Por qué no deberías confiar en el sentimiento de que no mereces el infierno  

El otro día, tuve un debate en la sección de comentarios acerca de si el infierno es algo justo o no, e hice el comentario de que no confío en nuestra capacidad como seres humanos de comprender con exactitud nuestro nivel de bondad ni el castigo que merecemos por nuestra maldad. 

, reconozco que muchas personas no sienten que sus crímenes morales merecen el infierno, pero el hecho de que la gente lo sienta no significa que ese sentimiento esté cimentado en la verdad. De hecho, tengo razón en pensar que el sentimiento es bastante inexacto, no solo debido a lo que Dios ha dicho acerca de él, sino también debido a lo que he observado. Como escribí anteriormente en el artículo “No somos Buenos para estimar nuestra bondad” (donde citaba una investigación para sostener la afirmación), tal parece que nosotros, como seres humanos, somos particularmente buenos para autoengañarnos cuando se trata de nuestra condición moral. 

Y esta mañana, escuché acerca de este artículo sobre Adolf Eichmann que apoya esta idea una vez más. Eichmann, quien a menudo se lo conoce como el arquitecto del Holocausto, supervisó la deportación de millones de judíos a los campos de concentración. 

Pero él no se sintió culpable. 

El New York Times informó acerca de una súplica de perdón que Eichmann realizó, la cual salió a la luz recientemente: 

Hay una necesidad de trazar una línea entre los líderes responsables y los que, como yo, fuimos forzados a servir como meros instrumentos en las manos de los líderes, dijo Eichmann en su defensa el guerrero criminal Nazi que supervisó la logística mortal del Holocaustoen una carta fechada el 29 de mayo de 1962, el día en que la Corte Suprema de Israel rechazó su apelación. 

Eichmann le pidió al presidente israelí, Yitzhak Ben-Zvi, que le otorgara el perdón, argumentando que: “Yo no fui un líder responsable, y como tal, yo no me siento culpable 

Él escribió que los jueces que lo condenaron no fueron capaces de comprender el momento y la situación en que yo me encontraba durante los años de la guerra.  

No puedo reconocer la sentencia de la Corte como justa, y le solicito, Señor Presidente, que ejerza su derecho de conceder el perdón, y ordenar que la pena de muerte no se lleve a cabo, concluyó, antes de firmar con su nombre en papel rayado y con tinta azul. 

Él no se sintió culpable. No se tomaron en cuenta sus circunstancias. A los jueces les faltó empatía. Su pena no fue justa. ¿Te suena familiar? 

“Pero”, dices, “¡yo no soy un monstruo!” ¿Acaso Eichmann parecía ser un monstruo? No, según una testigo del juicio, Hannah Arendt.  Esto publicó diario británico The Guardian: 

En su famoso relato sobre el juicio, la filósofa Hannah Arendt describió a Eichmann como un funcionario mezquino, que estaba más preocupado por el modo gerencial de su trabajo que por sus razones morales o existenciales. Según Arendt, Eichmann no era un hombre que se dedicaba a hacer preguntas difíciles, sino que continuaba con su trabajo de administrar horarios y calcular los costos del viaje – de ahí su famosa frase “la trivialidad de la maldad”. 

En otro artículo de The Guardian sobre la frase de Arendt: 

[Si] un crimen de lesa humanidad se hubo vuelto “trivial” en algún sentido fue precisamente porque fue cometido de manera cotidiana, sistemática, sin ser nombrado ni contrarrestado adecuadamente. En un sentido, llamar “trivial” a un crimen de lesa humanidad, ella estaba tratando de señalar la manera en que el crimen se hubo vuelto para los criminales que aceptaron, normalizaron e implementaron sin aversión moral ni indignación ni resistencia políticas. 

Si el hombre tiene la capacidad de convertir esta clase de mal en algo aceptado, normalizado e implementado sin aversión moral,” simplemente porque todo el mundo lo hace” (tal como vemos que sucede en nuestros días), no es difícil imaginar cuánto de nuestra propia maldad aún permanece oculta sin que podamos detectarla. Todo el mundo lo hace. Todo el mundo, es decir, excepto Dios, quien puede ver toda nuestra maldad perfectamente porque no hay maldad en Él. Un ser perfecto castigará perfectamente. 

Al final, las excusas de Eichmann no le sirvieron de ayuda, como tampoco nos servirán las nuestras. No necesitamos excusas; necesitamos gracia. 

(HT: The Briefing)