Hace varios años, mi esposa, Emma, y yo robamos con descaro una idea de crianza de un amigo y la incorporamos a la vida de nuestra familia. Desde entonces, se ha convertido en una parte valiosa y gratificante de nuestra paternidad. Nuestros hijos se han beneficiado, y nosotros también. Es fácil, asequible y efectiva.

Estamos ansiosos por recomendártela: tenemos citas con nuestros hijos.

En nuestra familia, las citas son especiales, planificadas. Las citas son momentos agradables compartidos entre uno de nosotros (los padres) y uno de nuestros hijos. Nos encanta incluir a nuestros hijos en proyectos de servicio y actividades misioneras, pero las citas son diferentes.

Emma y yo también hacemos con regularidad actividades ordinarias con uno u otro de nuestros hijos (ir a la tienda, por ejemplo), pero esas tampoco son citas. Una cita es especial.

Nuestras citas rara vez suelen ser espontáneas, porque gran parte de la alegría y el vínculo viene en la anticipación y planificación conjunta de lo que vamos a realizar. Por eso, una cita es planificada.

A veces, Emma o yo conseguimos que uno de nuestros hijos esté solo para tener una conversación necesaria y seria (quizás dolorosa), pero eso no es una cita. Una cita está diseñada para ser agradable.

Y aunque Emma y yo a menudo disfrutamos de actividades con todos nuestros hijos juntos, esas tampoco son citas. Una cita es un tiempo de uno a uno entre uno de nosotros y uno de nuestros hijos.

Por qué salimos con nuestros hijos

La visión de la Biblia sobre la relación padre-hijo es una en la que los padres conocen bien a sus hijos. Son conscientes de lo que exasperará y desalentará a sus hijos, y evitan tales cosas (Colosenses 3:21). En cambio, les proporcionan instrucción y formación sabias (Proverbios 1:8-9; 22:6), así como disciplina correctiva (Proverbios 13:24; 29:15). En esta visión de la crianza de los hijos, los padres son compasivos (Salmos 103:13) y tiernos (Salmos 131:2). Proveen a sus hijos (2 Corintios 12:14) y están profundamente involucrados en sus vidas, pasando mucho tiempo con ellos (Deuteronomio 6:6-7), teniendo conversaciones significativas acerca de Dios (Salmos 78:4) y respondiendo a sus preguntas (Josué 4:20-24).

Anhelamos tener ese tipo de relación con nuestros hijos, sin embargo somos muy conscientes de lo difícil que es conseguirla y mantenerla. Conocemos padres que se comunican poco y mal con sus hijos, ninguno de ellos sabe qué decir al otro. Por otro lado, conocemos padres que pueden hablar de casi todo con sus hijos, padres cuyos hijos están ansiosos por buscar consejo o un oído que los escuche. Claramente no hay una fórmula mágica para estar en este último grupo. Pero hay algunas cosas que podemos hacer para crear caminos para profundizar la comunicación y la conexión con nuestros hijos. Salir con ellos es una de las mejores maneras que hemos encontrado de establecer ritmos regulares y no forzados de conversaciones profundas.

Cómo tenemos citas con nuestros hijos

Hemos descubierto que la planificación de nuestras fechas es crucial. Si no las planificamos y programamos con antelación, simplemente no se producen. Encontrar el ritmo adecuado también ha sido importante; uno por mes es más o menos adecuado para nosotros. Tenemos tres hijos, lo que significa que si Emma o yo llevamos a uno de ellos a una cita cada mes (Emma un mes, yo el siguiente), en el transcurso de un año cada uno tendrá dos citas con cada uno de nuestros hijos.

Hay un horario de citas en nuestra cocina, así los niños saben de antemano cuándo se acerca su mes. ¡Se emocionan! Juntos decidimos adónde iremos y qué haremos. Tendemos a elegir actividades que fomenten la interacción (un viaje a una librería, una cafetería, una clase de cerámica, un campo de minigolf, un museo, un juego de pelota, o un restaurante para cenar). No somos extravagantes en los gastos (unos US$25 suelen ser suficientes para cubrir toda la cita). Sin embargo, asignar tiempo y dinero comunica a nuestros hijos que vemos nuestros tiempos juntos como una prioridad. Ellos saben que realmente disfrutamos pasar tiempo con ellos, y ese es el mejor contexto posible para una comunicación saludable.

Aunque no lo anunciamos a nuestros hijos, en el curso de nuestras citas tenemos cuatro temas de conversación: amigos, fe, temores y familia. Por supuesto, la conversación puede ir en direcciones inesperadas ¡eso es bueno! Pero queremos al menos tocar estas cuatro áreas importantes. Por lo que buscamos guiar la conversación de manera natural (no forzada) hacia cómo les va socialmente, con amigos en la iglesia o en la escuela. Hablamos de nuestra propia fe y les preguntamos sobre su caminar con Dios (tal vez lo que están aprendiendo en la iglesia o en nuestra adoración familiar, o las preguntas que tienen sobre Dios). Si hay algo por lo que están ansiosos, temerosos o con lo que están luchando, queremos hablarlo juntos. Y comprobamos cómo les está yendo al formar parte de nuestra familia, asegurándonos de que nuestras relaciones son saludables.

Esta es la clave: si no hablamos con nuestros hijos sobre este tipo de cosas ahora que son pequeños, ¿cómo podemos esperar hablar de ellas cuando nuestros hijos sean jóvenes (o mayores)? Parecerá extraño, incómodo, incluso imposible, empezar de repente a hablar de temas que nunca hemos discutido antes. Cuando empezamos a llevar a nuestros hijos a citas, todos tenían menos de ocho años. Sabíamos que era poco probable que tuviéramos conversaciones profundas y sinceras con ellos a esa edad. Nuestro objetivo era más modesto: preparar el camino para futuras conversaciones fructíferas. Nos propusimos normalizar las conversaciones individuales, para que fueran una parte fundamental de nuestra relación. Con el paso de los años, vemos que esto está sucediendo. Estamos construyendo poco a poco el tipo de comunicación que anhelamos.

Recuerda que nadie es perfecto

Debo apresurarme a añadir que somos una familia normal y no hacemos nada de esto perfectamente. Porque estamos ocupados y tenemos muchas actividades, a menudo nos retrasamos un mes o dos o tres en nuestras citas. Algunas de nuestras citas han sido muy emocionantes (la lección de vidrio soplado para Samuel fue una gran victoria, al igual que el mini-golf con Henry y el montar caballo para Annie) y algunas han sido bastante olvidadas (no puedo usarlas como ejemplos porque no las recuerdo).

Lo que importa no es que cada cita sea espectacular. Lo importante, más bien, es el tiempo que pasamos juntos y el efecto acumulativo. Cuatro veces al año, año tras año, cada uno de nuestros niños pasa tiempo con mamá y papá. Ellos planean y discuten dónde iremos y qué haremos, y luego disfrutamos de las cosas juntos, sólo nosotros dos. Experimentan nuestro deleite concentrado en ellos y nuestro compromiso específico con ellos.

Si eres padre de niños que aún están en casa, espero que tomes esta idea de nosotros como lo hicimos con nuestro amigo. Oro para que produzca el mismo dulce fruto en tu familia como lo ha producido en la nuestra.