas cuando se regocijan con el poder sin igual de Dios: “Engrandécete, oh Señor, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío.” (Sal 21:13). Me encanta unirme a ellos en la casa de Dios cuando dicen: “Así te contemplaba en el santuario, para ver tu poder y tu gloria.” (Sal 63:2). Y cuanto más viejo me hago, más me gusta abrazar, por mi propio legado, sus palabras: “Y aun en la vejez y las canas, no me desampares, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a esta generación, tu poderío a todos los que han de venir.” (Sal 71:18). 

Y amo la compasión de Dios. Estaría completamente perdido sin ella. Me encanta el estribillo que recorre toda la Biblia: en medio del juicio Dios recuerda la misericordia (Hab 3:2). Lo que impide que la Biblia sea el más sombrío de los libros, en su total realismo sobre la rebelión del corazón humano, es la insondable paciencia de Dios: “Mas El, siendo compasivo, perdonaba sus iniquidades y no los destruía; muchas veces contuvo su ira, y no despertó todo su furor.” (Sal. 78:38). 

El Salmo 103 es uno de mis salmos favoritos porque hay mucha esperanza en él. Y esa esperanza está enraizada en la compasión de Dios: “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen.” (Sal 103:13). Una y otra vez oímos el alegre sonido: “El Señor tendrá compasión de sus siervos” (Sal 135:14). “Por un breve momento te abandoné, pero con gran compasión te recogeré.” (Is 54:7). 

Pero la mayor emoción viene de ver la soberanía y la compasión de Dios entrelazadas en un glorioso tejido de justicia y misericordia. Una de las declaraciones más hermosas y dolorosas de este entretejido viene en Lamentaciones 3:31-33. Dios había traído un juicio horrible sobre su propia ciudad, Jerusalén. Nadie dudaba de que este grave acontecimiento había venido de la mano soberana de Dios. Pero Jeremías entreteje la soberanía y la compasión de Dios en estas palabras asombrosas: 

Porque no rechaza para siempre el Señor,
antes bien, si aflige, también se compadecerá
según su gran misericordia. 

Porque Él no castiga por gusto,
ni aflige a los hijos de los hombres.” 

Él causó el dolor. Él tendrá la compasión. 

Él vivió el misterio

El apóstol Pablo estaba empapado en este tipo de enseñanza del Antiguo Testamento. Este era el fuerte sentido de Dios que él saboreaba. Dios es soberano y “obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad” (Ef 1:11). Y Dios es misericordioso y compasivo. Y nosotros los pecadores – todos somos culpables e impotentes y responsables de nuestro pecado. Si Dios no fuera compasivo, no querría salvarnos. Si Dios no fuera soberano, no podría salvarnos. Pero él es ambas cosas. Y gracias a Jesús, somos salvos. 

No es esencial en esta vida que sepamos cómo explicar la manera en que la soberanía de Dios y nuestra responsabilidad encajan. Basta con saber que lo hacen. Pablo acarició la soberanía de Dios para salvar, y lloró por aquellos que se negaron a venir. Él vio y vivió este misterio. Su mente no era tan pequeña o frágil para romperse al contemplar esta compleja grandeza. Y por eso lo amo.